"Hablar solos" Su novela más reciente:
Andrés Neuman y la muerte como un golpe seco

Un niño de diez años, su padre moribundo y una cuidadora infiel de sus últimos días: su propia esposa. Son las tres voces que se entrecruzan en el nuevo libro del autor argentino.  

Pedro Pablo Guerrero 

Ayer presentó Hablar solos en la Feria Internacional del Libro. Chile es la penúltima escala de una gira promocional que concluirá en México y que se inició en España, país en el que está radicado. Después del éxito de su anterior novela, El viajero del siglo , ganadora del Premio Alfaguara 2009, el narrador y poeta Andrés Neuman regresa con un libro intimista, de registro más coloquial y ambientado en el presente. La proximidad de la muerte decide a un hombre a realizar un viaje por carretera junto a su hijo, a bordo de un camión, mientras que su esposa se lanza a una catarsis de sexo y lecturas compulsivas.

"Lo estremecedor de la pérdida de un ser querido no es solamente la ausencia objetiva del otro, sino el aterrador espejo que la muerte te pone delante. Un espejo como el de los vampiros, en el que por primera vez no nos vemos", dice Andrés Neuman.

Llegó al tema porque le interesaba mostrar la cara oculta de dos tradiciones narrativas que lo fascinan: la historia de carretera y la historia de enfermos. "La primera es casi siempre masculina. Yo quería narrar una aventura de Penélope, en contrapunto con la de Ulises. Del mismo modo, en la novela de enfermos me propuse mostrar al cuidador. En ambos casos, el personaje omitido casi siempre es femenino", observa.

Pero hay también una razón personal. "Yo he sido cuidador de mi padre y mi madre en distintos momentos de mi vida y con distintos resultados, porque él sobrevivió y ella no. Esa experiencia no sólo me hizo sufrir, sino también reflexionar mucho. Mi visión de la realidad se modificó radicalmente, y para siempre. Una madre es una figura protectora, que de pronto deja de proteger y necesita ser protegida. Tal comprobación cambia la idea de lo que es la fortaleza, la juventud y el placer", afirma.

El pudor del duelo

-Comparada con "El viajero del siglo", esta novela es mucho más breve. ¿Por qué?

-Me pareció que necesitaba ser contundente, como un golpe seco. Si El viajero... era deliberadamente minuciosa y de ritmo más pausado, porque tenía que ver con un homenaje a las novelas del siglo XIX, yo tenía clarísimo que Hablar solos , tanto por ser una historia de carretera como sobre la fugacidad, debía ser extremadamente veloz. Para mostrar lo irreversibles e inevitables que son los acontecimientos, necesitaba que la prosa diese la sensación de que la vida y los sucesos pasan en un abrir y cerrar de ojos, sin que podamos detenerlos un segundo. La idea era una novela que se leyese casi conteniendo la respiración.

-La historia de una mujer que aún no enviuda y engaña al marido enfermo de cáncer con el médico que lo está tratando, ¿no te parece que viola un tabú de lo literariamente aceptable?

-Sí, es una novela que viola varios tabúes muy incómodos de tratar. Pero esa anticipación de Elena me parece que metafóricamente no es nada extraña, porque, en realidad, la pérdida se inicia antes de la muerte. La anticipación es un mecanismo de defensa inevitable. Elena en algún momento se pregunta: ¿hago bien en imaginar la pérdida que todavía no ha sucedido? Además, el viaje de su marido y su hijo tiene algo de simbólico, porque ella se queda sola antes de que su marido muera y se ve obligada a imaginar la casa sin él. La ausencia la empuja a una especie de ensayo general de la pérdida, de la cual forman parte también sus lecturas.

-Entre los libros que ella subraya hay uno de Philippe Ariès en el que se afirma que en el siglo XX las manifestaciones de duelo tienden a ser relegadas a la intimidad como algo impúdico.

-De Ariès tomé la idea de que el progreso de la ciencia médica había terminado por tecnificar el miedo y por hospitalizar el duelo, y al sacar fuera de casa la enfermedad, nos habíamos quedado sin recursos para afrontarlas íntimamente. Como si al sacar al enfermo de casa, por motivos en principio positivos - hay especialistas que lo van a cuidar mejor-, hubiésemos también delegado nuestros recursos psicológicos y morales al respecto. Eso produjo algo que estudia el antropólogo inglés Geoffrey Gorer, quien encuestando a un buen número de viudas británicas llegó a la conclusión, por el modo entre avergonzado y placentero con el cual hablaban, de que el pudor y el tabú que en el siglo XIX se había concentrado en el deseo sexual se había trasladado en el siglo XX al duelo.

-¿Cuál es tu definición personal del duelo?

-Yo diría que el duelo es una posguerra íntima. Los deudos sienten culpa de haber sobrevivido en el mismo sentido en que hablamos de la culpa que hay en las posguerras: los supervivientes no se explican cómo siguen vivos. Una situación contradictoria que oscila entre la celebración desesperada y una perplejidad metafísica de no explicarse por qué o con qué derecho sigues vivo si tu ser amado ha muerto. Estas experiencias de duelo pueden conducir al más desesperado de los apetitos o a una aterradora ausencia de ellos. Las dos cosas le pasan a Elena. No vive fornicando en la novela; oscila entre la desesperación sexual y la abstinencia.

"Yo he tratado de escapar de mi generación"

-¿Consideras que el punto de vista del niño que aparece en "Hablar solos" se inserta en la "literatura de los hijos" de que habla Ignacio Echevarría?

-Siento que a veces confundimos la actualidad periodística con el presente de los movimientos intelectuales. Se ha empezado a hablar mediáticamente de la literatura de los hijos en los últimos tres años, pero estaba sucediendo desde hace bastante tiempo. Recuerdo haber publicado hace casi diez años una novela que se llama Una vez Argentina , narrada por un hijo y por un nieto, que tratan de reconstruir la historia de su país a través de lo que les han contado no sólo los padres, sino los abuelos y los bisabuelos. No estoy diciendo en absoluto que yo fuera pionero de nada, sólo que venía notando esa tendencia mucho antes de que se verbalizara periodísticamente. Siempre se habla de la herencia que los padres dejan a los hijos, pero también es interesante pensar en cómo los hijos reescriben o refutan esa herencia. Somos por influencia, pero también por oposición a nuestros ancestros.

-Creo que el nuevo término "literatura de los hijos" se emplea en un sentido histórico y político que antes no tenía.

-En realidad, todas las novelas son históricas y todas las novelas son políticas. Lo que pasa es que a veces se confunde eso con el argumento de los libros. Parece que si no hablas de una dictadura o de un desaparecido no estás siendo político, y el modo en que un abuelo le narra un mundo a un nieto es, en el sentido más profundo, político, porque lleva implícito unos valores morales, familiares, religiosos.

-En "Hablar solos", Lito le reprocha a su madre no saber escribir mensajes de texto en celulares. ¿Las nuevas diferencias entre padres e hijos son más tecnológicas que ideológicas?

-Hay una incomprensión generacional. Elena, que es profesora de Lengua, considera que su hijo perdió la capacidad de escribir bien, porque le manda mensajitos llenos de abreviaturas. Le horroriza que no pueda desarrollar la gramática ni la ortografía. El niño, en cambio, considera que ella no sabe mandar mensajes de teléfono, porque se pasa de los 140 caracteres. Ninguno de los dos consigue entender cómo escribe el otro o por qué. Eso contiene una metáfora que va más allá de la tecnología. Tiene que ver con la forma en que las sucesivas generaciones dialogan, pero también se malinterpretan. Está por un lado la desconfianza y sensación de Apocalipsis que las mayores tienen con respecto a las nuevas: el vicio de sentirse los últimos mohicanos y de confundir su edad con la edad de la cultura, como si la cultura envejeciera también y se fuese con ellos.

-¿Y cuál sería el error de las nuevas generaciones?

-Considerar que las anteriores han perdido la capacidad de entender la realidad. Ambas posturas me parece que nos abocan a una pérdida. Por eso, siempre me ha incomodado poner el énfasis en la edad de los escritores. Inmediatamente, aunque no lo quieras, eso te sitúa en uno de esos dos errores. Nada más al mencionarse tu edad, parece que tuvieras que asumir el rol que te correspondiera generacionalmente, en lugar de hacer un aprendizaje transversal, que es lo que más me interesa. Yo he tratado de escapar de mi generación. Me parece que el arte tiene más que ver con equivocarse solo que con acertar en compañía.

"El duelo es una posguerra íntima. Los deudos sienten culpa de haber sobrevivido".

 


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Foto:EFE

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