Nuevos libros Reveladoras publicaciones
Joaquín Edwards Bello, cronista y amante

Durante enero llegará a librerías un nuevo volumen de crónicas del escritor chileno. Entretanto, otras publicaciones recuperan su obra e iluminan su vida.  

Pedro Pablo Guerrero 

El lector chileno es un animal de costumbres. Le cuesta hincar el diente a escritores nuevos y suele guiarse por el proverbio "Más vale diablo conocido...". No es de extrañarse que vuelva sobre autores que abandonó hace décadas, los relea y descubra en ellos cualidades que no encuentra en los del presente. Cada cierto tiempo el chileno redescubre a Emar, se da cuenta de que nadie ha apreciado a Gabriela Mistral en su justa medida y le parece que Joaquín Edwards Bello está más vigente que nunca. ¡Pero si es como si estuviera vivo!, exclama, cuando lee a este cronista lamentarse en 1934: "Carecemos de la virtud de admirar, de obedecer, de reconocer el mérito ajeno; resistimos a la ley; entramos por donde dice 'salida' y salimos por donde dice 'entrada' ".

El cuarto tomo de sus Crónicas reunidas -editadas por Roberto Merino, con prólogo de Cecilia García-Huidobro- está lleno de esta clase de observaciones que dan la impresión de no marchitarse. Inmarcesibles, como decían antes los oradores rimbombantes de los que también se ríe Edwards. En "Reflexiones de cementerio" anota que "Lo más terrible es la oratoria fúnebre". Convertido en salón social y punto de encuentro de la santiaguería , "El cementerio es para muchos ambiciosos una plataforma para lucir las dotes de charlatanería, más o menos desarrolladas en cada cual, y sirve como escuela parlamentaria". Edwards Bello acaba de asistir al funeral del político Ángel Custodio Espejo, ocasión en que un tribuno grueso y estentóreo, empezó a gritar junto al ataúd: "¡Levántate, Ángel Custodio, dame tu mano!".

Le irritan al cronista -sobrio, parco en adjetivos- estos gestos grandilocuentes, ampulosos, recargados como los palacetes llenos de "yesos y mamarrachos" que los parvenus (nuevos ricos) hacen construir en las principales avenidas de Santiago, según describe en su primera novela, El inútil (1910), reeditada por estos días en el sello Pfeiffer.

En otra crónica agrega a su inventario de quejas arquitectónicas: "La clase media, haciendo gala de un espíritu práctico aborrecible, arranca las tejas de sus casas para poner calamina. Desde los cerros, las ciudades parecen latas de sardinas". Fustiga asimismo el espíritu de emulación: "Al querer imitar puerilmente a Nueva York, poniendo a una calle con tres casas de 10 pisos el nombre 'Nueva York', a otra 'Londres', no hacemos sino demostrarnos terriblemente cursis y de mal gusto". Mejor ni pensar lo que hubiera dicho Edwards Bello de saber que ambas arterias serían declaradas "zonas típicas" y el Edificio de la Bolsa, Monumento Nacional.

No son, ni por lejos, las llagas más profundas que el cronista escarba. A propósito de la filantropía, Edwards Bello exige: "Menos caridad privada y más salarios. Porque resulta terrible ser cómplices en el estado de inopia de un pueblo, para después recoger dos frutos: el de la inopia que se transforma en la agradable flor de la filantropía (...). Mucha gente que hace la caridad 'público-privada' paga salarios de hambre".

Otras ideas son aún más polémicas. Advierte, con alarma, que "el país se llena de pequeños comerciantes judíos, yugoeslavos, sirios y otomanos. Los resultados se verán de aquí a treinta años. Está cortado el cordón umbilical con las brillantes razas de Europa. (...). La decadencia y la pobreza fisiológica de la raza es incuestionable". A pesar de estas afirmaciones, rechaza con ironía las tesis nacionalistas de Nicolás Palacios, quien postula la existencia de una raza araucano-gótica. "¿Verdad que suena muy bien? -pregunta Edwards Bello- Sin embargo, padeció de equivocación; a menos que los extremeños, andaluces y vascos fueran godos, de origen germánico, lo cual es poco probable. Nuestro pueblo conservó hábitos y voces andaluces".

Estas preocupaciones raciales son propias del contexto histórico del autor. Los años treinta marcan el ascenso del nacionalismo en Europa, que Edwards Bello observó al principio -después no- con simpatía, sobre todo el modelo italiano. A Mussolini, el cronista chileno lo considera un genio dotado de un "vigoroso poder innovador", en especial por "el apoyo que presta a los escritores y la comprensión que demuestra para los cultivadores de ese género de actividades". Juicio que, desde luego, no hubieran compartido Carlo Levi ni Primo Levi.

Acierta Roberto Merino en la semblanza "Joaquín Edwards Bello, en la pieza oscura", incluida en el volumen Los malditos , de Leila Guerriero (Ediciones UDP, 2011) cuando puntualiza respecto del cronista: "Habría que decir que, más que maldito, fue un individuo incómodo e incomodante, un crítico permanente e impredecible de las costumbres nacionales, muchas veces caprichoso, motivado por traumas personales y convicciones arbitrarias, pero siempre dueño de un estilo veloz que a veces chispeaba como una fusta. Además, a raíz de lo mismo, fue políticamente inubicable, oscilando según el tiempo entre el socialismo y el nacismo (a la distancia y con 'c', porque así se conoció la réplica chilena del nazismo alemán), pero mayormente inclinado a cierto conservantismo individualista".

Fue también, en su juventud, un dandi, es decir, un tipo elegante, ingenioso, políglota, visitante habitual de salones y casinos europeos, derrochador y amigo del dolce far niente , además de poeta vanguardista, autor del libro Metamorfosis , firmado con el seudónimo Jacques Edwards ("Chargé d'affaires DADA au Chili"). Con justicia, Juan Pablo Sutherland incluye un fragmento de la novela Criollos en París y otros textos de Edwards Bello en su antología Cielo dandi. Escrituras y poéticas de estilo en América Latina (Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2011).

Que la obra de Joaquín Edwards Bello se siga reeditando dentro y fuera de Chile desmiente la creencia de que sólo interesa en nuestro país. Tampoco su lectura es un ejercicio nostálgico. Varias generaciones de lectores continúan mirándose, a veces con espanto, en el implacable espejo al que el cronista los enfrenta.

 


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Crónicas reunidas (IV). 1934-1935. Joaquín Edwards Bello. Ediciones UDP, Santiago, 2012, 658 páginas. Crónica
Crónicas reunidas (IV). 1934-1935. Joaquín Edwards Bello. Ediciones UDP, Santiago, 2012, 658 páginas. Crónica

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