Que Churchill siga fumando

Joaquín García-Huidobro 

La novedad del año: algunos parlamentarios no se conforman con que esté prohibido el cigarrillo en las escuelas o los teatros. Ahora no se podrá fumar en las películas. Los directores de cine y los guionistas están indignados. En vez del consabido puro, ahora tendrán que representar a Churchill con un caramelo kojak. Y ni siquiera eso, porque caerá en la categoría de comida chatarra. Se tendrá que chupar el dedo, mientras se reúne con Stalin en Yalta.

Quieren prohibir el cigarro en las películas, pero afortunadamente no impiden filmar secuestros u homicidios. Sólo faltaba que nos dejaran sin películas de acción, y dedicados a ver Barney, el dinosaurio, o los Teletubbies.

La iniciativa es disparatada, pero nos pone frente a un tema importante: ¿Cómo conseguir que las personas dejen de fumar? Hasta ahora la receta ha sido el temor. El problema es que uno se acostumbra. Es cierto que las imágenes son cada vez más terribles, pero llega un momento en que los pulmones no pueden ser más negros y los dientes no podrán ser más feos. Al final, el terror adquiere visos de comedia.

Las campañas existentes, si bien alcanzan un porcentaje de éxito, no toman en cuenta algunos datos básicos: los fumadores ya saben que el cigarrillo produce toda suerte de males. Es más, la mayoría de ellos querría dejar de fumar. El problema es que no pueden. La suya no es una falla de la inteligencia, sino una voluntad débil. Pasa lo mismo que con las dietas o el estudio.

El fumador sabe que le hace mal, pero ¿cómo renunciar a un puchito después de almuerzo?

Quizá haya llegado el momento de buscar otras estrategias, que apunten a dos públicos muy relevantes: a los adolescentes que están a punto de empezar a fumar, y a los mayores que quieren dejar de hacerlo.

Partamos por los primeros: el pulmón canceroso no sirve para el adolescente. Está muy lejos de su experiencia real, y lo transforma en motivo de chistes. Una campaña específica para ellos tendría que apuntar no al temor, sino a desenmascarar los motivos que los llevan a fumar, para privarlos de todo encanto.

Sabemos que son ridículas las causas que llevan a probar los primeros cigarrillos. Básicamente se reducen a inseguridad, al deseo de hacer cosas de grandes y, especialmente en el caso de ellas, a mostrar un signo de emancipación. Como no saben qué hacer ante determinadas situaciones, se aferran al cigarrillo para conseguir una condición o una seguridad de la que carecen. Es necesario ayudarlos a destruir esa trampa, hacer que el acto de fumar pierda toda magia.

Pongamos un ejemplo. Si, gracias a una campaña ingeniosa, el adolescente sabe que quienes lo ven encender un cigarrillo están pensando que es una persona insegura, el atractivo para encenderlo disminuirá drásticamente. Lo mismo sucede con la niña que quiere aparecer emancipada por esa vía: ¿Cómo no vamos a ser capaces de mostrarle que hay formas más creativas de fomentar la afirmación de la autoestima?

Se trata sólo de unos ejemplos; psicólogos y publicistas podrán encontrar otras vías para atacar ese momento inicial, donde se juega gran parte de esta batalla. Las tabacaleras han logrado mostrar modelos envidiables, habrá que hacer lo mismo por el otro lado. No se puede derrotar al cowboy de Marlboro con la garganta de don Miguel.

Pero también hay que dirigirse a los adultos que querrían dejar de fumar, pero no saben cómo hacerlo. No se trata de asustarlos, crearles cargos de conciencia, o perseguirlos como si el suyo fuera el peor de los vicios. Hay que prestarles una ayuda positiva.

¿Qué tal si pensamos en campañas que discurran por la vía del "a mí me resultó", o el "me costó dejarlo, lo hice así, y ahora me siento muy bien"?

No siempre los argumentos más terribles son los que convencen. Hay gente que está dispuesta a enfrentar el riesgo de cáncer, pero deja de fumar en una reunión porque sabe que a su vecino le disgusta tener la chaqueta ahumada. Démosles una oportunidad a las campañas alegres y atractivas, que ayuden a sacar lo mejor de las personas.

¿Y qué pasará si esta moción parlamentaria se transforma en ley? No sería la primera vez que un disparate termina impreso en el Diario Oficial. Nos quedará al menos un consuelo, porque la norma no se aplicará a las películas antiguas, donde los cineastas elegían sus temas libremente. Menos mal, así podremos seguir viendo "Casablanca" o "Smoke" (1995), la maravillosa película de Wayne Wang que hace que los enemigos del cigarrillo comprendamos a nuestros amigos fumadores.

NO SE TRATA DE ASUSTAR A LOS FUMADORES, CREARLES CARGOS DE CONCIENCIA, O PERSEGUIRLOS COMO SI EL SUYO FUERA EL PEOR DE LOS VICIOS. HAY QUE PRESTARLES UNA AYUDA POSITIVA. EL TERROR NO ES EL MEJOR MEDIO DE PERSUADIR A LA GENTE.

 


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