sábado 10 de noviembre de 2012  
 
Yo fuí Pokemón
 
Se asomaron indiscretamente por las calles a mediados de 2006, con peinados estrafalarios y tenidas de colores.

Por Pedro Bahamondes Chaud. A sus 20 años, usa el pelo tan corto como un cadete. Cuesta, incluso, reconocerlo en fotografías de antaño, cuando una larga chasquilla le caía sobre los ojos y dos patillas que le tapaban las orejas. "Era la moda", dice.

Para él era casi un ritual, viernes tras viernes. Y comenzaba a las 2 de la tarde, cuando Nolberto Sáez -o Beto, como le llaman sus conocidos- hacía la cimarra con sus compañeros del colegio al que asistía en la jornada de la tarde, para ir a comprar un vino con sabor a durazno y beberlo en donde fuera y con quien fuera. Hoy lo recuerda como una osadía, pero durante 2007 y 2008 no concebía las cosas de otra forma. Se consideraba pokemón, y los pokemones como él lo hacían. He ahí el principio y el final de la eterna discusión con sus padres en aquel tiempo.

Todo comenzó cuando estaba en segundo medio, se dejó crecer su pelo y dejó de lado toda la ropa que había usado hasta ese entonces para cambiarla por zapatillas anchas, camisas a cuadros, sudaderas y cientos de accesorios, como pulseras y remaches. Se puso dos aros, uno en la lengua y otro en la nariz; ajustó todos sus pantalones -incluidos los del uniforme de colegio-; se empezó a planchar el pelo cada vez que se miraba en el espejo; y a salir sólo por las tardes con sus amigos, primero a hacer "la previa" en parques y plazas, y luego a fiestas que no duraban más allá de las 9 de la noche. 

Los puntos de reunión de los pokemones eran claros, y los había por montones. El Parque Forestal, el San Borja -donde fue asesinado Daniel Zamudio a principios de año-, la Costanera a la altura de Salvador, el Ermitaño en el cerro San Cristóbal, y varios más. Cada viernes, cientos de jóvenes se agolpaban en el parque, a la salida de la estación de metro Salvador, a beber, reír, sacarse fotos y conocer a otros. Se habló del "ponceo" y "sobajeo", términos acuñados única y exclusivamente a los pokemones, y que poco tenían que ver con ideales. Y es que no había entre ellos objetivos comunes ni un sentido político, como los hippies y los punk. Los pokemones vivían sólo momentos de diversión y creían que las responsabilidades y deberes les correspondían sólo a los adultos.

En 2006, los pokemones asomaron sus peinados y vestuarios estrafalarios por primera vez ante la vista de todos. En ese entonces, se habló de tribus urbanas, de estilos, de tendencias, y los pokemones fueron un grupo más. Sin embargo, con el tiempo, se transformaron en el foco de interés público, tuvieron su espacio en la televisión, y se convirtieron en la primera tribu urbana chilena, y en la primera en surgir en la era de internet. Y faltaba aún más.

La prensa no tardó en exhibir la revolución sexual que había en las calles y frente a todos. Jovencitas de 15 años eran sorprendidas besándose con otras, o practicando juegos sexuales con sus nuevos amigos detrás de los árboles. Era irremediable: los pokemones dominaban el espacio público. Fue entonces cuando Magdalena y Nolberto, los padres de Beto, pusieron el grito en el cielo. "¿Por qué andas vestido así?, "¿dónde vas ahora?", le preguntaban cada vez que lo veían deambular por su casa en San Miguel. 

Para Beto, en cambio, ese tiempo fue de autodescubrimiento. Comenzó su vida homosexual, conoció la bohemia, el alcohol y a cientos de personas -en las fiestas y a través de Fotolog- de quienes hoy conserva como amigos a unos cuantos. "Hacíamos lo que queríamos sin que nos importara nada. Éramos un tanto irreverentes, como que todos nos rebelamos. Fueron muchas las formas de expresión que surgieron con los pokemones", cuenta.  

A principios de 2010, Beto cortó su pelo. "Podría decir que dejé de ser pokemón en ese tiempo, pero en verdad fue porque ya estaba creciendo, cumplía la mayoría de edad y ya no estaba para esas cosas. Cerré un capítulo de mi vida del que guardo hasta hoy muy buenos recuerdos y experiencias", comenta. En marzo de este año entró a estudiar Administración en Recursos Humanos en el Duoc, y trabaja en un call center desde hace un poco más de un mes. "No por eso dejo de pasarla bien, pero estoy más grande, y he cambiado en varias cosas. Ya no hago mucho de lo que hacía antes". 

Reina pokemona

Una mañana de 2006, durante una de las tantas cimarras que hizo durante su paso por el colegio, Macarena Leporati (20) se paró en pleno paradero 14 de Vicuña Mackenna, en La Florida -donde vive junto a su madre y su hermana pequeña-, a pedir una moneda a los transeúntes. La improvisada colecta era para hacerse su segundo piercing, en la lengua. 

En ese entonces la apodaban Futi, y usaba la chasquilla fucsia y las patillas largas y alisadas una y otra vez con plancha de pelo, pantalones anchos con poleras de colores, pulseras, aros grandes y maquillaje exagerado. "Yo fui pokemona, y de esas bien metidas en el temita", reconoce. 

Para Macarena todo comenzó en octavo básico, cuando la moda de los pokemones estalló y se popularizó entre los jóvenes de su edad. "Usaba dos peinados. El primero era con mucha chasquilla y el pelo muy desordenado, parecía un casco. Y el segundo era con chasquilla recta y el pelo muy liso, resaltando las patillas. Había niñas que dejaban de lavárselo para poder amoldarlo como quisieran, pero yo nunca lo hice", comenta. En su habitación aún mantiene el arsenal de productos para el cabello que utilizaba a diario -gel, tinturas, laca, acondicionadores- y que la tenían arreglándose por lo menos una hora antes de salir a cualquier lugar. "Era muy importante cómo te veías y cómo salías a la calle, sobre todo si eras conocido entre los pokemones", cuenta.

En su casa, los comentarios estaban divididos. Ximena, su madre, la apoyaba en todo. Iba a dejarla y a buscarla a todas partes, y no le molestaba cómo se vestía su hija. Claudio, su padre -quien no vive con ella-, guardaba más recelo al respecto. "Súbete los pantalones, te ves mal", le decía. Sin embargo, a Macarena no le importaba. Ella quería y creía verse bien siempre, algo indispensable entre sus pares.

"Había mucha rebeldía. O sea, claramente, y ya con el simple hecho de vestirnos de esa forma ridícula, ya se mostraba lo rebeldes que éramos. Queríamos transmitir algo a la gente, nos gustaba llamar la atención. Era una moda muy posera, pero mientras más llamativo fueras, mejor", comenta.

He ahí otro factor. Todo pokemón debía tener su cuenta de Fotolog, y un centenar de fotos que exhibieran cambios de look, ropa nueva y piercings. Macarena no era la excepción. Tenía una cuenta gold o VIP, que le permitía subir alrededor de seis fotos al día -en lugar de sólo una, como en las cuentas básicas-, y su fin era llenar el muro de comentarios de todo tipo. Conoció a mucha gente por internet; hombres, mujeres, gays, lesbianas y bisexuales, sin distinción. Los pokemones no consideraban el género por sobre la estética. No se trataba de hombres y mujeres, sino de un conjunto que atraía por lo visual. 

Pronto se hizo reconocida entre el círculo que rondaba la discotheque Kmazu los sábados y domingos por la tarde, cuando se reunían de 3 a 9 de la tarde. "Nunca fui mucho de ir a la Costanera o a los parques, yo carreteaba más en discotheques. Adentro no se vendía alcohol, porque eran fiestas para menores de edad, pero uno se las arreglaba para hacer la previa afuera y entrar. Y no era del todo distorsión como se mostraba en televisión, yo iba simplemente a bailar y a pasarlo bien", comenta. 

Un día, Macarena llegó con sus amigos hasta la entrada de Chilevisión, en el Barrio Bellavista. La fila de jóvenes era interminable. Allí conoció a Karol Dance, hoy animador de televisión, y en ese entonces mítico representante de los pokemones. "Él estaba a cargo del público de pokemones de SQP, y habíamos varios que queríamos ser elegidos. Y, bueno, nos eligieron a mí y a otras dos amigas por tener todas la chasquilla fucsia. Nos llamaban el 'Team chasquilla'".

Allí estuvo dos semanas junto a amigas como opinólogas. "Nos encantaba, nos creíamos famosas. Me levantaba tempranísimo para llegar al canal. Fue una etapa rica, hice grandes amigos que luego no perduraron, pero en ese momento estuvo bien. Después del programa nos íbamos a lesear donde fuera", recuerda.

Antes de terminar octavo básico, a Macarena la echaron del colegio por su rendimiento académico. "Bajé mis notas y hacía mucho la cimarra, entonces tuve que hacer octavo en otro colegio", cuenta.

