Suspiros limeños

Joaquín García-Huidobro 

El comienzo de los alegatos en la Corte de La Haya nos pone delante nuestra compleja relación con el Perú en los últimos dos siglos. Antes de la Independencia, esos vínculos no constituían gran problema : del Virreinato del Perú venían la moda, el dinero y la cultura. Nosotros éramos una modesta, pobre y bastante inculta Capitanía General. También antes de la Conquista la diferencia era asombrosa. Nosotros estamos orgullosos de nuestros araucanos, y hacemos bien, pero el imperio de los incas está en otro plano, y puede ser considerado como una de las grandes civilizaciones de la historia humana, digna fuente de inspiración para Neruda en Alturas de Macchu Picchu.

En esas condiciones, las posibilidades de conflicto eran más bien escasas.

Todo cambió cuando decidimos organizar la Expedición Libertadora del Perú (1820), por supuesto que sin preguntarles a los peruanos si querían ser liberados. Al parecer, no tenían muchas ganas, ya que el Ejército Libertador tardó 6 años en cumplir su cometido, y tras la Independencia parte de las élites peruanas emigró a España.

Para el Perú, la vida republicana del siglo XIX fue una colección de sinsabores y una sucesión de fracasos políticos y conflictos internos. La propia guerra contra la Confederación Perú-Boliviana fue, desde el punto de vista peruano, una guerra civil, pues había peruanos en ambos bandos.

¿Y qué decir de la Guerra del Pacífico, en la que Perú, en virtud de un pacto absurdo con Bolivia, se vio involucrado en una guerra en el peor momento posible? Su situación económica era lamentable, el país estaba lleno de deudas y sin un sistema político estable. No en vano Miguel Grau realizó un postrer esfuerzo para evitar la guerra, haciendo gestiones con el ministro en Lima, Joaquín Godoy, sin éxito. Como buen marino, Grau era un hombre de paz, y se daba cuenta de que ese conflicto era una locura para su país.

Con todo, ni en su momento de mayor pesimismo, Grau podría haber imaginado las gravísimas consecuencias que tuvo la derrota. No se trata sólo de la pérdida territorial, que fue muy dolorosa. Todavía peor fue la ocupación de Lima por las fuerzas chilenas.

El 17 de enero de 1881 no sólo entraron los chilenos en la capital peruana. Ese día terminó de morir el orgullo virreinal. Lima no era una ciudad cualquiera, y su hundimiento fue una experiencia terrible.

Todavía hoy los diarios populares peruanos están marcados por un violento antichilenismo. Esa virulencia no es casual, sino el fruto de una serie de dolorosas frustraciones. El pueblo guarda, mejor que las élites, la memoria colectiva, y no olvida la pasada grandeza incaica y virreinal.

Pero el pueblo no es infalible. No hay que olvidar, por ejemplo, que Chile fue aliado con Perú en la guerra contra España de 1865-1866. Los buques chilenos y peruanos combatieron juntos. El Huáscar, luego de llegar de Inglaterra, donde se fabricó, estuvo custodiando Valparaíso.

Además, los datos del presente son impresionantes. Chile tiene invertidos en Perú 12.000 millones de dólares, y Perú 7.000 millones de esa divisa en Chile. Hay casi 200.000 peruanos viviendo entre nosotros. Gracias a ellos, aún no sufrimos todas las consecuencias de nuestro déficit poblacional. El año pasado, el principal destino turístico de Chile fue Perú, y, pensando en el futuro, la Alianza del Pacífico representa una gran oportunidad.

A todo lo anterior se agrega el notable cambio de actitud en nuestros vecinos, que se muestra en el extraordinario crecimiento de su economía y en su clara apuesta por las formas democráticas de convivencia. En el contexto latinoamericano, ni la aceptación de la economía libre ni el compromiso democrático pueden darse por supuestos, cuando tenemos a la vista los ejemplos de Chávez, Correa, Morales y Cristina Fernández.

¿Significa esto que nos puede dar lo mismo lo que resuelva la Corte de La Haya? En ningún caso, pero su decisión escapa del poder del común de los ciudadanos.

De nosotros, sin embargo, dependen algunas cosas importantes: celebrar la prudencia que han mostrado ambos Presidentes en este delicado asunto; mantener nuestro tradicional apego al Derecho, que incluye respetar el fallo de un tribunal que nosotros mismos hemos elegido, y no olvidar que Chile y Perú tienen por delante la dura faena de mejorar un vecindario que deja mucho que desear.

 


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