sábado 21 de enero de 2012  
Martín Andrade, director ejecutivo de la Fundación Mi Parque
El arquitecto dedos verdes
 
En la cabeza del ganador del premio al Emprendedor Social del año está mejorar las áreas verdes de sectores de escasos recursos del país.  

Por Tania Araya 

-La señora sabe -dice Martín Andrade, mientras Cecilia Morales, con una sonrisa estática, lo mira y asiente-. Esto era pura tierra.
Las casas del condominio Vista Hermosa en la población La Pincoya de Huechuraba son escalonadas, todas iguales, de ladrillo y cemento. Hace algunos meses sólo había eso: casas y tierra.
-Al principio esto estaba feo, se veía rústico. Y cambia altiro la imagen -cuenta Cecilia, una señora de pelo corto y de baja estatura, refiriéndose al trabajo que realizó la Fundación Mi Parque en su pasaje, el 5943.
Cecilia vive ahí desde julio del año pasado. Recuerda perfectamente el día que vino el equipo de la fundación liderado por Martín Andrade con palas, rollos de pasto, semillas, plantas, árboles. Lo recuerda, porque ella misma plantó lo que quería para su pedazo de jardín.
-Nosotros plantamos algunas cosas, pero también cada persona le va poniendo su cosecha. Esa es la gracia, al final cada uno le pone su carácter al proyecto -dice Andrade, 28 años, alto, rubio, ojos azules, cara de niño.
Desde hace cuatro años dirige la Fundación Mi Parque, que mejora las áreas verdes en comunidades de escasos recursos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda nueve metros cuadrados de área verde por habitante, y en Santiago la mitad de las comunas -las más pobres- tienen menos de tres metros cuadrados de área verde por habitante. "Si ya te parece injusto cuando lo analizas en las cifras, es mucho más injusto cuando te das cuenta de que la gente que más los ocupa son quienes menos tienen", dice Andrade.


Martín Andrade, soltero, el mayor de cuatro hermanos, hijo de un ingeniero comercial y una paisajista, estudió en el Colegio Apoquindo en Lo Barnechea. Aunque tiene cara de mateo, las buenas notas no eran su fuerte, pero sí el deporte: participaba en competencias de atletismo y fue campeón del salto largo.
Gracias a eso, entró por cupo deportivo a Arquitectura en la Universidad Católica. Según su madre, Keka Ruiz-Tagle, uno de los obstáculos más difíciles para su hijo fueron los primeros años en la universidad: "Había una cosa vocacional que no estaba resuelta. Él estaba con muchas dudas y con crisis de saber realmente si eso era lo suyo". Ella compartía el taller con Martín y recuerda que, inmerso entre maquetas y reglas, él vacilaba. Varias veces pensó en cambiarse a Agronomía o Ingeniería Comercial.
Andrade dice que una de sus mayores influencias es su madre. No tenía ni cinco meses cuando ella lo llevaba en el coche a visitar parques y plantar jardines. Mucho de eso quedó grabado en su retina. Verde y más verde, los juegos con la tierra.
En 2004 se fue de intercambio a Venecia y allá encontró su motivación en los proyectos urbanos. Al año siguiente, en una de las prácticas, influenciado por su padrino George Anastassiou, de la Fundación Mustakis, fue con dos compañeros a recuperar el patio de una iglesia en San Felipe. Ahí aprendió sobre gestión de materiales, espacio público y del cambio que significa convertir un peladero en un lugar verde.
También participó en misiones y trabajó en la Posta Central dándoles de comer a los enfermos. "No me considero una persona muy religiosa, pero trato de jugármela por las cosas que se necesitan para la gente", afirma.
La Fundación Mi Parque es la materialización de las motivaciones de Martín: una combinación urbana paisajística social. Antes de titularse ya tenía la inquietud de crear esta iniciativa. Trabajó un año en la oficina de arquitectura de Raimundo Lira, pero renunció para dedicarse a esta idea y en 2007 comenzó la fundación, la que hoy ya ha desarrollado varios proyectos para instalar áreas verdes en comunas de escasos recursos.
Al principio fue rechazo tras rechazo, de los financistas, las municipalidades. Muchos desconfiaban del proyecto. Que no va a resultar, que la gente no va a valorar ni mantener las áreas verdes, que nadie les va a dar un peso, búsquense un trabajo serio. "Era tal su convicción que lo único que se podía hacer era darle apoyo", cuenta su madre.
Incluso las familias de la comunidad beneficiada, escépticas ante el proyecto, no llegaban a las reuniones. "Acá hay una desconfianza ante la novedad. No he escuchado a ningún emprendedor a quien no se le hayan cerrado las puertas... Cuando me suceden esas cosas, me pasa al revés; digo: 'No, es que esto es muy bueno'", dice el arquitecto.
Esto también significó estar varios meses sin sueldo. Andrea Gómez, compañera de la universidad de Andrade, se incorporó a la fundación en 2009 y cuenta que los primeros meses todos trabajaron "por amor al arte". "Los logros de la fundación son gracias a la personalidad de Martín, el cabro chico agrandado que llegaba a las empresas a proponer estas cosas", recuerda.


