1938-2012 El verdadero rostro del cantautor
Leonardo Favio: ascenso, fulgor, caída (y otras cosas más...)

Alguien que por años conocimos como cantante, también fue director de cine; de hecho, uno de los más grandes que ha conocido el continente. ¿Qué fue primero, las películas o la música? Esta es la historia de Leonardo Favio. Mejor dicho, la parte de ella que nunca fue canción.  

Christian Ramírez 

Fue revolviendo películas en un video club que, a fines de los años ochenta, me enteré que Favio también era director de cine. Medio escondida en un estante del local estaba una película suya llamada "Nazareno Cruz y el Lobo", pero del rostro del cantante ni rastros en la carátula; este no era un filme protagonizado, sino "dirigido por Leonardo Favio". Y para nada reciente; era del 75. Leí la descripción: una historia de campesinos, brujos y hombres lobo, ambientada en la pampa argentina. La devolví al anaquel, tomé las que ya había elegido y me fui.

Ya no me acuerdo lo que arrendé esa vez, pero eso de Favio cineasta me quedó dando vueltas. ¿En qué momento el cantante de "Fuiste mía un verano" había realizado películas? ¿No se suponía que -tal como Palito Ortega y Sandro- un tipo como él estaba destinado a hacer cine con canciones de fondo, productos fabricados solo para vender más discos?

Pasó un buen tiempo antes de enterarme de que la historia era justo al revés: que en los sesenta Favio había usado el canto para financiar su trabajo como cineasta y que de pronto se vio convertido en un ídolo latino, un personaje que no calzaba con el perfil que había buscado para sí mismo ni menos con el de artista comprometido con la causa del peronismo.

Todas esas facetas vendrían a reunirse -y conciliarse- en 1993, cuando después de un largo exilio y años de proyectos abortados, Favio pudo estrenar el que se transformó en su testamento anticipado: "Gatica el mono", convulsa biografía de un popular boxeador, y verdadero hijo de los triunfos y penurias del justicialismo. Por entonces, él mismo había asumido que su legado musical era el de un cantante del recuerdo; sus películas, en cambio, iniciaban el camino para ser redescubiertas.

Cineasta revelado

Los primeros años de Jorge Fuad Jury -antes del cine, del canto y de transformarse en Leonardo Favio- pueden leerse sin esfuerzo como una fábula neorrealista, casi sacada de la imaginación de Zavattini o De Sica: nacido en los alrededores de Mendoza en el 38, en barrio pobre, con padre ausente e infancia delincuencial; de ahí a las calles, al internado y más tarde en la cárcel de menores; adolescente metido a seminarista, después limosneando sin vergüenza y luego de breve paso por la marina. Fueron los guiones de radioteatros que su madre escribía los que gatillaron su interés por la actuación; primero, en teatro y una vez llegado a Buenos Aires, en el cine. No pudo tener mejor maestro: Leopoldo Torre Nilsson, figura central del cine clásico argentino, y a quien precisamente está dedicado el filme debut del joven aprendiz: "Crónica de un niño solo" (1965).

Mirarla a casi cincuenta años de su estreno genera la misma sorpresa con que fue recibida por la crítica, que aún la considera entre los grandes filmes en español de todos los tiempos: es cierto que las huellas de "Alemania año cero", "Los cuatrocientos golpes", "La infancia de Iván" y otros filmes de posguerra protagonizados por niños se hacen sentir sobre la breve historia de Polín, un chico de internado que -en tránsito hacia una cárcel de menores- se fuga para volver a su barrio de infancia donde estará tanto o más preso que al comienzo. Tal como hizo François Truffaut al crear a su alter ego Antoine Doinel, el joven Favio recurre a sus memorias de infancia para retratar a este futuro buscavidas, pero a diferencia del director francés, el argentino nunca le asigna a su "otro yo" madera de héroe ni persigue crear complicidad con sus aventuras: el filme se encuentra igual de atrapado que el niño en el círculo de pobreza, villas miseria, barro y supervivencia que se va trazando con precisión en apenas un puñado de secuencias. Polín inicia la película desamparado y continuará así, en la memoria del público, mucho después que "Crónica de un niño solo" se cierra tras de él.

