Aterrizaje forzoso Un ideal victoriano al estilo Hollywood
Juegos Olímpicos: del amateurismo al espectáculo de masas

El 27 de julio comienza una nueva versión de la gran fiesta deportiva mundial, cuyos orígenes están en la anglofilia de su promotor, el francés Pierre de Coubertin, quien pregonaba el deporte como una nueva filosofía, pedagogía y religión.  

Juan Ignacio Rodríguez Medina 

El estadounidense James Thorpe es la más famosa víctima del amateurismo, según recordaba el filósofo Alfonso Gómez-Lobo en una conferencia que dictó en 1996. "Amateur -decía el código olímpico de 1958- es quien participa y siempre ha participado en el deporte sólo por el placer y por los beneficios físicos, mentales y sociales que se derivan (...), sin beneficio material de ningún tipo, directo o indirecto".

Pues bien, ocurrió que en los Juegos Olímpicos de 1912, en Estocolmo, Thorpe ganó el pentatlón y el decatlón, pero fue descalificado cuando se descubrió que había jugado béisbol de manera profesional;esto es, remunerada. Algo similar le ocurrió al fondista finlandés Paavo Nurmi, a quien se le prohibió competir en Los Angeles 1932 por recibir demasiado dinero para sus viajes.

El amateurismo -la importancia de competir y no de ganar- fue el pivote filosófico sobre el cual reinstauró los Juegos Olímpicos el francés Pierre de Coubertin, en 1896, en Atenas. Con ello, se supone, se retomaba el ideal olímpico griego... se supone: "Nada más lejano a la concepción de los griegos, para quienes dejar de ganar era una ignominia y vencer lo era todo", aclara en la misma conferencia Gómez-Lobo. En realidad, el mito del deportista amateur, aquel al que solo le importa jugar correctamente, es decir, el fair play , tiene su origen muchos siglos después, en la Inglaterra victoriana e industrial.

Dios salve a Inglaterra

La Guerra Franco-Prusiana fue una debacle para los franceses. Y uno de sus nobles, el barón Pierre de Coubertin, la atribuía no a la incapacidad militar de Napoléon III, sino a la inferioridad física de la juventud francesa. Claro, los alemanes tenían una muy nacionalista y rigurosa educación física. De ahí la solución: había que iniciar una reforma educacional basada en el deporte.

"Desde la Edad Media una suerte de descrédito se cernió sobre las cualidades corporales y fueron aisladas de las cualidades de la mente (...) Esto fue un error inmenso cuyas consecuencias científicas y sociales todavía son imposibles de calcular", dijo Coubertin en 1894.

Para buscar ejemplos, el barón viajó a Alemania, Estados Unidos, Canadá e Inglaterra. Desechó la primera opción por su rigidez. En Norteamérica se entusiasmó por las facilidades que entregaban los colleges y universidades a sus estudiantes, pero algo faltaba. Entonces "peregrinó" a Inglaterra, según sus propias palabras. En 1875 había leído "Tom Brown's School Days", una idealización de la Rugby School, donde el deporte era una combinación de salud física y formación del carácter, impuesta por su antiguo rector Thomas Arnold. Coubertin visitó el lugar: "Comprendí que ésa era la piedra angular del Imperio Británico; esta es la solución a los problemas de la modernidad, aquí está, es tan sencilla, cómo nadie se había dado cuenta".

Lo que Coubertin recogió allí, el amateurismo, era una definición de clase que emergió a mediados de la época victoriana. Pues, básicamente, un amateur es la persona que no necesita el dinero que pudiera darle el deporte; o sea, los aristócratas y la alta burguesía. Mientras que un profesional, en cualquier área y también en el deporte, es quien tiene que ganarse la vida, trabajar. Y tal vez por eso (y probablemente porque a la mayoría le gusta el triunfo), en el caso del deporte el profesional es el que quiere ganar y no sólo competir.

