martes 25 de septiembre de 2012  
Andrea Jeftanovic, escritora:
"No me interesa ser maldita ni sufrida"
 
La autora quiere instaurar la figura de la escritora gozadora. "La que escribió lo que quiso, contra viento y marea".

Por María José Viera?Gallo. Fotografías: Carla Dannemann.  Andrea Jeftanovic piensa, habla, camina y lee rápido. La rapidez o "hiperquinesia intelectual" como le llama con humor a su tic genético, es el modus operandi de esta singular escritora chilena (41) mitad judía y serba-croata, académica de la Usach y doctorada en Berckeley, quien en una misma mañana es capaz de comprar útiles escolares en libremercado.cl y luego escribir asfixiantes historias de abuso infantil, pedofilia, incesto, y falta (o exceso) de deseo sexual en la tranquila mansarda de su casa. Mientras en Las Condes, el barrio donde vive junto a su marido, arquitecto, y dos hijos, Andrea es una rubia que pasa inadvertida, en Chile su nombre ocupa un lugar seguro en la escena literaria etiquetada de "femenina", al lado o abajo, como se prefiera, de personalidades como Diamela Eltit. 

La autora de "Conversaciones con Isidora Aguirre" (Cuarto Propio) y de novelas como "Geografía de la lengua" (Uqbar) ha hecho de la niñez el tema de sus dos últimos libros: el bello ensayo literario "Hablan los hijos" (Cuarto Propio) y el perturbador volumen de cuentos "No aceptes caramelos de extraños" (Uqbar). Estas historias más crudas que acarameladas -premiadas por el Círculo de Críticos de Arte como Mejor obra literaria del 2011- le han traído una nueva primavera a la larga carrera indi de Andrea. Tras ser reseñado en España como "una semilla envenenada de Virginia Woolf" y recibir una alerta de censura en una editorial alemana, sus polémicos relatos serán reeditados comercialmente por Seix Barral-México en la próxima Feria del Libro de Guadalajara y viajará a promocionarse a Miami y Europa. 

Con un sándwich de quesillo y rúcula en la mano y una copa de vino blanco en la otra, Andrea, la madre copada de desafíos domésticos, le cede la palabra a Jeftanovic, la escritora de la intimidad extrema que sus vecinos de barrio deberían leer.

Las escritoras tienen históricamente un estigma de sufridas o malditas. Tú escapas al cliché.

No me interesa ser maldita ni sufrida. En la autodestrucción también hay un gesto narcisista de ser transformada en mito. Yo creo que hay que instaurar la figura de la escritora gozadora. La que escribió lo que quiso, contra viento y marea, tuvo agudos y generosos lectores, viajó para dar a conocer su trabajo, logró cierta autonomía económica, y logró que sus libros fueran traducidos a idiomas que no entiende. En el plano personal, tuvo el amor que quiso, la familia que le placía, hizo de su cuerpo un territorio sagrado, se dio licencias sin caer en adicciones, comió rico, bebió el vino que pudo sin hacer payasadas o unas pocas. 

Escribir es un acto solitario, casi antifamiliar. ¿Cómo equilibras maternidad y escritura profesional?

Son cosas compatibles e incompatibles. Muchas escritoras han sido madres, pero es un terreno conflictivo. La única manera de equilibrar ambos espacios es con disciplina. Antes yo necesitaba un hábito para escribir, ahora escribo en cualquier parte y bajo cualquier circunstancia. Soy, eso sí, más bien nocturna. Siempre he escrito de noche. La amo. 

En la práctica, ¿qué costos personales has resentido?

Los libros toman años de escritura, lo que le resta tiempo a la familia. Los oficios más creativos tienen el problema de no tener horario y de mantener tu cabeza siempre ocupada. No es como trabajar en una oficina, en que cierras la puerta y te olvidas. Uno, en cambio, siempre está algo distraída, metida en lo tuyo. Cuando viajo, soy un desastre, se me olvida firmar la libreta de comunicaciones, preparar el disfraz... aunque con el tiempo me he ido organizando. Mi marido me apoya en todo. Que vean a una mamá feliz porque está escribiendo es beneficioso para mis hijos. 

Entre tus pares tienes fama de intelectual. ¿Te ves como la judía inteligente?