Si a alguien le cabían dudas de que Favio era un talento mayor que estaba recién comenzando a desplegarse, estas se despejaron apenas un año y medio más tarde con el estreno de una cinta que solo duraba una hora pero que poseía un larguísimo título: "Este es el romance de Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más..." Basta leerlo y releerlo para evocar la cadencia de las melodías que más tarde escribiría el realizador; y de hecho, pensar en música y escenario es una buena fórmula para rondar la debacle de un gallero de pueblo (Federico Luppi), que deja a Francisca, su compañera, por irse detrás de "una perdida" que lo mandará al diablo. La idea no podía ser más simple: la puesta en escena de una clásica tragedia de barrio, una copucha que se pasa boca en boca, material de folletín que vuelve a ser narrado sin descanso al comienzo como fábula y advertencia y al final por tradición. Consciente de ello en grado extremo, Favio la aborda con el rigor de un auto sacramental, como si los involucrados estuviesen representando un rito que se celebra desde tiempo inmemorial, donde cada palabra y cada silencio invocado tienen su momento, y lo mismo corre para las emociones de Aniceto, que se desatan como un torrente que desde el comienzo se sabe dónde desembocará. El efecto que produce casi no se puede expresar en palabras. Quienes hayan leído a Juan Rulfo, o mejor aún, quienes hayan visto "Amanecer" de Murnau, donde el romance entre humanos explota y se disuelve en el poder de una naturaleza a su vez mancillada por el hombre, podrán encontrar en el cuento del Aniceto y la Francisca, algo de intensidad comparable.

Un peronista caído

En cierto modo, el lirismo pueblerino que Favio expresó en sus primeras películas -y también en "El dependiente", estrenada en 1969- era la respuesta en ficción al furioso alegato de reivindicación social que en esos mismos días y desde las barricadas del cine documental realizaban directores como Fernando Solanas y Octavio Gettino ("La hora de los hornos"), y de seguro él también lo tenía claro: en vez de entramparse en laberintos ideológicos y, dejando congelada su ascendente carrera de cantante, se lanzó de frente a realizar su propia epopeya histórica y revolucionaria: "Juan Moreira" (1973), el relato de las correrías de un peón de mediados del siglo XIX, que por protestar contra el abuso de su patrón es apresado y luego se rebela con saña, sangre y violencia. Adaptada a partir de un popular folletín por Jorge Zuhair Jury -hermano del cineasta y colaborador fundamental en su carrera-, "Juan Moreira" equivale tanto al western perdido en la carrera de Favio como la idea de fabricar su propio "Martín Fierro"; pero si uno toma la distancia necesaria, este hermoso cuento a lo Robin Hood, repleto de versos y cuchilladas, también puede ser leído como el relato en clave de la cruzada popular sobrellevada por Juan Domingo Perón. Mal que mal, el mismo año del estreno de "Juan Moreira", Favio fue invitado a subirse al avión que transportaba de regreso del exilio al ex presidente y a su nueva mujer.

Fueron años de popularidad absoluta. Favio reinaba en los rankings y también en la taquilla: el descuadrado y bucólico lirismo de "Nazareno Cruz y el lobo" (1975) vendió dos millones de entradas, pese a que vista hoy es evidente que el sentimentalismo de su director estaba degenerando rápidamente en demagogia. Eso sí, no hubo oportunidad de comprobar la teoría con una nueva película: un año más tarde, el golpe militar lanzaba a Favio a una obligada gira "permanente" por América Latina y luego al exilio en Colombia.

Y se diría que, de alguna forma, nunca retornó totalmente: "Gatica el mono" -concebida con vomitiva brutalidad- es casi un ajuste de cuentas de cara a una cinematografía argentina que malogró las esperanzas de la generación del director, mientras que su hagiografía/documental "Perón: Sinfonía del sentimiento" (1999) fue la confirmación de que, donde alguna vez hubo mirada, hoy sólo quedaba un pesado y farragoso discurso. Favio se había transformado sin querer en una eminencia gris, un intocable. Un nombre que podía sacarse a colación cada vez que necesitaba defenderse el patrimonio del cine argentino e incluso materias de Estado: la última aparición pública del cineasta, visiblemente enfermo, fue en agosto pasado para recibir el premio "Néstor Carlos Kirchner" otorgado por el Congreso de la Nación. Bien por el reconocimiento, pero la verdad es que el mejor homenaje Favio se lo había hecho a sí mismo en 2008, al regresar a uno de sus cuentos más queridos con la filmación de "Aniceto", un musical donde intentaba recuperar el fervor contenido en su segundo filme, un mundo perdido que -como suele suceder con todas las grandes historias- aún está vivo, como en el primer día.

El descuadrado y bucólico lirismo de "Nazareno Cruz y el lobo" (1975) vendió dos millones de entradas.

 


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Foto:NOTUCAN SCA

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