martes 11 de septiembre de 2012  
Delia Domínguez, poeta:
"Yo la poesía la he parido"
 
A los 81, esta lúcida osornina publicará "Paralelo 40 Sur", en el que mezclará poesía inédita y, por primera vez, sus cuentos realistas. Aquí revisa su infancia, su poesía y su amistad con Neruda, Gonzalo Rojas y Claudio Bravo.  

Por María Cristina Jurado. Fotografías: Sergio López 

Regla de Tres

Se puede nacer de a dos Pero se muere de a uno.  (De "Huevos Revueltos", 2000) 
 
Dos tragedias personales catapultaron, muy joven, el genio creativo de Delia Domínguez Mohr, 81 años, soltera, sin hijos. Y una de las principales poetas que ha tenido Chile en su historia.

La primera fue perder a su madre -era 1936- por la tuberculosis. Amelia Mohr, nieta de hamburgueses llegados en barco a colonizar las tierras de Osorno, era pálida, bonita y frágil. Se casó muy joven, enfermó gravemente y, a pesar de los esfuerzos de su familia, murió antes de ver a sus dos hijos, Delia y Luis, convertirse en adultos. Amelia se paseó durante más de un quinquenio entre sanatorios de San José de Maipo y Los Andes. Y fue en esta ciudad donde, frente a los asustados ojos de su niña, quien no cumplía los cinco años, murió.

-Nadie me explicó nada. Yo quise acercarme a darle un beso -estaba en su cama, muy pálida-, pero me dijeron que dormía. Estaba acostumbrada a verla muy poco, en el sur los trabajadores del fundo me decían que mi mamá "andaba en clima", como se decía cuando alguien se iba al sanatorio. En ese tiempo, la tuberculosis era común y mataba. Ya adulta, tuve un neumotórax espontáneo y me trató el mismo médico. El doctor Héctor Orrego Puelma, padre de Carmen Orrego -quien después se casó con Ángel Parra-, me dijo una cosa muy tremenda: "Tu madre murió, pero tú vas a salvarte porque hoy hay penicilina". Me salvaron los antibióticos, para ella fue imposible porque en su época no había. A Los Andes llegamos cuando ya nadie podía hacer nada por ella. Estuvimos un tiempo largo, ella en el sanatorio y yo en el kínder. Los hombres se quedaron en Osorno. Cuando murió, mi papá me fue a buscar.

Aún hoy, después de setenta y seis años, a Delia Domínguez se le nublan los ojos si habla de su madre, la que apenas conoció, la que apenas recuerda, a pesar de la gran foto que enfrenta su cama. No puede evitarlo. "Mi mamá me enseñó a leer en el silabario Matte, el del Ojo", dice. Su padre, Luis Domínguez, abogado y juez, no pudo resistir la pena: desarmó la casa familiar, vendió todo y los niños fueron enviados a internados. Los fines de semana se juntaban todos en la casona del abuelo -las mismas tierras donde hoy tiene su refugio sureño, Santa Amelia de Tacamó-, pero la poeta creció en el desarraigo interior. Antes de los seis, comenzó a descubrir, sin saber, la poesía:

-Yo necesitaba respuestas. Empecé a conversar con los perros, con los pájaros, con los árboles y la lluvia. Con los caballos: me amarraban a mi yegua "Pancha" a esa edad para que no me cayera. Era muy chica, las piernas apenas me daban. También conversaba con la tempestad, que es algo muy del paralelo 40. Todavía hablo con los pájaros y las arboledas, conozco cada sonido. No soy extranjera en esos lados. La tierra -eso lo aprendí de niña- es sabia. La tierra habla.

Cruzando la adolescencia, se enfrentó a su segunda pérdida. Tenía poco más de 20 años cuando perdió al amor de su vida. Durante muchos años lo nombró, hoy ya no lo nombra: en el sur hay muchos descendientes de esa conocida familia y no quiere remover recuerdos:

-Nunca quise así antes de él y nunca más volví a querer de esa manera. Él se llevó, con su muerte, mi amor. Yo estudiaba Derecho en Santiago, él tenía una lechería en el sur con un socio. Llevábamos tres años juntos, ya estábamos con ilusión, ese anillito que precede al compromiso definitivo. Mi padre me había venido a ver y, ese día, fuimos a tomar té al Crillón. Mientras nos atendían, me pasó el diario -él tampoco sabía-, lo abro y veo la noticia: "Joven baleado en Osorno". Le metieron cuatro balas, falleció instantáneamente. El asesino era un ex trabajador suyo. Ese día se me apagó una parte de la alegría. Fue muy brutal.

-Aprendió a convivir con la soledad.

-Es que cuando has crecido sin madre y se te va tu gran amor tan joven, tú vas entendiendo que, o buscas respuestas, o te pierdes. Yo no quise perderme.