Yo soy mixta (ríe). De madre judía y padre de la ex Yugoslavia. En mi casa había tres religiones, ortodoxo ruso, católica y judía. Se hablaba serbo-croata, ladino, hebreo. Hacíamos todas las fiestas desde la Navidad, la Fiesta de los Reyes al Día del Perdón. Pero me siento más chilena judía que otra cosa. Lo del arquetipo judío es engañoso, porque también está el de la jew princess o la yiddish mum, que claramente no soy. Soy pésima para las cosas de la casa, no sé cocinar. No tengo paciencia y ya renuncié. Me gusta vivir en un lugar bonito, organizado, limpio, pero rápido (ríe). 

¿De dónde viene tu temperamento acelerado? 

(Levanta los ojos) Soy hiperquinética. Aunque prefiero usar la palabra "inquieta". Siempre estoy leyendo tres libros a la vez, yendo a la biblioteca de la municipalidad, viendo no sé cuántas películas por semana, obras de teatro. A cambio de eso, duermo poco. El costo de esta hiperquinesia ha sido el insomnio. Sufro de ansiedad. Pero en la escritura soy lenta, me demoro. 

¿A los 40 años no debería bajar la ansiedad intelectual?

Antes pensaba que sí, pero no. Es multiplicativo. Esta cosa inquieta siempre la tuve, desde que tenía 20 años. Pasé toda mi época universitaria en lecturas, conferencias, ciclos de cine. Me encanta estudiar, aunque suene nerd. 

¿Qué rol tuvo la Diamela Eltit en tu formación?

Yo siempre digo que tengo dos madres espirituales: la Diamela y la Isidora Aguirre. Y un padre: Marco Antonio de la Parra. El taller con la Diamela (94 -97) me marcó mucho, ahí me formé, descubrí lecturas, me tomé más en serio la escritura. En un comienzo, la Diamela es más zen, pero después le brota un humor increíble. Es alguien que siempre te pregunta y sabe colocarte en tus lugares más incómodos. Es muy generosa, desde lo literario a lo personal. Me abrió un circuito muy interesante. Si dices que conoces a Diamela afuera de Chile, al tiro generas una afinidad. 

¿Cuando te meten en el saco de las "Diamelitas", te lo tomas con humor?

Al principio no. Porque quizás era más joven y no sabía hacerlo. Lo encontraba súper injusto, reclamaba. Me acuerdo de una nota en el diario. Esa es una vieja práctica de la prensa literaria chilena para descalificar o difamar a autores en general con seudónimo o anónimos. Viene desde Gabriela Mistral en adelante, ella decía "de Chile, tráiganme insultos". ¡Ahora lo de Diamelita lo encuentro casi un piropo! Es un referente con el cual tengo un diálogo literario más que una influencia a secas, y somos amigas. 
 
Perturbadora realidad
 
¿Por qué hablar de relaciones familiares desde lo más turbio o macabro?

Si me preguntan qué quiero escribir de ahora en adelante, soy honesta: me interesan sólo los padres, los hijos, y parejas. Vínculos nucleares intensos que generan una violencia de la intimidad. Con "Caramelos" busqué intencionalmente lo más perturbador y extremo, quizás para zafarme de todas las imposiciones de la maternidad y la vida adulta. Pero ojo, no sólo tratan del tema del abuso infantil como se ha puesto hincapié, también está el miedo a los vínculos, la pérdida de un ser querido, la falta del deseo sexual de tu pareja, de que les pase algo a tus hijos, que alguien se pierda y nunca más sepas nada, de que sufras una depresión posparto y no puedas atender a tus hijos. Todo el tiempo estamos generando mecanismos para manipular, educar, controlar esos y otros miedos; en estos cuentos intenté darles rienda suelta y de llegar a giros de los que yo misma me extraño.

¿Pero estás consciente de que el lector más blando se puede sentir shockeado?

Hay gente que me dice que no puede seguir leyéndolo porque tiene hijos recién nacidos. Yo no me doy cuenta. Me formé leyendo y estudiando cosas duras. Yo sé que es un libro oscuro, pero lo equilibro con un lenguaje poético. La belleza con la violencia es una ecuación que me interesa. 

¿Cómo te interesaste por el tema del abuso sexual?

Me interesa la experiencia de ser niño en toda su complejidad. El siglo XXI es el siglo de niño: desde sus derechos internacionales, las nociones de apego, cuidado, hasta la contención. Y, sin embargo, siguen ocurriendo atrocidades como el abuso, secuestro, trata de blancas, soldados forzados, niños pidiendo dinero en la calle, niños con hambre, trabajando casi gratis para multinacionales en países tercermundistas. El tema del abuso sexual en particular, no estaba visualizado hace unos años. Ahora uno prende la tele y dice "ojalá pudiera llevar a mi hijo a otro mundo", un mundo donde en el jardín de párvulos el profesor de computación no saque fotos porno, o que el líder espiritual de un colegio creyente no abuse de tu hijo.

