¿En qué país vivimos?

Joaquín García-Huidobro 

Hace unos días, The Economist criticaba las dificultades que existen en los Estados Unidos para acoger emprendedores. Para contrastarlo con un modelo positivo, la revista destacó el caso de... Chile.

Esta semana CNN hizo un listado de las ciudades más cautivantes del mundo. En tercer lugar situó a nuestro modesto Santiago.

La consultora educacional QS (Quacquarelli Symonds) publicó un ranking de las mejores universidades de Latinoamérica. En los 10 primeros puestos puso 4 chilenas.

Por último, el Instituto para la Economía y la Paz, en su índice de Paz Global 2012, ha considerado que Chile es el país más pacífico de Latinoamérica. Lo ubicó en el número 30 de todo el mundo, por sobre Italia, Francia o los Estados Unidos.

Con todo, parece que los chilenos no estamos contentos. ¿A qué se debe este malestar? ¿Somos unos inconformistas incurables?

No parece que sea así. The Economist tiene razón cuando destaca los programas chilenos que fomentan el emprendimiento, pero ¿hemos conseguido que el emprendedor sea un modelo social?, ¿se cuentan en nuestro medios de comunicación historias de emprendedores?, ¿cuándo tendremos una teleserie que muestre la hazaña que significa abrirse paso entre mil dificultades, derrotar la pobreza y dar empleo a muchas personas? Efectivamente no podemos darnos por satisfechos con lo que se está haciendo.

Santiago se ha tornado una ciudad atractiva, pero ¿para todos? Hay que seguir insistiendo en la erradicación de los campamentos y multiplicar las áreas verdes. Están en marcha proyectos importantes, pero no basta.

En Chile hay un número significativo de buenas universidades. Es cuestión de observar el excelente desempeño de nuestros egresados que realizan estudios de posgrado en Europa o Norteamérica para darse cuenta de que su éxito no puede obedecer sólo a la casualidad o a que sus neuronas son mejores que las del resto. Ahora bien, la prensa nos ha mostrado estos días que no todo reluce en nuestro sistema de educación superior. Además, la educación chilena no se reduce a unas cuantas universidades que educan a las élites intelectuales, que siempre serán una minoría. Así, ¿podríamos poner a nuestra educación básica en los primeros lugares de un ranking ? Lamentablemente no. Los niños más chicos no hacen huelgas ni salen en la prensa, de modo que las deficiencias en su educación no impresionan a nadie. Pero ahí están.

Puede que, efectivamente, nuestro país sea más pacífico que todo el continente, exceptuando Canadá. Sin embargo la delincuencia sigue siendo un problema muy real.

Hay buenas razones para no quedarse tranquilo con estos índices. Pero ¿justifican esas limitaciones el andar con cara larga? Hay algo raro entre nosotros y se hace necesario buscar una razón para nuestra actitud plañidera.

Las explicaciones abundan, y van desde el carácter nacional hasta la mayor o menor simpatía de nuestras autoridades. Con todo, quizá valga la pena atender también a un factor tan sencillo como ignorado: nuestro carácter pueblerino.

En efecto, para determinar si una nación está bien o mal, es imprescindible contar con algunos términos de comparación. No existen países en estado químicamente puro. Todos tienen una historia y una geografía, unos vecinos con los que convivir, y una situación internacional con la que lidiar o de la que beneficiarse. En suma, para saber cómo estamos es necesario conocer en qué contexto nos hallamos, lo que, a su vez, supone mirar un poco más allá del propio ombligo.

Todo esto es trivial, pero sucede que, por alguna razón misteriosa, a los chilenos cada vez nos interesa menos lo que pasa más allá de nuestras fronteras, como no sea el triunfo de un futbolista en Italia o España. Para gran parte de nuestra prensa, particularmente la TV, no existe el hambre en el mundo, la matanza de cristianos en la India o la situación política rusa.

Este lamentable rasgo pueblerino no es sólo culpa de la prensa, sino nuestra. ¿Por qué va a dedicar la televisión unos minutos que valen oro si a nosotros sólo nos importa nuestro Chile? Un noticiero dedicó 4 minutos esta semana al caso de un señor al que el Registro Civil le había perdido su carné de conducir. Nada dijo, en cambio, del hecho de que en Siria se estén empleando niños como escudos humanos, o sobre el rescate de la banca española.

Esta obsesión chovinista puede ser peligrosa. Olvidar la advertencia de Juan Pablo II en el Estadio Nacional -"Sí, hay Chile, ¡pero también hay mundo!"- nos puede llevar a no saber ni siquiera en qué país vivimos.

 


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