viernes 24 de febrero de 2012  
 
5 datos con vino y vista al mar
 
Tome nota. Cuando vaya de turismo vitícola, no se olvide de visitar estos lugares, todos datos imperdibles en las costas viníferas de la zona central. 

PATRICIO TAPIA  Las dichas de Casablanca

Casablanca -junto con Colchagua- es de los valles más organizados para recibir turistas. A ambos lados de la ruta 68, que une Santiago con Valparaíso, las viñas están abiertas al turismo con sus visitas guiadas y sus restaurantes. Una de mis favoritas es Casas del Bosque porque los vinos son muy buenos, pero también porque el paisaje es espectacular y en el restaurante Tanino se come exquisito, sobre todo pescados y mariscos. 

Ubicada en el sector de Las Dichas, justo al oeste del pueblo de Casablanca, los viñedos de Casas del Bosque se esparcen entre las colinas de la Cordillera de la Costa. La vista es monumental, sobre todo desde El Mirador, un lugar en altura desde donde se puede ver todo y beber también. Ojo, que la especialidad de la viña es el sauvignon blanc. Prueben el Pequeñas Producciones 2011 para hacerse una idea. 

Reservas en www.casasdelbosque.cl

En un estilo distinto, más artesanal, la viña Kingston es uno de los secretos mejor guardados de Casablanca. Y se encuentra ahí mismo, junto a Casas del Bosque en Las Dichas, donde producen algunos de los mejores syrah de Chile y tremendos sauvignon blanc. Se trata de una bodega pequeñita, muy boutique, emplazada en una colina y con la vista impagable de todos los viñedos, los de Casas del Bosque incluidos. 

Para contactarlos y hacer reservas, guests@kingstonvineyards.com o en www.kingstonvineyards.com.

Las prietas del Tío Lolo

Aunque el hecho de estar en Casablanca, camino al Pacífico, podría indicar que toda la gastronomía gira alrededor de los frutos del mar, las cosas en Casablanca no son necesariamente así, o al menos no lo son en el pequeño reino del Tío Lolo, su diminuta carnicería en el número 252 de la Calle Matucana, a unas cuadras de la plaza del pueblo de Casablanca. 

El Tío Lolo es una institución en el Valle y una fuente deliciosa de productos derivados del cerdo. Perniles, queso de cabeza (¡¡¡queso de cabeza!!!), longanizas y, por cierto, sus prietas que, sin temor a equivocarme, deben estar entre las dos o tres mejores de la zona central. Imposible regresar a Santiago sin ellas, más algunas botellas de los tintos marinos -que tan bien crecen en el valle- para acompañarlas.

Chancho en El Sauce

Lo Abarca es el reducto de Casa Marín, la única viña que por el momento se ha atrevido a plantar en ese lugar extremo, a cuatro kilómetros del mar, sobre las laderas que separan el valle del Puerto de San Antonio. Un lugar mágico rodeado de montes, en donde se producen algunos de los sauvignon blanc con más carácter en Chile y también syrah de temer. Y es el syrah la única arma posible con la que uno puede ir al restaurante más importante de Lo Abarca (hay sólo dos), el templo del chancho a la chilena: El Sauce. 

El prototipo de picada, aquí no hay espacio para grandes elegancias ni sofisticaciones; lo que vale es la comida que es abundante, muy bien hecha y riquísima. La estrella de toda la carnívora oferta es el costillar a la chilena, un tremendo pedazo de carne que -por sus dimensiones- más que un plato, necesita una bandeja. Cuando se muerde, cruje. Imperdible.

Pescados a la roca

A medio camino entre Algarrobo y Valparaíso, la caleta Quintay tiene ya una larga tradición como reducto de pescados de roca, esas delicias alimentadas de pequeños moluscos que le dan a su carne un sabor intenso como pocos. Y el lugar imperdible para comer este tipo de pescados es el restaurante Pezcadores, en la playa misma, con el paisaje imponente del Océano Pacífico metiéndose entre las montañas. 

Rollizo, vieja y vilagay son algunos de los pescados-especialidad de la casa, preparados simplemente a la plancha o con salsas, generosamente acompañados de ajos, en un estilo vasco inconfundible. La carta de vinos le hace honor a la de platos, con algunos excelentes representantes de lo mejor de Casablanca y de la costa chilena en general. Un blanquito heladito, un filete de rollizo en el plato y el paisaje marino. No se puede pedir más.

Matanzas, polo gastronómico

La costa vitícola chilena no sólo se reduce a Casablanca y San Antonio. Hoy también se ha extendido hacia el valle de Rapel, con Paredones y Bucalemu como dos fuentes de tremendo potencial, especialmente (y por el momento) en lo que a sauvignon blanc se refiere. Ahora, si hubiera que buscar una nueva zona para probar esos vinos con comida del mar, el lugar sería Matanzas, la tierra de los windsurfistas que ya tiene tres restaurantes, un polo gastronómico en ciernes. 

La Caleta, en la bajada hacia el pueblo, es el restaurante tradicional. Buenos pescados, comida sencilla y una vista del océano inigualable, la convierten en una picada perfecta. El más famoso es el hotel y restaurante Surazo, regentado por el chef (y windsurfista) Andrés Tobar que, con los pescados locales (cuando hay lenguado, es insuperable), confecciona una carta sencilla y directa, con platos deliciosos, simples, nada de remilgos. Sólo buenos productos y se acabó.

El nuevo chico del barrio es el Marvento, en medio de las cabañas Olas de Matanzas. Pizzas buenísimas y pescados muy bien hechos (a la plancha y fritos) son un gancho. El dueño y buen amigo Héctor Cardones me pidió que lo ayudara con la carta de vinos y -aunque es feo que lo diga yo- quedó re buena, con etiquetas tradicionales y algunas excentricidades para beber mirando el mar.
 

PATRICIO TAPIA.

   
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