Por eso, medio siglo después, Delia Domínguez, aunque añora a los hijos que nunca tuvo, se esmera en la principal de sus batallas: mantenerse lúcida para seguir creando. La poesía ha sido su puntal frente a ausencias e incertidumbres.

-Soy una mujer muy creyente, como lo eran mis padres y abuelos. Lo que más le pido hoy a Dios es que me mantenga con las ampolletas encendidas. Soy bastante sola, pero tengo muchas amigas y a mi hermano y mis sobrinos, que son como mis hijos. Pero en la intimidad, soy sola con mi poesía. Mi poesía ha sido la ropa con que me visto, mi paño de lágrimas, el objetivo luminoso de mi existencia. Con ella me comunico con los seres que perdí.

-Ha dicho que no inventa cuando escribe.

-No. Mi escritura es completamente realista: no escribo de personajes iluminados, sino de gente de carne y hueso que me ha rodeado. Lo esencial de la vida ha sido el amor humano y la poesía. Esas cosas se cruzan en mis sueños y en la realidad. Lo que me rodea en el paralelo 40 sur es tan mágico y auténtico, que no sólo me penetra a mí y a quienes escribimos poesía, si no a todos. De niña, te confieso que veía pasar los gansos y bandurrias en el cielo y juro que vi a Nils Holgersson montado sobre los gansos, como en las narraciones de Selma Lagerlöf. Siempre he escrito lo que he visto en la realidad. Entonces, ¡no ha sido ninguna gracia ser poeta!

 
"Me duele cuando escribo"

Como buena sureña, Delia es acogedora. Recibe con gracia. Desde 1970, cuando perdió a su padre Luis Domínguez, vive en la misma casa de Providencia, rodeada de objetos con historia. En los muros hay dibujos de su amigo Claudio Bravo, con quien compartió por años la vecindad de las tierras del sur. El célebre pintor realista pensó alguna vez radicarse en el campo sureño.

-Fuimos muy amigos y vecinos, los campos se tocaban. Nos quisimos mucho con Claudio. Era un gran artista y una persona muy generosa. Nos entendíamos sin palabras y fue terrible para mí cuando murió. Él me hizo, con su genio, la portada de varios libros míos, atesoro esos recuerdos.

Sonríe con sencillez y algo de tristeza mientras apura su copa de vino blanco.

Con la cabeza lúcida, Delia no se detiene. Acumula más de una docena de premios en Chile y el extranjero, lleva publicado 14 libros en medio siglo y esta primavera sacará "Paralelo 40 Sur", con poemas y cuentos inéditos. Ha sido también traducida por grandes expertos como Marjorie Agosin, de la Universidad de Boston, y Curt Meyer-Clason, el traductor alemán de García Márquez.

-Su lenguaje poético sigue siendo el mismo de "Simbólico retorno", de 1955.

-He cambiado en algo: hoy escribo en forma mucho más desprovista. Uso un lenguaje más al grano, sin tanta metáfora. Voy al hueso de las cosas, ya no tengo tiempo. No hay tiempo para adornar con lirismos inútiles las cosas que tengo que decir. Me llame Delia, Perica o Juanita, mi identidad es la poesía de la tierra.

Esta poeta octogenaria llama a las cosas por su nombre. "Yo siento que la poesía es como mi hija parida con el alma y el vientre y todas las condiciones de un parto. Yo la poesía no la escribo, la he parido".

-Los partos duelen.

-Me duele cuando escribo. Cuando la guagua viene saliendo y veo que viene bien, me lanza un gritito y me vuelve el alma al cuerpo. ¡Encontré la hebra por fin!... ya puedo alegrarme. Yo sé cuando la poesía viene bien.

A los siete años participó en un concurso literario infantil, estaba internada en las monjas alemanas de Osorno.  Ganó. "El tema del poema era la uva. No sé quién me inspiró. En ese tiempo no había carretera al sur. Ni aviones comerciales. Los viajes demoraban días, yo conocía la uva sólo en las fruterías, pero gané. Ese premio me marcó".

Delia era rebelde, acostumbrada a hablar con el viento y los animales, siempre sola. Jugaba con perros y se mojaba en acequias, era un desastre, dice. La vivían castigando. Era su forma de sobrevivir.

-Antes de concursar, me había portado mal como de costumbre y, en la casa de mi abuelo, me habían encerrado en la despensa. Todavía tengo una despensa igualita -oscura, fría, grande- en mi casa de Tacamó. De repente estaba entre cientos de frascos de conservas, dulces y mermeladas y no encontré nada mejor que chuparles el jugo. Me pillaron y me encerraron en mi dormitorio. Aburrida, me topé con una revista y, como ya sabía leer, me enteré del concurso. Me puse a escribir.

