VANGUARDIA En Centro Cultural:
Colección Guggenheim brilla en La Moneda

WALDEMAR SOMMER 

Si hay una colección mítica de arte de los comienzos del siglo XX, esa es la Colección Peggy Guggenheim de Venecia. Para la cultura nuestra, hoy una espléndida selección de ella está en Santiago. Podemos entonces aquilatar, directamente, su calidad. No resulta una novedad para el aficionado que todo el desarrollo artístico hasta nuestros días ya se define, por entero, durante los bullentes 30 primeros años de la centuria pasada. Así hallamos, en el Centro Cultural Palacio La Moneda, testimonios de los padres de las distintas abstracciones: Kandinsky, Mondrian y Duchamp. Este último resulta progenitor de esa línea creadora que se escalona desde el dadá y el surrealismo hasta el pop art y el arte conceptual, ambos de la segunda mitad del siglo XX.

Para comenzar, no olvidemos que los artistas abstractos se fundamentan en el cubismo. Y al período cubista analítico pertenece el austero y magnífico Nu (esquisse), jeune homme triste dans un train (1911-12), de Marcel Duchamp. En él, la multiplicación rítmica de líneas y volúmenes capta el movimiento tanto de una figura humana, como el del tren donde ésta viaja. Por su parte Picasso, en El estudio (1928), demuestra sus dotes de coloristas: le basta una escasa coloración dentro de su notable síntesis lineal. A continuación, los abstractos. La ruta geométrica parte con el holandés Piet Mondrian y su Océano (1915), cuya forma oval deriva del cubismo; allí, los toques de blanco entre el juego de rectas verticales y horizontales nos sugieren fluir de aguas. En la misma dirección purista apuntan el óleo suprematista (hacia 1916) de Malevitch y la luminosa Composición en gris (1919) de Van Doesburg, otro holandés. De posteriores continuadores de Mondrian anotemos -años 60- los brillos y reflejos en aluminio de Heinz Mack y, sobre todo, el hermosísimo Víctor Vasarely, obra maestra exquisita del op art. Asimismo, audaces elaboradores del vacío resultan dos obras procedentes de la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York: uno de los Homenajes al cuadrado (1970) de nuestro conocido Joseph Albers y el potente Lucio Fontana.

Como se sabe, la otra ruta abstracta paralela a la anterior es la comenzada por el ruso Wassily Kandinsky. Suyas descollan dos pinturas: Curva dominante (1936) y la temprana Paisaje con manchas rojas (1913), fulgurante de color y donde el campanario del pueblo bávaro retratado se transforma en un par de líneas rectas que se elevan sin término hacia el cielo. Dentro de la misma línea de la abstracción lírica, y antes que otros, el estadounidense Paul Jackson Pollock, animador genuino del expresionismo abstracto, nos propone tres atractivos trabajos con sus típicos enjambres de pigmento. A partir del fecundo Duchamp, figura primero el dadaísta Man Ray. Si su fotografía tan personal de la fundadora del museo veneciano se hace admirar, su dibujo (1916) en tinta china nos decepciona. En cambio, la presencia surrealista en la colección que nos visita entusiasma. De ese modo, Max Ernst concurre con dos lienzos espléndidos: el intensamente misterioso El bosque petrificado (1927-28) y una de las obras más representativas, más sugerentes e inquietantes de este fugaz segundo marido de Peggy, El vestido de la novia (1940). Hay, además, buenas contribuciones de Magritte -linda Voz de los aires-, Dalí (1931) y Tanguy. Del precursor del surrealismo, De Chirico, cuelga la única tela de su mejor período, que no nos convence debido a su heterogeneidad figurativa. Y si Miró se halla ausente, la presencia de Matta no brilla mayormente.

Sobre muy adecuados plintos de madera, la escultura de principios del siglo XX también nos muestra ejemplares del todo relevantes. Lo mismo que en toda la colección, abstracción y surrealismo son las vías más ricas. Partiendo con el futurista Boccioni de 1913, el cubista Duchamp-Villon y Jean Arp, se exponen unos Brancusi y Giacometti imponentes. Mientras el rumano manifiesta su grandeza sintetizadora a través de un ave arquetípica -Maiastra, de 1912, en simple y brillante latón-, el suizo lo hace mediante figuras humanas: Mujer caminando (1932), que pareciera evocar a la egipcia Portadora de ofrendas, y Plaza (1947-48), con su filiforme grupito de hombres desolados de posguerra. A los anteriores escultores se suman destacables testimonios volumétricos de Henry Moore (1938) y Lipchitz (1922). En fin, de mediados de siglo agreguemos la abstracción visceral de la esfera agrietada de Arnaldo Pomodoro.

Es de hacer notar que muchas de las pinturas y de las esculturas que ahora llegan a Chile están en exhibición permanente en el veneciano Palacio Venier dei Leoni. Sin embargo, nos parece que unas pocas obras donadas más adelante al museo desmerecen frente a los altos méritos estéticos de sus demás colegas de la colección. Para terminar, no dejemos de mencionar dos objetos que sintetizan con acierto las preferencias artísticas de Peggy Guggenheim: sus aros. Uno escultórico y abstracto se debe a Calder; el pictórico y surrealista, a Tanguy.


GRANDES MODERNOS

Estupendo conjunto que testimonia la ebullición creadora de comienzos del siglo XX.

Lugar: Centro Cultural Palacio La Moneda.

Fecha: Hasta el 26 de febrero de 2013.

 


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<b>PABLO PICASSO.-</b> En El estudio (1928) demuestra sus dotes de coloristas: le basta una escasa coloración dentro de su notable síntesis lineal.
PABLO PICASSO.- En El estudio (1928) demuestra sus dotes de coloristas: le basta una escasa coloración dentro de su notable síntesis lineal.
Foto:JORGE SEPÚLVEDA


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