Vuelo rasante en el millón de ejemplares

Mario Valdovinos 

Los fragorosos setenta se fueron con su carga de revueltas sociales y artísticas. Llegaron los años de la idolatría al mercado, a la tecnología, al individualismo, pero quedaron algunos vestigios, algunas canciones, filmes, libros. Entre éstos, sin duda, uno de los long sellers chilenos: "Palomita blanca", de Enrique Lafourcade. Alcanza ya la cifra del millón de ejemplares vendidos, en su edición número 64, editorial Zig-Zag. En su momento fue cuestionada por evasiva, literatura escapista, poco ideológica, alienante, no mostraba los gérmenes de la crisis ni menos sugería soluciones, según el lenguaje de la época. Pero resistió todo empellón, viniera de la crítica literaria o de la tribuna política, y sigue en pie la historia de dos jóvenes que ahora serían abuelos. Juan Carlos, de clase alta, y María, de clase baja. La llamada democracia formal se triza, el país enloquece y se divide entre proletarios y momios, flaites y cuicos, rotos y pitucos, bandos irreconciliables; no adversarios, sino enemigos políticos en busca de lo que todos buscaban, algo más allá de lo visible. ¿Un canto de la tierra? Tal vez. Quizá la felicidad en pareja, la plenitud siempre en fuga, el escurridizo amor. Desfilan por sus páginas utopías superadas, hoy no estremecen a nadie, en su momento banderas de lucha: Silo, el Mir, el eterno anhelo de una vida más bella. Juan Carlos embelesa a la soñadora María, pocas cosas no los separan, pero logran amarse. Recorren un Santiago efervescente, inverosímil, una ciudad abierta a la llegada del azar y de la tragedia, a los cuatro jinetes del Apocalipsis, a la cabalgata de los ángeles y de los demonios. En el desenlace, que llega vertiginoso en la voz de su protagonista, María, Juan Carlos aparece involucrado en la muerte del general Schneider. María lo aguarda, lo quiere por encima de todo, pero el país se fracturó y ella recuerda, sólo recuerda.

Lafourcade captó de manera hipnótica el espíritu de ese tiempo, el lenguaje de una juventud, de una generación -o de varias a la vez- en pugna por imponer sus valores y sus modos de vida, sus lecturas de la realidad y sus proyectos futuros. Animada de una vehemencia no repetida después. Supo expresar el sentir de su época con una novela algo folletinesca, algo melodramática, subliteratura se le llamó con ojo severo y dogmático, pero expresiva y seductora como pocas. No la editó Quimantú, la editorial del gobierno de Allende; se impuso por otras vías, de mano en mano, no había fotocopias. Era tema y comentario; generaba detractores y fans, diatribas y homenajes, adhesiones y rechazos; nunca pasó al olvido. No pudo, y sigue en pie, la vidalita, la paloma candorosa y de vuelo rasante que, para sobrevivir, le era imperioso volverse halcón. La novela no sólo puede leerse hoy como vestigio de algo remoto, sino más bien como una crónica testimonial, una biografía colectiva de lo que nos ocurrió, sin remedio, a todos los hombres y mujeres de ese tiempo.

Resistió todo empellón, viniera de la crítica literaria o de la tribuna política, y sigue en pie la historia de dos jóvenes que ahora serían abuelos.

 


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<b>Palomita blanca Enrique Lafourcade</b> Editorial Zig-Zag, Santiago, 2012, $8.920.
Palomita blanca Enrique Lafourcade Editorial Zig-Zag, Santiago, 2012, $8.920.


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