En el sur guarda su diploma de 1938, firmado por el escritor Ricardo Latcham.

-La habrán festejado.

-No recuerdo mucho festejo. Mi infancia fue muy solitaria y, en verdad, mis grandes compañeros fueron los peones y las trabajadoras del campo, mis mamas. La señora del pan amasado, el adiestrador de caballos. Yo me pasaba los fines de semana en casas de gente así, porque la gente del sur es muy cariñosa. Me llamaban: "Delita, hoy tengo pan amasado; hicimos queso fresco". Es que mi mamá estaba muerta y mi papá vivía en un hotel, solo. Así me refugiaba. A la hora de acostarme, tenían que recorrer casa por casa, a ver en cuál estaba yo.

-Usted es una mezcla de muchas sangres, ¿no?

-Como la mayoría de los chilenos, soy mestiza. Pablo Neruda, quien fue gran amigo mío, murió pidiéndome los cuadros que mi bisabuelo alemán Mohr y mi bisabuela Encarnación Pérez tenían en su casa. Nunca se los di. Mi bisabuela usaba aros mapuches, ella pudo haber tenido sangre araucana. Lo digo con orgullo: soy una mestiza.

-Su familia fue determinante en su poesía.

-Mis raíces. Mi familia materna completa, que siempre presidió todo, es campesina. Venimos de una cultura vegetal aprendida en la raíz de la tierra. En mi infancia y en mi adolescencia todas las conversaciones sociales y de trabajo siempre giraron en torno a los árboles, las siembras y cosechas, los animales. Todavía conservo cuatro canelos en mi jardín de Tacamó, esos no pueden voltearse. El canelo no se toca, es el árbol sagrado de los araucanos. Hay que regarlo sin voltearlo: es decir, no se corta por ningún motivo.

-Tiene libros enteros con giros campesinos.

-"El sol mira para atrás", que se volvió una obra emblemática, es una frase campesina que escuché desde muy chica. "No se puede sembrar porque el sol miró para atrás", decía mi abuelo Mohr. Y es que si el sol mira para atrás, llueve de todas maneras. Yo todavía me guío por el sol, la lluvia, las estrellas, todas las noches busco la Cruz del Sur. Me guío también por los pájaros. Por ejemplo, el pitío anuncia visita.

-¿Todavía vive amilagrada?

-¡Y cómo no! En el 2008 reeditamos, con Catalonia, "El sol mira para atrás", una obra que es de 1973, y ya vamos en la segunda edición. Eso es vivir amilagrada. Por eso este nuevo libro me tiene tan contenta, me prueba que no se ha pasado la creación en mi alma, que no he perdido el don de crear poesía, ese que me persigue como el aire que me despierta y me hace dormir.

Por primera vez, Delia Domínguez integrará varios cuentos a uno de sus libros. Con la narrativa ha coqueteado durante cincuenta años, pero ahora se atrevió. Son cuentos inspirados en historias reales. Y en gente y cosas que, por su simpleza y su verdad, se le quedaron en la retina desde niña. Por ejemplo, la muerte del Leche Negra. O la historia de Rita, una débil mental que recorría los campos de Osorno con su pololo, el Lucho Pérez.

-Leche Negra era un chofer de mi abuelo que se estrelló en un avión militar al que subió porque quería sentir lo que era volar. Un tipo muy sencillo, muy moreno. Yo tenía tres años pero me acuerdo de los llantos cuando explotó el avión en la pista de aterrizaje: era el campo de mi abuelo. El comandante de ese avión era don Diego Barros Ortiz, amigo de mi familia, menos mal que él se quedó ese día en tierra. En 1992 heredé el sillón de don Diego en la Academia Chilena de La Lengua. Yo era una niñita muy sensible, desde la muerte del Leche Negra, le tengo pánico a los aviones. Nunca he podido superarlo. Vuelo rezando.

De Hemingway
a Whitman

Y a la hora de reconocer las influencias en su poesía, Delia Domínguez, tiene -como frente a casi todo- las cosas muy claras. Primero y por sobre todo, Pablo Neruda y Gonzalo Rojas, a quienes ella considera sus padres adoptivos. Su lista es ecléctica: Walt Whitman, Coloane, Ernest Hemingway, Huidobro, Emily Dickinson, por cuyo verbo siente pasión.

-Ya Pablo sufrió la influencia de Whitman, fue casi inevitable, Walt fue un genio de la palabra. "Leaves of Grass" es perfecto, así le parecía a Pablo y así me parece a mí. Las mujeres tenemos una cosa intimista muy marcada y, a veces, como un acto de gracia, ese intimismo aflora y sale a la luz y se anuda a la poesía. Por ahí va mi nexo con Emily Dickinson, quien también es una poeta intimista.

-¿Cómo se pasa de Dickinson a Hemingway?

