Maestro de la luz

 

La reciente biografía del fotógrafo Sergio Larraín, escrita por Gonzalo Leiva Quijada, no agota el tema de un artista que, sin proponérselo, incurrió en todas las condiciones que generan una leyenda. Larraín fue alumno del colegio Saint George y, a sugerencia paterna, el prestigioso arquitecto Sergio Larraín García-Moreno, partió a California a estudiar ingeniería forestal, pero desertó. Compró una cámara Leica y el tercer ojo que manipulaba le dio la perspectiva del mundo.

Se volvió un peripatético que propuso un rol distinto para los fotógrafos: no un corresponsal de guerra, a la manera de Robert Capa, ni un fotógrafo de estudio, a la manera de su maestro, el retratista chileno Jorge Opazo, sino un profesional que inaugura el fotorreportaje, obtenido tras una larga meditación previa. Así, recorre el mundo: Europa, Valparaíso, Asia, Patagonia, Bolivia, Londres, Juan Fernández y los suburbios capitalinos, donde captura las imágenes menesterosas de los residentes en las orillas del Mapocho; el río es una cicatriz que atraviesa la ciudad y cobija a los niños vagos recogidos por el padre Hurtado. En su tránsito de contemplativo desarrolla una poética de la imagen: Larraín lo reafirma, cada foto tiende a perpetuar una ausencia, radicalizándola en su lejanía del instante en que fue tomada. Lo suyo se vuelve una antropología fotográfica.

A su pesar, el ego de quien maneja la cámara, encuadra y obtura, seleccionando un matiz de lo que se ofrece a sus ojos, está en juego, pero debe desaparecer. El fotógrafo es quien se fija más, pues cuando se mira, se ama. Allí están para atestiguarlo sus célebres reportajes en revistas internacionales: O Cruzeiro, Life, Paris Match; en Chile, Paula y Vea. Se incorpora a la agencia Magnum y publica tal vez su obra maestra, el libro Valparaíso , que aparece con un texto en prosa de Neruda.

Larraín probablemente haya sido la figura real que inspiró el cuento "Las babas del diablo", de Julio Cortázar. Es Roberto Michel, el traductor franco/chileno que en sus ratos libres pasea en busca de algo impreciso y fotografía una escena íntima, en un rectángulo de la Ille de la cité, en París, sin saber que ha sido parte de un juego perverso en el que un adolescente será seducido por un hombre mayor. La víctima es él, que cuenta la historia tiempo después, cuando la destrucción es irreparable.

Larraín, con los años, rehuyó el primer plano y la fama y se volvió, como el protagonista del cuento cortazariano, un fantasma; se fue a residir a los cerros ovallinos y a predicar un evangelio de salvación personal y universal. Se despojó del yo, el que con cada foto que tomaba anhelaba ver extinguirse. Lentamente lo fue logrando. De maestro de la imagen pasó a ser un maestro de la luz.

Sergio Larraín se volvió un peripatético que propuso un rol distinto para los fotógrafos: no un corresponsal de guerra ni un fotógrafo de estudio, sino un profesional que inaugura el fotorreportaje, obtenido tras una larga meditación previa.

 


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir
Sergio Larraín Gonzalo Leiva Editorial Metales Pesados, Santiago, 2012, $22.000. BIOGRAFÍA
Sergio Larraín Gonzalo Leiva Editorial Metales Pesados, Santiago, 2012, $22.000. BIOGRAFÍA


Servicios El Mercurio
   Suscripciones:
Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.
   InfoMercurio:
Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.
   Club de Lectores:
Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.


Otros Servicios
   Defunciones
   Ediciones anteriores
   Propiedades
   Suscripciones
   Empleos
   PSU@El Mercurio
   Contratar publicidad
   Club de Lectores
   Clase Ejecutiva
   El Mercurio - Aguilar
 


Buscador emol.com Ir al demo interactivo Buscador emol.com
0  
Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales