¿Bachelet o el caos?

Carlos Peña 

Las declaraciones más enigmáticas de esta semana pertenecen a Camilo Escalona. En Enade, primero, y en Qué Pasa, después, dijo a los empresarios que Bachelet daba garantías de un cambio con estabilidad.

El cambio, dijo, es inevitable. De lo que se trata es de lograrlo de una forma que no amenace la legitimidad del sistema. Y la única que confiere garantías de que eso ocurra es Bachelet.

¿Es cierto eso? ¿Es correcto?

Por supuesto que no. Ni es cierto, ni es correcto.

Ni Chile está en medio de una crisis insalvable, ni Bachelet es una simple tabla de salvación. Ni es cierto que estamos al borde de un abismo, ni Bachelet es una manera de evitar la caída. Ni es cierto que basta un paso para caer en el precipicio, ni Bachelet es la única capaz de detener un paso que nadie piensa dar.

Los temblores que experimentaron los asistentes a la Enade (mientras recordaban sus inexistentes clases de latín e intentaban descifrar el pretencioso título del encuentro) estuvieron del todo injustificados.

Lo que muestran los estudios disponibles (el del PNUD, los del CEP) es que los chilenos están satisfechos con su vida personal, y confiados y optimistas en lo que vendrá. Los chilenos (eso que antes se llamó los nuevos chilenos, los habitantes de Maipú, La Florida) han experimentado en el curso de su vida cambios que, apenas hace dos o tres décadas, tomaban una generación. ¿Por qué ahora habrían de estar al borde de la desesperación o interesados en desordenarlo todo o empujarlo por la borda?

No es cierto lo que dice Camilo Escalona.

Tampoco es correcto.

Y no es correcto porque una candidatura presidencial -menos una de quien hizo casi una divisa el lema de "no repetirse el plato"- no puede fundarse en el principio, de triste recuerdo, yo o el caos; yo o la crisis institucional; yo o el desorden; yo o vayan a saber ustedes qué cosa ocurriría, como dijo, sin preocuparse siquiera de introducir una mínima ambigüedad, Camilo Escalona.

Es raro lo que pasa con Camilo Escalona.

Como suele ocurrirles a los personajes públicos, él parece configurar su identidad al compás de las opiniones que recibe acerca de su propia conducta. El fenómeno no es raro desde el punto de vista psicoanalítico, pero es preocupante desde el punto de vista político.

En un famoso artículo -"El estadio del espejo", se llamó-, Lacan sugirió que los seres humanos eran seres especulares, entes que se definían por la imagen que los demás le devolvían. El niño se mira en el espejo, dijo Lacan, y ve un ser que en principio no es él, pero cuyos movimientos imita alcanzando así una cierta certeza de que existe. Por supuesto, el estadio del espejo es eso: un estadio, un momento de la vida personal que, en algún minuto, se abandona salvo, claro, que la gente quede fijada en él.

Quizá sea el caso de Camilo Escalona.

Y es que él a veces parece estar atrapado en el espejo. Basta que dos periodistas y una ministra le digan que es admirable su actitud moderada, su contención y su ausencia de fervor revolucionario, para que comience a actuar, en efecto, de esa forma. El asunto es tan sorprendente, que la gente que lo observa no sabe si lo que se dice de Camilo Escalona es fidedigno o es, simplemente, la causa de su conducta. No se sabe si esas descripciones son verdaderas o si es Camilo Escalona quien se esfuerza por estar a la altura de ellas.

Sus declaraciones respecto de Bachelet son la más notable muestra de esa conducta en la que Camilo Escalona está incurriendo cada vez más.

Su empeño por tranquilizar a los empresarios, y por hacer de la opción de Bachelet algo inocuo, parece más motivado por la imagen que el espejo en el que se mira le devuelve, que por un proyecto político que, hasta ahora, la verdad sea dicha, no existe.

Porque ésa es la verdad: hay candidata, pero no hay proyecto.

Salvo, claro, que a Camilo Escalona, impulsado por el deseo de ser reconocido como un hombre de Estado, se le ocurra decir que la estabilidad -¿qué es eso?- es el programa con que Bachelet se convenció de volver de Nueva York.

 


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