Su última novela / "El último tango de Salvador Allende"
Ampuero y Allende: el pasado sigue vivo

El escritor Roberto Ampuero había novelado los últimos días de Neruda. Ahora escribe sobre el último año de Salvador Allende, visto desde la perspectiva de un amigo de entonces y de un extranjero 25 años después, quien busca desentrañar un misterio y saldar un compromiso.  

Patricio Tapia 

No siempre el pasado es un país extranjero. Hay veces en que no se repara en él porque se ha internalizado como un paisaje muchas veces visto. Pero basta una perspectiva distinta -una fotografía desconocida, un secreto revelado, una carta- para que se imponga en su extrañeza y su apremio.

En El último tango de Salvador Allende , Roberto Ampuero cuenta -un recurso que ya había usado antes- una historia dentro de otra.

En una, un amigo de juventud de Salvador Allende (compañero en las clases del zapatero anarquista Juan Demarchi), se encuentra con él en 1972. Como el desabastecimiento -él cree que el país "va al despeñadero" e insiste en las carencias- le impide llevar su panadería, le pide trabajo a su antiguo amigo. Allende lo contrata para labores menores en su casa, pero de a poco va adquiriendo importancia: desde encargos mínimos llega a ser su cocinero y a veces consejero e incluso lo acompaña en una gira al exterior. También, de tanto escuchar tango, va contagiándole al político ese gusto. El modesto panadero, Rufino, se transforma en testigo privilegiado de la vida del Presidente y de todo ello va escribiendo un diario.

Sin embargo, si el lector puede acceder a tal diario es porque estaba en poder de una mujer estadounidense, quien le ha pedido en su lecho de enferma terminal de cáncer a su padre que entregue sus cenizas a un hombre llamado Héctor Aníbal (es el único dato que da para ubicarlo, más una fotografía), supuestamente su gran amor. El padre llega a Chile con las cenizas de su hija. Es 1995: uno y otra habían estado en Chile en los años turbulentos de la Unidad Popular. Ella como estudiante; él, como espía. Era un agente de la CIA llevando a cabo acciones para desestabilizar al país. Ahora está retirado.

Ambos relatos -la búsqueda del amante y el diario del panadero- se van entrelazando, así como las dudas: ¿logrará el padre hallar ese amor de su hija?; ¿por qué tenía ella el diario?

El ex agente se encuentra con sus amores antiguos y alguno nuevo. En su indagación viaja dentro y fuera de Chile (Santiago, Leipzig, Bruselas, Valparaíso, San Pedro de Atacama). Se encuentra con una organización secreta, el "Círculo de Leipzig", de ideólogos chilenos que fundamentaron teóricamente la política de insurrección militar contra Pinochet y que aún estarían en activo (una visión menos mitológica está en las memorias de Orlando Millas).

Grandes frases

El diario de Rufino, que el ex espía debe traducir para entenderlo mejor, refiere el desánimo y aislamiento crecientes de Allende, sus dilemas tanto personales -sus amantes (la "Payita", Inés Moreno, Gloria Gaitán)- como políticos. Como una forma de distraerse, Allende escucha los tangos que le trae su amigo, quien le enseña a bailarlo e incluso logra sacarlo disfrazado para una noche tanguera en Santiago y Valparaíso.

Rufino es un panadero singular. Lee a Homero y tiene angustias metaliterarias ("si alguien llegase a leer estas páginas un día, ¿las leería como verdad o como fantasía, como diario personal o como novela?") además de arranques poéticos. Así describe a Allende bailando arrobado: "Su chaqueta oscura se convirtió en el plumaje del cóndor que planea con las alas desplegadas sobre las cimas de los Andes...".

Pero no es el único con grandes frases. El ex espía se vincula con una joven, hija de exiliados, quien le lee el Tarot y le dice: "Esta carta nos recuerda que el pasado sigue vivo, aunque lo creamos muerto, y que determina nuestro presente". Ambos ven en el bar la Unión Chica a Jorge Teillier, Francisco Coloane y Gonzalo Rojas y ella le explica quiénes son, él comenta que parece que los grandes de este país no son de Santiago. Otro personaje afirma que no hay más paraísos que los perdidos.

-¿Cree que, como dice la lectora del Tarot, el pasado sigue vivo y determina nuestro presente?

-Por lo general las personas hablamos de lo que nos ha ocurrido, que se articula como memoria individual o colectiva. Y hablamos también, aunque en menor grado, de lo que pretendemos hacer, es decir, de nuestros sueños, aspiraciones y utopías. En ese sentido, el pasado individual y colectivo siempre sigue vivo. A menudo las personas y los países intentan librarse del peso comprometedor de la historia para proyectarse hacia el futuro. Pero no hay futuro inteligente sin conciencia del pasado, y esto es válido para individuos y países. Tampoco hay que ser ilusos: conocer bien el pasado no garantiza que como individuo o nación no volvamos a incurrir en los mismos errores. El mundo está lleno de individuos y naciones que tropiezan con la misma piedra.

-Después de muchas memorias, entre ataques y respetos, Allende ha resultado ser un sujeto histórico escurridizo. ¿Cuál es su visión de él?

-El Allende de mi novela no es el Allende político que encontramos en la mayoría de los textos, sino un personaje construido a partir de su relación con su cocinero, con un ser sencillo y alerta, que está a su lado en momentos cruciales de nuestra historia y que lo conoce desde la juventud en Valparaíso. Es una ficción sobre un Allende privado, que ama, sueña, teme, disfruta, sufre la soledad y afronta interrogantes inquietantes sobre su condición como persona. Mi novela imagina a un Allende del cual nunca hablamos pero que, en mi imaginación, existió. La fuerza del novelista radica en que no tiene que manejar ni las fuentes ni técnicas objetivas de un historiador, pero, gracias a su imaginación, puede proyectar a personajes bajo circunstancias que probablemente se dieron. ¿Qué pensó Allende en sus últimos minutos de vida? No lo sabremos nunca, pero la literatura puede aventurar hipótesis plausibles basándose en la autoridad de la ficción. Cuando la historia es irrecuperable, se refuerza la autoridad de la ficción novelística para postular lo que pudo haber ocurrido.