-Usted le pone el hombro entonces -le dice Martín a Cecilia Morales.
-Sí, si no todo el esfuerzo se pierde -contesta ella.
-Da gusto aquí cómo están creciendo los cubresuelos, las florcitas -señala Martín, mientras toca las plantas.
El proyecto en la población La Pincoya es uno de los más emblemáticos de la fundación. Son viviendas que construyó la Municipalidad de Huechuraba con el apoyo de la Fundación San Carlos y otras empresas. El condominio consta de 18 pasajes, unas 400 familias, e instalar áreas verdes en cada uno vale aproximadamente tres  millones de pesos, por lo que van por etapas. Ya está listo el 60 por ciento.
Ahí no sólo trabajan la fundación y los vecinos, sino también voluntarios de las empresas financistas. Según el arquitecto, junto con preocuparse por temas sociales y ambientales, las empresas han encontrado en la fundación un espacio para hacer actividades con sus empleados y generar sentido de equipo.
En 2011 ejecutaron 26 proyectos, con un presupuesto de un millón de dólares. Cerca del 50 por ciento son de regiones. Algo así como Un techo para Chile, pero de las áreas verdes.
Hace poco realizaron un estudio para medir el impacto social de los proyectos. Las cifras no hicieron más que potenciar las convicciones de Andrade: las personas se sienten más felices y orgullosas del lugar donde viven y aumentan la confianza en el vecino y la percepción de seguridad.
"Siempre pensé que aquí no había niños, hasta que se hizo la plaza y salieron todos a jugar. Lo que faltaba era tener un lugar digno para ello", cuenta una vecina.


Hoy, en su oficina, con unos maceteros al lado de la ventana, Martín Andrade dice: "Ser solidario no es regalar cien casas, no es suficiente. Va en cómo tú entregas las cosas, es muy de tacto, de cercanía humana. Eso es lo que más valora la gente: personas que se levantan a las seis de la mañana un sábado para ir a ayudar, con lo que sea. Cuando la solidaridad es de esa manera, se multiplica el beneficio. Se transforma en una instancia de poder sanar la sociedad".
Agrega que su fundación es un atajo para generar equidad. Ese es el sentido de Mi Parque: conecta a las personas y "cura" la desconfianza, como dice Martín. "Va más allá del cambio estético y medioambiental".    
Tras cuatro años, Andrade dejará la parte ejecutiva para meterse más en el directorio. "Siento que he cumplido mi meta y soy una persona que se mueve mucho por los desafíos", asegura. Entre sus proyectos está una plataforma web (TalkChile) con para enseñar inglés gratuito a sectores de escasos recursos. También es miembro de Globar Shapers Chile, una selección de jóvenes líderes entre 20 y 30 años. Y asistirá este año al Foro Económico Mundial en Davos.
Además, hace poco recibió una invitación del Ministerio de Vivienda: asumirá el cargo de Coordinador Nacional de Parques Urbanos. Su oficina será el Parque Metropolitano de Santiago, y si antes dirigía a un equipo de 12 personas, ahora serán 360 trabajadores.
-Entiendo que hay un problema de las llaves y las conexiones -le dice Martín a un grupo de señoras del pasaje 5943. Hace unos días el municipio tiene inconvenientes con las mangueras y el riego.
-Les van a traer todo eso para que ustedes mismas vayan y rieguen y no tengamos problemas.
Martín Andrade pone su brazo en el hombro de la señora y se despide. Cecilia Morales lo interrumpe:
-Antes de irse, ¿puede dejar sus ojitos azules aquí?
Y ríe. Todas ríen. Martín también.

"Hay una desconfianza ante la novedad. No he escuchado a ningún emprendedor a quien no se le hayan cerrado las puertas".

"Siempre pensé que aquí no había niños, hasta que se hizo la plaza y salieron todos a jugar", cuenta una vecina.

 

Por Tania Araya.

   
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