¿Cuál es la ventaja de la ficción respecto de los medios a la hora de contarnos un caso de abuso?

La literatura es una realidad paralela, y te puedes poner en los zapatos de un criminal, de un suicida, de alguien que imagina novelas de caballería, de un pederasta. Permite entender el itinerario emocional sin límites para entrar a zonas más oscuras como lo hace magistralmente Nabokov en Lolita, cuando nos presenta a este profesor obsesionado por las nínfulas. Cuando leemos novelas, no somos el que somos habitualmente, y podemos ir hacia una complejidad y un riesgo que en la vida real sería peligroso o impensable. 

¿Hay un ánimo de denuncia social o es puro juego literario?

Mis relatos son íntimos, pero en esos mundos privados entra el afuera, la política de una época. Me interesa el cruce entre biografía e historia. Por mucho tiempo, los niños han sido considerados sujetos mudos, desconocidos, carentes precisamente de subjetividad, incapaces de dar un testimonio fidedigno. En la literatura chilena hay una tradición de abuso en el campo chileno del hacendado contra las niñas de sus criados, del huacho o huacha, en los niños de la calle, y más. El abuso nunca se explica sólo por el hacinamiento y la extrema pobreza, hay un poder, un deseo de ocupar ese cuerpo desde el poder religioso, político, económico, genealógico. Ahora, siempre advierto, no hay que leer la ficción literalmente sino literariamente, como generadora de sentidos y de discursos, como entramado de imaginarios, como indagación existencial. 

Uno de tus cuentos, "Árbol genealógico", fue censurado en Alemania por ser una apología a la pedofilia.

Fue el temor exagerado de unos editores, ahora el cuento fue traducido al inglés y salió en Estados Unidos y ha tenido buenas críticas. Es un cuento bíblico. Padre e hija quieren fundar otro mundo, no son perversos. 

La niñez es un tema sobreanalizado hoy día. ¿Qué nuevo puede decir la literatura que no hayamos leído en un estudio, en un artículo científico, escuchado a algún psicólogo?

Personalmente me interesa el tema de la construcción de la moral. Es una edad en que el bien y el mal no está cristalizado. Es un espacio amoral, donde todo puede ser, te puede gustar la mamá, tener jueguitos sexuales con los primos... Eso lo encuentro fascinante. Y como autor es un desafío técnico, ¿cómo mira un niño, cómo expresa sus sentimientos sin explicarlos? 

¿Tus hijos son material de estudio?

¡Por supuesto! Prefiero observarlo yo misma que guiarme por lo que dicen otros. Los psicólogos, los expertos en educación, nos llenan de cátedras. Toda la cosa normativa también sobre la maternidad me rebela. Uno debe pasar mucho tiempo observando a su propio niño ya que todos los niños son distintos. Perdí muchos años haciéndoles caso a esas cátedras, leyendo mucho, y de repente me di cuenta de que la clave era descubrir por una sola la naturaleza de su niño.

¿Cómo lidiar con tu interés literario por el mundo infantil, con el hecho real de que tienes una familia?

Disociarse es difícil. Cuando estaba escribiendo "Caramelos" y "Hablan los hijos", me perturbaba tener a mis hijos ahí jugando. Me puse paranoica, gané una hiperconciencia de la amenaza y el peligro. Mirándolo al revés, trabajé las angustias que tienen todas las madres. El mundo es una amenaza. Puedes cuidar y darle seguridad a tu hijo, pero hay una vulnerabilidad inquietante que no puedes manejar. Además, es un libro que yo escribí con mucha angustia, yo soy parte de la "generación sándwich", gente que tiene los hijos más tarde, pero que coinciden con el envejecimiento de los propios padres. En mi caso, la crianza de mis hijos fue paralela al cuidado de mi padre muy enfermo. Por ocho años, en mi horizonte de hija única yo oscilaba entre la sala de partos y mi padre semivalente, luego entre la sala de cuna y el hogar de ancianos, entre las vacunas de mis hijos y la UCI hospitalaria no sabiendo cómo calibrar bien mis preocupaciones, mis emociones, mi tiempo. 
 