"El origen del deporte moderno y de su máximo símbolo, los Juegos Olímpicos, no se encuentra en su remoto antecedente griego, sino en la Inglaterra Victoriana de la revolución industrial", escribe Claudio Véliz en "Los deportes en equipo: un mundo hecho en inglés". Y en un coloquio a propósito del mismo tema agrega: "Antes de las primeras olimpíadas, el deporte más popular en Inglaterra era el fútbol, de eso no cabe ninguna duda. Pero a nadie se le pasó por la mente incluirlo en la Olimpíadas por esa razón". Lo mismo con el básquetbol: "Eran deportes para trabajadores".

La ética del deporte por el deporte chocaba con la ética que comenzaba a imponer la industrialización. Como revela Roberto Velázquez, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, en un artículo sobre la génesis, evolución, significado y función social del deporte moderno, éste pasó de la "práctica elitista, concebida y reservada para los «amateurs», a ser una práctica popularizada entre la clase trabajadora y un espectáculo producido por profesionales para el consumo de masas", puesto que era afín al espíritu industrial: "Orientado hacia la búsqueda de sistemas y planes de entrenamiento que proporcionasen un mayor rendimiento, y con unos protagonistas mucho más motivados hacia el triunfo". Además, era una opción para las clases bajas y medias-bajas de surgir económicamente.

No obstante esto ocurría a fines del siglo XIX y comienzos del XX, Coubertin recogió y difundió internacionalmente la concepción del deporte como práctica amateur "supuestamente repleta de valores morales". Y los Juegos Olímpicos nacieron en medio de esa tensión. Se lee en un artículo de Robert J. Paddick, en The International Journal of Olympics Studies. "La historia del deporte internacional puede contarse como la de un ataque sin tregua sobre la filosofía del amateurismo y la gradual erosión de los intentos por hacer que se cumpla". Y ya sea que ello ocurriese por la inexorable tendencia hacia la profesionalización, o por la valoración del sistema industrial y de la sociedad orientada al logro, o por el conflicto, "inherente en el olimpismo", entre la búsqueda de la excelencia y la idea de pasatiempo, lo cierto es que "como código de conducta y concepto filosófico el amateurismo fue un fracaso".

De ahí que en 1981 se eliminara toda referencia al amateurismo de la Carta Olímpica. Especialmente cuando, hipocresías aparte, era insostenible afirmar que los atletas soviéticos eran estudiantes, trabajadores o soldados, o que los deportistas estadounidenses no eran profesionales bien pagados y preparados.

La "americanización" de los juegos

Ahora, una cosa es que se haya pasado del amateurismo al profesionalismo. Y otra, el estatus que tiene actualmente el deporte de alto rendimiento y el deportista de élite, en torno al cual gira, si es que no es, una industria más cercana al espectáculo y la entretención que al mero ganar medallas y recibir una retribución.

"¿Son los juegos olímpicos más que una competencia entre superestrellas? ¿Son capaces de mejorar la educación física nacional y los programas atléticos de las naciones miembros?", se pregunta el historiador del deporte John A. Lucas, en un texto sobre la filosofía de Coubertin.

Lo cierto es que los Juegos Olímpicos, especialmente desde los de 1932 en Los Angeles, y los de 1936, en la Alemania nazi, posicionaron los cuerpos atléticos como objetos de consumo. Eso según un artículo que lleva el sugerente título "De Hollywood a Hitler y más allá". Más todavía, los referidos juegos hollywoodenses son sindicados como los que crearon una cultura de la celebridad en torno a las olimpiadas y convirtieron a los atletas en una suerte de estrellas de cine. De hecho, los ganadores de esos juegos firmaron inmediatamente contratos para hacer películas, al mismo tiempo que Coca-Cola se embarcó en la mayor campaña de avisaje ligada a los juegos olímpicos y empresarios de todo el mundo usaron los juegos como una oportunidad para consolidar nuevos vínculos comerciales, según relata Barbara Keys, en un artículo a propósito de dichos juegos. "En la perenne disputa olímpica entre ludismo y lucro, Los Angeles claramente inclinó la balanza hacia el comercio". Es la llamada "americanización" de los juegos, dice la autora.

