26 de diciembre

Por Roberto Merino 

Este 26 de diciembre se cumplieron treinta años de la muerte de Rodrigo Lira. Sin duda estos años han pasado demasiado rápido, tanto que en lo que puede considerarse una distracción ya llevamos más tiempo que en el tango proverbial y Lira sigue presente en nuestras conversaciones como un individuo del presente. Hace unos días Antonio de la Fuente puso en internet una foto de la tumba de Lira en el Cementerio General, sólo para probar que el ilang-ilang plantado junto a sus cenizas sigue vivo y saludable.

De un día para otro aparecen desde más allá del olvido otras fotografías: en una de ellas, tomada por De la Fuente en diciembre del 79, Lira está sumergido en la pileta de los lotos del antiguo Pedagógico. El propósito de esa solitaria performance ha sucumbido a la falta de memoria, pero sí puedo decir que se trata de una imagen de engañoso bucolismo. El estanque estaba lleno de porquerías, tarros de pintura, tablones, botellas de plástico, desechos que Lira fue sacando lentamente desde el fondo fangoso, con esa sonrisa melancólica que ponía ante lo que le parecía incomprensible.

Éramos por entonces habitantes de un micromundo que no iba mucho más allá de esos patios arbolados, de esos portales con arcos, de esas salas medio vacías donde se impartía la aridez de la lingüística general o los rigores -favorables, en nuestra opinión- de la teoría literaria; las vacaciones eran todavía una extensa perspectiva de soledad puertas adentro, con eventuales movimientos hacia El Arrayán y, en una de ésas, hacia alguna playa.

Ahora sé que Lira disponía de ciertos itinerarios: se desplazaba a pie por las bambalinas de Providencia y visitaba gente, iba a casas. Su rango de interacción social era muy amplio. El aislamiento que se asocia a su figura es solamente parcial. Francisca Toral me contó hace poco que lo vio aparecer por su casa el día antes de morir: ella era una niña que jugaba en el patio y Lira se detuvo un segundo y le hizo cariño en la cabeza.

Autores de los que hablábamos entre el 79 y el 81: Pablo Palacio, Lihn, Kurt Vonnegut, Ginsberg, Arlt, Cristián Huneeus, aparte de Pound y Eliot. Autores que leíamos por separado: yo a Joaquín Edwards Bello y Lira a Gurdjieff. Esta lista inconclusa y extraña es simplemente como una fotografía más.

Me cuentan que la mañana de este 26 de diciembre hubo un homenaje frente al edificio en el que Lira vivió al final, el de Grecia 907. Se juntó un piquete de poetas muy jóvenes a leer cosas en voz alta, quizás como una forma de despertar al genius locis (¿una serpiente de sombra entre los acantos recién regados?).

Los poemas que Lira dejó trasuntan el empeño por fijar una conciencia con los materiales a la mano, los de su época. El gesto es universal y explica que los leamos hoy -pasado tanto tiempo- como si hubieran sido escritos antenoche. Son, en todo el sentido, lo que Pound entendía como poesía: news that remain new .

 


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