El nuevo paternalismo

Carlos Peña 

¿Hay alguna razón para impedir, haciendo uso de la fuerza, que una persona adulta decida convertirse en gordo mórbido, alcohólico pertinaz, fumador empedernido, sedentario entusiasta, diabético riguroso, o cualquier cosa que se le parezca?

Algunos senadores y el ministro Mañalich creen que sí; que la protección de la salud y el logro de la sobriedad justifican que el Estado se entrometa, casi sin límite, en la vida de los ciudadanos. Su última perla -antes fueron las iniciativas respecto de la comida chatarra y la ley de tolerancia cero- es el intento de prohibir que se filme, o siquiera que se exhiba, el acto de fumar.

Todas esas iniciativas reposan sobre el propósito, en apariencia loable, de impedir que las personas se dañen a sí mismas.

Pero se trata de errores. Si ese tipo de proyectos tienen éxito, la gente será más sana, pero la vida le pertenecerá cada vez menos.

Cuando las personas deciden fumar, es porque valoran más el placer que les proporciona el tabaco que los días de vida que, casi con certeza, pierden al consumirlo. Cuando deciden beber alcohol en exceso -para escapar del horror doméstico o de la depresión de los domingos por la tarde-, es porque consideran que de esa forma la vida se hace mejor o más liviana. En fin, cuando fuman marihuana, es porque piensan que de esa manera alcanzarán estados de conciencia o de beatitud del tipo del que logran, aunque por caminos más enrevesados, los místicos y los santos.

Pueden equivocarse. Y a veces se equivocan. El placer del tabaco puede traducirse en ahogo; la levedad del alcohol en una condena de la que no se escapa; el consumo de marihuana en pérdida de la capacidad cognoscitiva. Sí, pueden equivocarse, y con frecuencia se equivocan. Pero, ¿no consiste en eso la libertad? ¿Qué libertad sería esa que no tolera el error? Alguien dirá que no se trata de prohibir esas conductas, sino de desalentar que ocurran o se imiten. Pero el problema es el mismo. ¿Acaso abreviar el repertorio de conductas que los seres humanos pueden tener a su disposición y a su riesgo -por ejemplo, en el cine o en el teatro- no es una forma de disminuir la libertad de elegirlas?

Por supuesto que hay buenas razones para aconsejar a la gente que no coma, beba o fume en exceso y para informarle de los riesgos que corre; pero no parece haber ninguna para impedirle que lo haga. Tampoco para restringir gravemente las oportunidades de escoger hacerlo. Si el Estado impide la elección o la restringe, la capacidad que cada uno tiene de autogobernarse en conformidad a su propio discernimiento estaría pasando a manos ajenas. Se sustituiría al sujeto en el control de sí mismo. Y de esa forma el individuo sería más delgado, menos adicto y más aeróbico (más sano), pero sería también menos sujeto -es decir, su dignidad se habría estropeado.

Ésa es la razón de por qué el paternalismo -es decir, la intervención en la vida de un ser humano esgrimiendo su bien- es erróneo.

En cada ser humano coexisten dos dimensiones: cada uno es un sujeto de experiencias y, al mismo tiempo, un agente que toma decisiones. En la primera dimensión, el sujeto siente cosas; en la segunda, decide hacerlas. El paternalismo (el religioso y el laico; el preocupado de la salvación y el preocupado de la dieta) disocia esas dos dimensiones: piensa que para que el sujeto experimente cosas buenas, a veces hay que negarle, o disminuir, su capacidad de decidirlas.

El paternalismo daña así la dignidad de los individuos. Puede salvar algunos bienes (aquellos que el sujeto intervenido ha decidido descuidar cuando fuma, come o bebe); pero estropea inevitablemente el más importante de todos: la condición de agente, la capacidad de cada uno de tener el control de la propia vida.

En todo paternalismo hay algo de fervor religioso: el propósito de salvar a una persona, aunque sea a costa de su voluntad. La diferencia es que el paternalismo laico se preocupa de la gordura, el cigarro y la marihuana, y el paternalismo religioso se preocupa de la vida sexual.

Pero ambos son dañinos. Y peores que el tabaco.

HASTA AHORA SE CONOCÍA EL PATERNALISMO RELIGIOSO, PREOCUPADO DE LA DIETA SEXUAL; PERO LA LEY DEL TABACO ES SÍNTOMA DE QUE ESTÁ BROTANDO OTRO: EL QUE SE PREOCUPA DE LO QUE LA GENTE COME, FUMA O TOMA.

 


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