NUEVA TRADUCCIÓN Una novela pionera:
Robinson Crusoe, por fin completo

Edhasa publica en castellano, la versión completa de la famosa novela inglesa de Daniel Defoe, agregándole sus páginas de reflexión teológica, moral y psicológica, restableciendo así su unidad y proverbial sabiduría.  

 

La primera novela inglesa, que con Viajes de Gulliver es el texto fundacional del género en su lengua, vino al mundo un siglo y tanto después del Quijote. Robinson Crusoe (1917), de Daniel Defoe, gozó de un éxito inicial fulminante; en su día fascinó a escritores como Wilkie Collins, James Joyce, Virginia Woolf y tantos otros de su altura, así como también a una muchedumbre de lectores de todo nivel cultural hasta hoy mismo. Lo asombroso es que no muchos, al parecer, han leído el libro entero, porque en inglés las versiones abreviadas comenzaron ya en vida del autor (desatando sus iras), y en castellano esta edición de Edhasa es, por lo visto, la primera y única completa (la famosa traducción de Cortázar en 1944 no lo es). La razón de tanta poda en todos los idiomas ha sido el doble intento editorial de aligerar sus cuatrocientas páginas, por una parte, y por otra, de reducir el texto a la condición de una simple novela de aventuras, omitiendo sus páginas de reflexión teológica, moral y psicológica, lo que no hace justicia a una obra compacta en su unidad y proverbial sabiduría.

Otra paradoja de su destino es el reproche y casi acusación de sus contemporáneos, que le imputaban el haber inventado... ¡una historia ficticia!, a lo cual Defoe respondía que era... ¡casi del todo verdadera!, aludiendo a las peripecias del marinero escocés Alexander Selkirk en la isla de Juan Fernández, sólo que trasladada al frente de las costas de Brasil. Y es que, a diferencia de Cervantes, Defoe no disponía de la categoría formal (mejor dicho, formalizada) de "novela" para justificar esta ficción suya maravillosa y sutil, que del caso Selkirk tomó, por fortuna, muy poco más que la idea. Con todo, su invención alcanza un alto realismo, escrita como está en el lenguaje directo, austero y casi hosco (muy matter of fact ) de un informe científico: gran acierto literario éste, que la salvó de la previsible retórica del temprano siglo XVIII.

En realidad esta edición completa incluye también un segundo volumen, en el que Defoe estiró demasiado la cuerda de su idea matriz: Nuevas aventuras de Robinson Crusoe , posterior y menos original que el primero, de extensión algo menor, y que comprende muchas historias heterogéneas, algunas de ellas bien interesantes, pero carentes de unidad entre sí. No sólo esas segundas partes son inferiores: también las cincuenta páginas iniciales del primer libro, que van desde el nacimiento del personaje hasta su naufragio y llegada a la isla, y las últimas cuarenta, que narran su liberación y regreso a Europa, son crónicas de viaje y aventuras de mar bastante convencionales, de menor calidad narrativa. En suma, juntando uno y otro volumen en sus casi ochocientas páginas, los acontecimientos que no se desarrollan en la isla sino en otras latitudes del mundo, me parecen casi prescindibles para el lector actual, lo que atenúa la responsabilidad de algunas ediciones abreviadas (no de todas ni en todos sus recortes, por supuesto: una cosa es abstenerse de las hazañas de Crusoe en los Pirineos o en Madagascar, y otra muy distinta es omitir su odisea religiosa, ética y antropológica en la isla).

El hechizo de la isla desierta

En todo caso, ninguna consideración editorial, literaria o cultural -ni las arriba apuntadas ni las innumerables que han hecho los eruditos- altera en lo esencial el encanto de nuestra primera lectura infantil, experiencia modélica y casi mágica a la que siempre se remitirá cualquier relectura ulterior.

Me pregunto, por eso mismo, qué hechizo tan singular y universal tienen las vicisitudes del marinero solitario en su islote, como para haber deleitado a generaciones enteras en distintos idiomas durante tres siglos. Se me ocurre que la respuesta básica es nuestro profundo anhelo de quitarnos de encima el peso de tanta civilización, sobre todo citadina; es decir, la descomplicación de tanto accesorio y embeleco y artificio como hemos llegado a necesitar con el progreso. Este anhelo de retorno a las raíces nos identifica con el sobreviviente en su paradise lost, que forja su humanidad construyendo con sus propias manos y unas pocas herramientas simples su guarida bajo el cielo azul, de tal modo que, tras el rescate de una Biblia y el encuentro con Viernes, nada le falta a su felicidad esencial. Cierto es que el exiliado paga un alto tributo a la cultura de la que procede, creando una elemental New England en su islote, y muy lejos, por tanto, del mito del bon sauvage que Rousseau creía ver en estas páginas.

La revelación de ese paraíso se hace efectiva en la excelente prosa del narrador en primera persona, con el seco y sintético lenguaje que ya mencioné; y para nosotros, en la óptima traducción de Enrique de Hériz, precedida de un indispensable prólogo suyo.

La teología de Robinson

El protagonista se confiesa casi del todo ignorante "de los asuntos divinos", pero muy pronto, tras unos días de enfermedad y postración anímica, y mediando el hallazgo del cofre que contiene las Escrituras, su conciencia empieza a despertar. Desde ese momento, la novela incorpora como dimensión esencial una conversión religiosa. Los pasajes que la cuentan y que profundizan en ella son los favoritos del recorte editorial, lo que constituye un agravio al texto, porque las reflexiones de Crusoe sobre la divina Providencia, sobre el bien y el mal y sobre la condición humana -sus meditaciones teológicas, morales y antropológicas-, son del todo inseparables de sus aventuras y desventuras, y aún de sus simples faenas de sobrevivencia. Dígase algo parecido de los sucesos confesionales, misioneros y sacramentales del segundo volumen. Pasada por un cierto tamiz puritano de sabor calvinista, la Providencia de Dios llega a ser todo un personaje del relato, que a veces bordea lo edificante, aunque sin caer en ello.

Las aventuras del desenlace

El hallazgo de la huella de un pie humano en la playa introduce un cambio profundo en el apacible ánimo del protagonista y en el curso del argumento: desde entonces vive Robinson en el temor de los posibles salvajes -¡caníbales!-, y sus propias tareas de mejoramiento de su reino se descuidan en favor de los preparativos bélicos de defensa y ataque ante virtuales enemigos, actitud que se acelera tras el encuentro con Viernes y sus verdugos, y con el naufragio de un sospechoso barco inglés en las cercanías. A medida que se precipitan las aventuras finales, la novela -ahora de pura acción- desarrolla un alto suspenso, resorte que resulta memorable en un relato de aquella época. Los episodios del desenlace y el abandono final de la isla, así como también los iniciales del segundo tomo -cuando el ex náufrago vuelve haciendo de gobernador del lugar-, llegaron a ser una especie de modelo ejemplar de la narrativa inglesa, y el precedente sin el cual, por ejemplo, sería difícil imaginar un siglo y medio después la maestría de un R. L. Stevenson en La isla del tesoro.

Los sendos retornos de Crusoe a Europa -uno en cada volumen- y sus consiguientes negocios y viajes por el mundo, se vuelven convencionales y pobres como narración. Pero este contraste no deja de acentuar el relieve narrativo maravilloso de la primera y larga epopeya de la isla, construida con materias tan elementales y poco aparentes como un hombre solitario y un islote desierto. ¡Toda una proeza literaria del temprano siglo XVIII inglés!

 


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Foto:PATRICIO ARANA

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