Frente a eso, es difícil repetir casos como el de Fanny Blankers-Koen. Una holandesa que tras ver truncada su carrera olímpica por la Segunda Guerra Mundial, en Londres 1948, con 30 años, ganó el oro en los cien y doscientos metros planos, en los ochenta metros valla y en el relevo cuatro por cien. O el del suplementero chileno, Manuel Plaza, que obtuvo la primera medalla para nuestro país, tras llegar segundo en la maratón, en Ámsterdam 1928.

Lo mismo con otro maratonista, el italiano Dorando Pietri. Era obrero y en 1904 venció a Pericle Pagliani, por entonces el corredor más famoso en Italia. Y que en los juegos de 1908, en Londres, hacia la mitad del maratón, tomó el primer lugar. Pero a dos kilómetros de la meta la fatiga y la deshidratación comenzaron a hacer mella, y cuando estaba a punto de cruzar la línea de llegada, frente a 75 mil personas y tras demorar diez minutos en los últimos 350 metros, fue ayudado por dos hombres para evitar que se cayera. Eso le costó la descalificación y echó a la basura todo el esfuerzo, no obstante después la reina Alejandra le otorgase una copa de plata por su esfuerzo.

El mito responsabiliza a Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, por la descalificación. Pues, se dice, fue una de las personas que lo auxiliaron. Lo que no es cierto. Pero sí que se encontraba en la tribuna reporteando la carrera, y que escribió: "Es horrible y fascinante, sin embargo, esta lucha entre un propósito determinado y un cuerpo totalmente agotado".

El amateurismo, monetario y de clase, es un anacronismo y probablemente ya lo era en 1894. Un profesional puede amar el deporte, y a pesar de los millones en publicidad y derechos de transmisión -de menos de 100 mil dólares en 1972 a más de dos mil millones en 2004, en el último ítem-, hay lugar para el amateurismo como motivo, o es lo que queda pensar: "Los Juegos -escribe Paddick- deben ser una clara glorificación del atleta. Y un recuerdo de que el atleta digno de glorificación será -sin importar si es remunerado o no, si se dedica a tiempo completo o parcial, si es de clase alta o baja- un amateur: alguien devoto de la búsqueda de la excelencia como una actividad humana que vale la pena".

"La historia del deporte internacional puede contarse como la de un ataque sin tregua sobre la filosofía del amateurismo y la gradual erosión de los intentos por cumplirla".

 Si es moderno, y es deporte, es británico

No es que antes no se jugara a la pelota o que no se peleara a puños. Es que los británicos sistematizaron y reglamentaron muchos juegos y los convirtieron en lo que conocemos: fútbol , tenis, pimpón, rugby, boxeo, cricket, remo, hockey , golf, polo, hípica, natación, tiro con arco, bowling , entre otros.

Cine olímpico: muchos anglos y un chileno

Sin contar los documentales, no es mucho lo que el cine se ha ocupado de los Juegos Olímpicos. Pero hay dos casos insoslayables. "Carros de fuego" , por supuesto, y "Las primeras olimpiadas-Atenas 1896" . La primera es la clásica película del director Hugh Hudson, musicalizada por Vangelis , que relata la historia de dos jóvenes británicos , y rivales, que participaron en los juegos de 1924, en París. La segunda es una miniserie estadounidense , que muestra los primeros juegos, centrándose en la preparación del equipo norteamericano , que finalmente arrasaría en Atenas. Se ve, por ejemplo, la innovación de partir agachados las carrera de velocidad (tal como lo hacen todos ahora) o de saltar las vallas recogiendo y levantando hacia un costado una de las piernas para mantener la continuidad de la carrera: otra vez, tal como lo vemos hoy en día. En la serie hay un pequeño paneo del atleta chileno Luis Subercaseaux , quien participó en Atenas 1896.



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2008 En los últimos juegos, en Beijing, el jamaicano Usain Bolt llegó celebrando a la meta de los 100 metros planos. Los 9,69 segundos que demoró fueron un imposible para sus rivales.<br/>
2008 En los últimos juegos, en Beijing, el jamaicano Usain Bolt llegó celebrando a la meta de los 100 metros planos. Los 9,69 segundos que demoró fueron un imposible para sus rivales.

Foto:AP

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