-Cuando tu intimismo y mi intimismo se encuentran, ahí es cuando se produce el clic en la poesía. Ese clic existe de muchas maneras: yo reconozco mucha influencia de narradores como Hemingway y sus riesgosas travesías aventureras, porque también he sido una suerte de aventurera en mi vida y en mi obra. O así me siento. Otro poeta que me hizo soñar fue Vicente Huidobro y su Altazor. Siempre digo que Vicente y yo estamos cosidos a la misma estrella. Me fijo mucho en las estrellas y en la luna: observo lo que se puede y no se puede hacer en lunas menguante y creciente. Por ejemplo, en luna creciente no puedes sembrar porotos ni habas porque se van en hojas. Eso lo sé desde mi infancia.

-Neruda y Rojas llegaban a Tacamó como Pedro por su casa ¿no?

-Sí, fueron muchas veces, salíamos a montar, les enseñé muchas cosas del campo. Pablo llegaba con Matilde. Con ella nunca tuve química porque yo era "Deliecista", es decir íntima amiga de Delia del Carril. A Delia la quise y la admiré toda mi vida, sobre todo en sus últimos años, cuando pedía que empujaran su silla de ruedas para seguir pintando sus caballos. Matilde esto no me lo perdonó.

-¿Y Rojas?

-La última vez que hablé con Gonzalo Rojas fue hace dos años, me llamó con su voz pastosa por la fibrosis pulmonar que sufría. Los echo de menos. Neruda y Rojas fueron mis padres. A Pablo lo fui a ver a Isla Negra cuando ya estaba grave, dos meses antes de morir. A la clínica no me dejaron entrar. En su casa me hacía dormir en una pieza en un torreón, con los vidrios quebrados: el viento me hacía doler la espalda. Yo le reclamé y me respondió: "¡Qué te va a doler la espalda a ti! ¡Si eres hija de todos los vientos del mundo!".

Se ríe mientras la tarde cae.

A Parra lo admira, pero le cuesta.

-El otro día me encontré con mi libro "Contracanto". Cuando lo escribí, le pedí a varios creadores que me respondieran qué les inspiraba esa palabra; me acuerdo que Neruda me escribió un poema. Nicanor me respondió -lo tengo guardado- : "He estado buscándole el cuesco a la breva, pero no se lo he podido encontrar". Él es así, hay que entenderlo, pero yo no sé usar la ironía y menos el sarcasmo.

Agrega a su lista a Francisco Coloane y a Jorge Teillier. "Soy más lárica desde que conocí a Teillier. Yo lo quise mucho, esa buganvilia en mi balcón la compré por su poema 'Tarde de Buganvilias".

De Coloane, que era de Quemchi y fue amigo de su padre, Delia rescata la necesidad y la obligación de escribir de lo que ella sabe: su célebre Paralelo 40 Sur.

-Yo siento que una persona que ha nacido en la punta del fin del mundo tiene que reflejar esos orígenes. Son ellos los que me dan la calidad materna en el pensamiento y en el cuerpo. No podría, no me atrevería a cantarle a los desiertos, tal vez un poco a la pampa argentina porque en el sur es muy fácil pasar de Osorno a Bariloche.

E, inspirándose en las aventuras de Hemingway, relata las propias. En los años 70 fue apicultora en el sur, hasta que llegó una infección a los bosques de pino de la región, mandaron aviones fumigadores y sus pesticidas mataron a sus abejas. Se lo había tomado en serio, hasta cursos de apicultura hizo. Recorría sus panales vestida enguantada y toda de blanco.

Otra aventura fue la pesca de salmones. Un deporte que Delia practicó, con una amiga, durante treinta años en su propio campo y en Villa Angostura, el límite con Argentina.

-Siempre me gustó la pesca del salmón. Desde muy chica te prueba la habilidad y te exige conocer el agua, por mi campo pasa el río Damas que tiene truchas y salmones. Neruda trató de aprender, nunca lo consiguió. Llegó a extremos de fotografiarse con un pescado ya muerto: se lo sostenía, a mis espaldas, un empleado escondido detrás de las murras.

Tiene cuento para rato, Delia.

En estos días, en que el Premio Nacional de Literatura volvió a rozarla sin tocarla, no se entristece. Ya lo dijo Neruda:

-"Yo quiero mucho a Delia Domínguez, y quiero que la quieran, que la deseen, que se alimenten de las sustancias infinitamente fragantes que nos trae desde tan lejos".

Con eso hoy le basta.

"Todavía hablo con los pájaros y las arboledas. La tierra -eso lo aprendí de niña- es sabia".

"En la intimidad, soy sola con mi poesía. ha sido la ropa con que me visto, mi paño de lágrimas, el objetivo luminoso de mi existencia".

 

Por María Cristina Jurado. Fotografías: Sergio López.

   
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