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Fata morgana

Domingo 5 de agosto de 2012



 

Enrique Lihn pensaba que la literatura era un fenómeno anómalo y no entendía por qué al hablar de ella no se suele tomar en cuenta esta peculiaridad. A mi entender, la extrañeza esencial de la escritura consiste en el hecho de que proyecta permanentes espejismos, tanto para autores como para lectores. Espejismos, mímesis, imitación, representación: cualidad de parecer lo que no se es, de camuflarse en aquello que se refleja.

El esquema comunicacional que podría extraerse de cualquier texto siempre se verifica en ausencia de alguna de sus partes. Al escribir uno pone en funcionamiento una especie de voz que debe sostener todo el tiempo (voz, por lo demás, inaudible), pero el interlocutor es virtual o fantasmal. El que lee, por su parte, paradojalmente disfruta de la compañía de alguien que no está o no existe: un amigo imaginario. "Vivo en conversación con los difuntos", escribió Quevedo en su famoso soneto, refiriéndose a esto mismo. Al final del segundo terceto deja unos versos muy sutiles sobre el gesto metafísico que adoptan los libros en la existencia: "En mágicos, callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan despiertos".

Que la escritura incorpore algunos rasgos de la conversación corriente (nivel de los temas, fluidez, uso de un léxico promedio) no significa que estas categorías sean del todo intercambiables. En su estimulante ensayo La elección de las palabras , Clément Rosset plantea sobre el tema un interesante acertijo: "Nunca me he podido explicar claramente la naturaleza de este despiadado mecanismo que casi en cada ocasión, por el solo hecho de la transformación de la cosa hablada en cosa escrita, convierte una reflexión que parece original en banalidad lamentable, una observación que parece penetrante en trivialidad, una idea que parece inteligente en tontería y así en general -en suma, que transforma con frecuencia (...) a un hombre inteligente, cuando no escribe, en un hombre limitado cuando comienza a escribir".

Hace unos pocos años, Manuel Vicuña desarrolló, en su libro Hombres de palabras , la respuesta a una variante de este problema: por qué los discursos de los más celebrados oradores parlamentarios chilenos del anterior cambio de siglo -Enrique McIver, Isidoro Errázuriz- parecían, por escrito, tan carentes de atractivo. La conclusión tiene que ver con la natural desaparición de las circunstancias originales de la enunciación: tono de voz, atmósfera emotiva, subentendidos, factores todos ellos ajenos al texto del discurso.

La escritura y la oralidad son cajas de resonancia de muy distinta capacidad. Un garabato, por ejemplo, suena estruendosamente cuando va por escrito, por lo cual hay que calibrar con precisión el punto del texto en que su presencia resulta pertinente. En la conversación diaria, en cambio, los disparates (como se decía antes) se regulan sólo por quien uno tiene al frente o a los costados. Cuando uno está en confianza, hablar como un carretonero (como se decía antes, igualmente) no producirá más que un rumor cálido de identidad local.

La escritura y la oralidad son cajas de resonancia de muy distinta capacidad. Un garabato suena estruendosamente cuando va por escrito, por lo cual hay que calibrar con precisión el punto del texto en que su presencia resulta pertinente. En la conversación diaria, en cambio, los disparates se regulan sólo por quien uno tiene al frente.