El viejo club de Toby de las letras
 
Si bien tú eres parte de la delegación oficial que va a Guadalajara, firmaste una carta de protesta por la selección que hubo. ¿Por qué?

Para mí, la carta no era para acusar la gestión de alguien específico, eso es fácil y errado, es algo de mayor alcance. Si bien estamos en una democracia (imperfecta), en el campo literario se han instaurado prácticas monopólicas, si no eres de un determinado grupo es complejo que tu trabajo se difunda. En Chile hay cientos de editoriales independientes que no se ven en la tribuna oficial. Faltan hábitos más democráticos, más inclusivos, más despeinados. En estos años he comprendido que lo que debemos hacer es "aumentar" la torta del interés por la lectura, creando redes más que competir entre nosotros.

¿Cómo se manifiesta el machismo en el medio literario?

En la poca diversidad. Piensa que la única crítica mujer que tenemos es Patricia Espinoza, de LUN. Es sintomática. Los periodistas, los que reseñan, los editores, son hombres. Todavía te encuentras con mesas redondas en la Feria del Libro de puros hombres. Ahora que me tocó hacer la Antología de las Fronteras, te diré que en Chile hay un tercio de mujeres escribiendo mucho y bien y ese 40 por ciento no se ve. Los hombres tienen una cosa de club de Toby, de recomendarse entre sí y protegerse. Pueden ser amigos de uno, pero cuando les toca hablar de ti, no lo hacen. No en todos los países es así. En Argentina, por ejemplo, no es tema. Hay un duopolio en Chile: masculino y de concentración de poder económico literario en pequeños grupos que se repiten. 

¿No te has cruzado con el mismo panorama en tus viajes literarios?

Cuando vas a ferias o encuentros, te das cuenta de que el machismo es universal. Cuando saben que soy madre, siempre me preguntan con un sonsonete recriminador: "¿Y con quién dejaste a tus hijos?" , en cambio a los autores hombres, padres de niños tan pequeños como los míos, les preguntan sobre el estado de la política internacional o de narrativa emergente. No es que la pregunta no sea plausible de hacer en una conversación con alguien, pero como reacción inmediata, con sesgo y con cierto reproche, me da algo de rabia y risa. Me debo contener para no dar una respuesta "muy balcánica" como es mi temperamento. 

Otra de las grandes quejas de los escritores chilenos es que no se puede vivir de la escritura o bien es trabajo part-time, un hobby. 

Lo más complejo de ser madre y escritora es la economía. La economía está en contra de los escritores. Todo es gratis. Si uno va hablar, es gratis. Si te invitan a una mesa redonda, es gratis. Ahora algunas instituciones se han profesionalizado y están pagando... pero me parece que hay que profesionalizar esta área, más aún si hay mujeres. Me da bronca. ¿De dónde saco tiempo para escribir? Es casi inhumano. Alguien en México dijo una vez que uno debería escribir por el sueldo mínimo, es decir 200 lucas. 

Eres más conocida afuera de Chile que acá. ¿Por qué?

Es tan monopólico el medio literario nacional que prefiero cruzar las fronteras. Me he armado un circuito con harto esfuerzo. Acá es más difícil porque hay grupos de poder que no te dejan entrar... 

¿Los temas de mujer que has tratado cambian de acuerdo a tus experiencias de vida?

Claro. El tema de mi próximo libro es la maternidad. Como no tengo tiempo para escribir, me dije "lo más astuto es que escriba sobre lo que veo todo el tiempo": los juguetes de mis hijos, los programas de televisión, la libreta de comunicaciones y todo ese mundo complejo que rodea la maternidad. Si partimos con "lo cosmético", la publicidad te muestra madres sonrientes, bien peinadas, con el cutis terso, el cuerpo armonioso. Nada más distante de la verdadera madre chascona, con ojeras, con la piel opaca por cansancio, que se puso lo primero que encontró, con su piel flácida, su cuerpo ajeno y más. Y si avanzamos en los discursos sociales, peor. Se dicen tantas tonteras: "Que uno nace únicamente para ser madre, que es un don que se cumple con abnegación y sacrificio". "Que madre hay solo una", etcétera. Ese contra-discurso me interesa. ya

"yo soy parte de la 'generación sandwich', gente que tiene los hijos más tarde, pero que coinciden con el envejecimiento de los propios padres".

"Lo más complejo de ser madre y escritora es la economía. 

La economía está en contra de los escritores. Todo es gratis".

 

Por María José Viera?Gallo. Fotografías: Carla Dannemann..

   
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