Actualmente, Macarena vive un año sabático y trabaja como promotora. Pretende estudiar Comunicación Audiovisual. Con los años, dejó de usar el fucsia en su pelo. "Dejé de ser pokemona porque después la moda se empezó a transformar. Además, estaba creciendo, y ya no era la cabra chica de 14 años. Empecé a 'normalizarme', si es que así se le puede decir, a vestirme más como el común de la gente, a no intentar llamar la atención porque sí. Sin embargo, ese mundo de fantasías que viví en esa época no lo voy a olvidar nunca".
 
El animador

Para 2007, Cristian Arévalo (21) tenía un piercing en el labio, otro en la lengua, y ambas orejas perforadas -una con expansión-. Su pelo era largo, con patillas, "chocos", y lo usaba siempre liso. Además, ocupaba lentes de contacto, muchas cremas para la cara y el pelo, y tardaba más de una hora en arreglarse antes de salir de su casa. Era, según todos, e incluyéndose, un pokemón común y corriente. Le gustaban las marcas, y las más reconocidas. Tenía poleras, zapatillas, camisas y pantalones con el logo grande y a la vista.  

Se trataba de otro comportamiento propio de la tribu, decían por ese entonces los entendidos: el consumismo. Durante 2007, y como nunca, los anuncios publicitarios de alisadores de pelo, reproductores de MP3 y celulares se dispararon durante la transmisión de programas de televisión donde aparecían pokemones, como El diario de Eva, de CHV; Buenos días a todos, de TVN; y SQP, también de CHV.

Cristian también ocupaba Fotolog, tenía su cuenta gold y recibía cientos de comentarios al día. Y además lo utilizaba para trabajar. "En ese tiempo era parte del staff de Imperio Producciones -que realizaba fiestas por todo Santiago- y bailaba en eventos pokemones. Entonces, subía fotos de los eventos y los difundía por ahí, porque tenía a mucha gente que me seguía", cuenta. Era lo que los pokemones llamaban "farándula", un tipo reconocido, con cientos de seguidores virtuales y que se paseaba por discotheques como la extinta Rapa Nui, Kadillac, Estudio Gigante, Urbano, Stocolmo o Kmazu. 

"Era divertido. El ser conocido de la nada era algo nuevo para mí. Pasé de ser uno más en la fiesta a ser el que todos saludaban, a tardarme media hora en llegar desde la entrada hasta al escenario. Tenía muchos amigos en ese tiempo, conocidos, minas. Hasta los guardias ya me conocían y me saludaban", recuerda. Así fueron los sábados de Cristian durante dos o tres años, bailando, animando eventos y pasando seis horas, de 3 a 9 de la noche, encerrado en locales repletos de jóvenes similares a él. Y, hasta ahora, no ha cambiado mucho.

Asegura que en las fiestas de tarde no se vendía alcohol, pero que eso no evitaba el consumo por fuera. "Antes de entrar, uno hacía su previa con los amigos. Unas chelitas para entrar contentos y ya, porque si te cachaban los guardias, no te dejaban entrar".

Hoy, aunque Cristian ya no se considera pokemón, sigue dedicado a la animación de eventos en discotheques y empresas, y además trabaja como vendedor en terreno para Chilectra, donde también lo hace su madre, Isabel, ejecutiva de atención comercial. De su padre sabe muy poco, casi nada. No le importa, escribe, y luego agrega un "xD", todo un ícono de la jerga virtual de los pokemones.

A sus 21 años, el animador cortó su pelo y cerró un capítulo importante en su vida. "No me di cuenta de cuándo dejé de ser pokemón, en realidad. Fue de a poco, y murió cuando la moda del pelo largo pasó. Además, con los años uno va adquiriendo otro tipo de responsabilidades que te exigen lucir distinto. Tuve que sacarme aros para trabajar, y así. Uno tiene que cambiar con el tiempo", comenta.

Sin embargo, el recuerdo persiste en su mente, y las imágenes de esos años pasan una y otra vez por su cabeza, esta vez sin patillas, sin la marca de esa juventud radical de la que una vez formó parte.  

"Dejé de ser pokemón en 2010, pero en verdad fue porque ya estaba creciendo, cumplía la mayoría de edad y ya no estaba para esas cosas"

"No me di cuenta de cuándo dejé de ser pokemón. Con los años uno va adquiriendo otro tipo de responsabilidades que te exigen lucir distinto"

 

Por Pedro Bahamondes Chaud..

   
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