-Supongo que le gustan

los tangos...

-Me gusta la música clásica, el jazz, los boleros, el rock, la música del Magreb, cierto tango. En mi vida la música es central, soy un músico frustrado. En esta novela, la clase de tango que el modesto Rufino le imparte a Allende en la residencia presidencial de Tomás Moro 200, une a ambos amigos de la juventud y vincula al Presidente con el sentimiento popular, que Rufino tiene por su extracción social y que Allende busca conocer pues por su origen social creció apartado de esas claves.

-¿Por qué siempre menciona marcas (vinos, autos, etc.) y nombres de los lugares (café Tavelli, los restaurantes Agua y Caramaño, etc.)?

-Tengo una visión gráfica, de camarógrafo, de la vida y por eso mis novelas son visuales. Los espacios concretos (ciudades, aeropuertos, cafés, restaurantes o librerías) son importantes para mí a la hora de escribir. Los espacios son en mis novelas tan importantes como los personajes. Pero lo esencial no son los nombres, porque a mis lectores chinos o alemanes no tienen por qué decirles algo los nombres que usted menciona, pero sí le dicen mucho los espacios y atmósferas que yo recreo y que acogen a los lectores como si fueran reales.

-El ex agente de la CIA afirma que "más que un paisaje, Chile es un estado de ánimo". Lo mismo dijo usted en una columna. ¿Hay alguna identificación?

-Si la pregunta es si el ex agente y yo somos parecidos, no, en absoluto. Ahora si se trata de mezclar realidad y ficción, a veces algunos personajes piensan como yo y al instante siguiente, nada que ver. No soy la medida de todos mis personajes. Nicanor Parra dice que Chile es un paisaje, yo creo que somos más bien un estado de ánimo. Hay un tema de identidad nacional en relación con esto. Dependemos demasiado de cómo nos ven de afuera y nuestra percepción del país cambia rápidamente, pasamos rápido de la euforia a la depresión. Tendemos a vivir no en el Chile real, sino en el estado de ánimo que construimos con respecto al país que habitamos. Y esto es de vieja data: basta con pensar en que en un momento nos sentirnos los jaguares de la región y después necesitamos campañas como "Piensa positivo". Transitamos de la euforia de sentirnos los number one del universo a estar a punto de arrojar todo el país y sus instituciones por la borda, y al rato volvemos a comernos el universo. Estoy convencido de que nos falta un punto de equilibrio como nación, es algo que dice relación con nuestra identidad y nuestra seguridad en nosotros mismos.

Panaderías y paraísos

-El personaje del panadero defiende una y otra vez la libertad, la posibilidad de no ser un asalariado. ¿Es una especie de "emprendedor" proletario?

-Rufino, el panadero que es un viejo amigo de Allende y que termina siendo su cocinero presidencial, lamenta que el desabastecimiento bajo el gobierno de su amigo frustre su sueño de ser su propio patrón. Como millares de chilenos que se enorgullecen de no tener patrón, porque creen y aman su propia pequeña iniciativa, Rufino estima a su amigo y patrón transitorio, pero sueña con volver a ser un pequeño panadero independiente, y teme que el triunfo del modelo económico de su amigo de juventud liquide definitivamente su sueño privado. Rufino acompaña al Presidente Allende en su gira por Cuba y la Unión Soviética, y allí se da cuenta que no hay espacio en esos modelos para su oficio independiente, que lo define como ser humano. No sé si eso lo convierte en un emprendedor proletario, aunque el término me parece bien creativo.

-¿Cuál es el sentido de los capítulos del piloto que atacará La Moneda?

-Según mis investigaciones y el sentido común, a ningún piloto de guerra lo adiestran para bombardear el palacio gubernamental del país al que sirve. Mi novela, y esa es la fuerza de la ficción, me permite explorar en los sentimientos de quienes el 11 de septiembre de 1973 se encontraron con la orden de atacar La Moneda. Mi novela explora esas circunstancias humanas que no conocemos en detalle, pero que tienen que haber ocurrido. Allí está la fuerza de la literatura, indaga mundos posibles con verosimilitud, haciendo plausible lo fantasioso.

-¿Considera usted que los grandes de este país no son de Santiago?

-Los grandes de este país son los grandes con independencia de donde vengan...

-¿Es un homenaje a México o porque existe una "traducción" (por el ex espía) que Pinochet saborea una tostada con "aguacate"?

-Vivo desde 1973 más bien fuera de Chile, y créame que en el mundo se usa más la palabra aguacate que palta para referirse a ese manjar originario de los mayas.

-¿Piensa que no hay otros paraísos que los paraísos perdidos?

-Desde el momento en que un líder o un partido político declaran que su pueblo está construyendo el paraíso, ese pueblo comienza a construir su pesadilla. El horizonte más bello es el que no se alcanza nunca, pero nos inspira desde la distancia y la deliciosa vaguedad. En cuanto el poder político lo codifica e incorpora por decreto en nuestras vidas perdemos nuestra libertad.

El Allende de mi novela no es el Allende político que encontramos en la mayoría de los textos.

Tengo una visión gráfica, de camarógrafo, de la vida y por eso mis novelas son visuales.

 


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Foto:Francisco Javier Olea


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