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Los chilenos que viven del Silala

Sábado 17 de noviembre de 2012

 

Foto:GLENN ARCOS
No son más de 30, en su mayoría carabineros, trabajadores ferroviarios y de contratistas mineras. Aislados, con el pueblo más cercano a 100 km de distancia, estos hombres tienen un denominador común: sin el modesto cauce de este río no podrían subsistir un día en medio de uno de los paisajes más inhóspitos del planeta.
 


Mario Alejandro Rojas 

Julio Ascuy es natural de Malloa, en la VI Región, donde los árboles frutales hacen nata y el verde es el común denominador del paisaje. Desde hace cinco años, sin embargo, convive con una naturaleza inhóspita, salpicada únicamente por campos minados, ruinas de azufreras, planicies rocosas con llaretas y paja brava, las pocas especies vegetales que se atreven a desafiar el ambiente yermo que las rodea.

Ahí, con vicuñas, vizcachas, zorros y lechuzas como única y ocasional compañía, Ascuy se baña, prepara sus alimentos y bebe agua de la única fuente posible en esos lares: el río Silala, en plena cordillera de los Andes y a escasos cinco kilómetros del límite internacional con Bolivia.

El Silala nace cuatro kilómetros al interior de Bolivia, cerca del volcán Apagado, a 4.800 metros de altitud. Su condición de río binacional puede parecer un exceso. Con una profundidad de 40 cm, un ancho de 60 cm y un caudal de 200 lts/seg, según registros de la Dirección de Aguas del MOP, su curso desemboca ocho kilómetros aguas abajo, en el río Inacaliri.

En la zona central sería mirado con desdén. Aquí es considerado una bendición.

"Me costó acostumbrarme. En invierno la temperatura puede bajar hasta -30°C en la noche y en el día superar los 25°C. Al igual que los trabajadores del ferrocarril (el que une Antofagasta y Bolivia) usamos el agua del río, que en el sur sería como un canal", reconoce Ascuy.

Este sargento de Carabineros, uno de los 15 funcionarios del retén fronterizo Inacaliri, es uno de los 30 chilenos que vive en la zona, ubicada al interior de la provincia El Loa y una de las más aisladas del norte del país.

Aquí no existe cobertura telefónica ni radial. Al Silala -también conocido como Siloli- sólo se accede por un par de precarias huellas de tierra, que desaparecen por las lluvias del llamado "invierno altiplánico". El pueblo más cercano, Chiu Chiu, está a 100 km. Las vías están conectadas a la ruta CH-21, que une Calama y Ollagüe, donde el flujo de vehículos es mínimo, a veces menos de 50 al día, según Carabineros.

Las duras condiciones y el aislamiento obligan a tomar resguardos. "Acá tienes que cuidar cada detalle, como evitar alimentos que provoquen hinchazones", añade el cabo segundo Jorge Esnaola, oriundo de Curanilahue, VIII Región.

Ambos, antes de subir a su camioneta para resguardar la frontera, se aseguran de llevar entre sus pertenencias agua, binoculares y visores térmicos. También aguardan a "Julito", un perro que desde hace tres años se unió al grupo. Hoy forma parte del inventario.

Lo encontraron en un procedimiento para recuperar un vehículo robado. "Estaba adentro y tenía pocas semanas de vida", recuerda Esnaola, mientras vigila un cañón de 100 metros de profundidad, con el escuálido cauce del Silala al fondo.

"Hasta 2009 el movimiento de contrabandistas de drogas en la frontera era muy fuerte, pero desde ese año bajó. De todas maneras nunca bajamos la guardia, menos aún desde el aumento de operativos por vehículos robados en Chile que son sacados hacia Bolivia", cuenta Ascuy.

Remolinos y tormentas

En la zona también viven tres trabajadores del Ferrocarril Antofagasta-Bolivia, quienes son relevados por turnos. Realizan una labor de monitoreo, apoyados por una estación de la DGA instalada hace cinco años para el rescate manual de datos hidrométricos.

También ocupan el agua del Silala para cubrir sus necesidades básicas, junto con velar por el buen estado de una piscina almacenadora y que algas y otro tipo de residuos no obstruyan una red de ductos que, a razón de 150 lt/s, trasladan el líquido a faenas de la empresa ferroviaria y de mineras.

Pero la reserva es lo de ellos. Casi no se dejan ver por los lugareños y se limitan a expresar que la empresa les tiene prohibido hablar de su vida y trabajo, porque "son temas muy sensibles".

Junto a ellos y los carabineros del destacamento, uno de los seis que resguardan 325 km de la frontera que la Región de Antofagasta comparte con Bolivia, los únicos otros moradores son los trabajadores contratistas de mineras que realizan prospecciones de pozos de agua y geológicas.

"Hay remolinos, tormentas de arena y vientos de hasta 100 km/hora. Los caminos son muy malos, con mucha tierra suelta, donde quedan atrapados vehículos sin doble tracción", explica Luis Mora, uno de ellos. "Aquí se trabaja con tranquilidad, pero es complicado llegar. A veces soy el único que pasa en todo el día por una huella, porque recorro la zona para trasladar herramientas que me piden. Ahí me topo con camionetas y a veces automóviles. Creo que si no fuera por mí muchos se habrían visto obligados a pasar la noche en los vehículos", asegura.

"Agua rica y dulce"

El árido paisaje altiplánico se ve interrumpido por el acero de tuberías que conducen el agua del Silala hacia la pampa. Hasta 1958 la población de Calama, Sierra Gorda e incluso Antofagasta, a lejanos 400 km, recibían el flujo en forma constante para su consumo.

Desde entonces, ese abastecimiento fue sustituido en forma progresiva por la aducción Toconce, 100 km al nororiente de Calama. Y desde hace 10 años, una planta desalinizadora de agua de mar comenzó a surtir a la capital regional. Hoy, sus 400 mil habitantes son abastecidos en un 65% por esta última vía.

Pese al tiempo transcurrido, los habitantes de la zona aún recuerdan y agradecen el agua del Silala por "sacarlos de apuro en racionamientos".

Una época que personas como la calameña Rosenda Vega, recuerdan con un dejo de resignación: "Hasta los años 80, cuando nos cortaban el agua de Toconce, íbamos con bidones de 10 ó 20 litros a unas llaves de paso del ferrocarril. El agua del Silala era rica y dulce, no como la de Toconce, que tiene gusto a metal".

''Me costó acostumbrarme. En invierno la temperatura puede bajar hasta -30 °C en la noche y en el día superar los 25 °C".

JULIO ASCUY
SARGENTO DE CARABINEROS DEL RETÉN FRONTERIZO INACALIRI.