El cantar de los "la-la"

Esta semana me dediqué a ordenar un viejo baúl con telarañas y muchos libros sobre el medioevo, y encontré uno que me dejó perplejo.  

 

Tal como el director de la ANI, Gonzalo Yussef, tiene una debilidad por la literatura rusa - motivo de su larga barba "tolstoiana"-, yo también tengo la mía: la literatura medieval.

Esta semana me dediqué a ordenar un viejo baúl con telarañas y muchos libros sobre el medioevo, y encontré uno que me dejó perplejo. Contenía un poema muy añoso, de autoría anónima, que relataba las vicisitudes en un reino para encontrar la paz entre el rey y los furiosos señores feudales que lo componían. Les juro que me trasladó a la discusión de estos días en el Congreso por el salario mínimo y la reforma tributaria, y creí por un momento ver en sus protagonistas a los ministros Larraín y Larroulet. Si no me creen, aquí les dejo la transcripción:

Érase una vez un reino compuesto por nobles de varios feudos, que un buen día, al buen rey, le exigieron un cumplimiento: "Nuestro pueblo tiene hambre, y con los ducados que dais no compra panes, reajustad estos viles jornales, que quienes los ganan no son holgazanes, y cuidado con cuanto dieras, que no aceptaremos miserias".

Decidió, pues el rey, para aquel entuerto solucionar, enviar a dos nobles de Palacio cuya misión fue negociar. Uno tenía el don de la fortuna y lo que tocaba con esmero se convertía en dinero, el otro dominaba el arte galo del buen hablar, y a sus enemigos los encantaba con tan sólo un "bla bla bla".

Así comenzó la cruzada de tan digna dupla real, en aquel tiempo fue conocida simplemente como los "la-la". Llegaron felices a un gran castillo, asentado junto al mar, confiados en su éxito, y cantando "tra-la-lá".

Pero entre tanto señor enfadado, ni dinero ni "bla-bla" resultaron. "Insuficiente", "una miseria", "unas migajas", "una limosna", "con lo que ofrecéis no alcanza ni para comprar siquiera una rosca".

"¿Como decís esas desdichas, si cuando reinasteis ni la mitad disteis, despreciar estos ducados es una afrenta a los aldeanos". "Esto sí que no vuelve a pasar", se juraron allí los "la-la", y a Palacio volvieron despacio, cantando confusos el "tra-la-lá".

Pero otra amenaza, de los señores prometía nuevos terrores: "Subid los impuestos, y hacedlo en serio que esto no es cuento". "¿Por qué", preguntó el rey, "de nuevo se enfadan? De esto no había un ápice, ni medio tercio en mi programa. Haremos lo que dicen, a nuestra manera, esta propuesta es una y dividirla es quimera".

Volvieron los "la-la" a esta nueva batalla junto al mar: "Insatisfactorio", "de manicomio", "le dais más dinero a los ricos", Si creéis que esto aprobaremos, pues tenéis el juicio muy chico". Los señores que defendían a los "la-la" les dijeron "dividan y vencerán", "acotad vuestra propuesta con esta indicación, y veréis que por arte de magia conseguís la aprobación".

"Haremos mejor cosa", replicaron los "la-la", "este proyecto retiraremos, y uno nuevo ingresaremos". "¿Pero cómo", dijeron sus aliados", "¿acaso éste no era integral?, ni sólo bajas, ni sólo alzas, debía haber de un cuanto hay".

"En esta vida hay que retroceder para avanzar", cantaron de vuelta a Palacio, sin su proyecto y sin los votos... en verdad sin "na ni na".

 


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