martes 19 de febrero de 2013  
Antonia Zegers
"Trabajar con Pablo es una escuela alucinante"
 
No sabe qué pasaría si el domingo ganara el Óscar la película "No", donde ella actúa y su marido Pablo Larraín dirige. Antonia Zegers dice que ha sido desafiante trabajar con él. Y, a sus 40 años, la actriz cree que aún puede reinventarse, como lo han hecho sus padres. "Sólo se envejece cuando uno realmente siente que no puede cambiar".  

Por Tania Araya. Fotografías: Simón Pais. Producción: Carolina Piña. Maquillaje y pelo: Carolina lazo. 

Un vestido verde, unas joyas de oro de Ilonka Palocz, un peinado especial: así se prepara Antonia Zegers (40) para asistir a la ceremonia del Óscar, en Los Ángeles, Estados Unidos: "No", película donde Antonia es dirigida por tercera vez por Pablo Larraín -su marido-, es la primera cinta chilena en clasificar en la categoría de Mejor Película Extranjera.

-Es alucinante, pero por lo menos yo no tengo estrellitas en la cabeza. No me identifico tanto con el fulgor. Creo que primero hay que ubicarse en el mapa, y la nominación a una película extranjera es una categoría más pequeña. Uno sigue aquí trabajando, y la vida continúa -dice Antonia, tranquila, con sus ojos diáfanos y una trenza que rodea su cabeza. Deja su bicicleta plegable encadenada, se sienta en un café en Providencia, cerca de su casa, y pide un "planchadito" vegetariano.

La posibilidad de que la película gane un Oscar, ni siquiera se la plantea. Sólo dice:

-No cambiaría mi vida en nada. Sería increíble, euforia, alegría. Pero no tengo idea qué pasaría.

Antonia ha actuado en casi todas las películas de Larraín ("Tony Manero", "Post Mortem") -y también lo hará en la segunda temporada de "Prófugos", serie que él codirige-, en algunas con mayor protagonismo que en otras, y prácticamente con el mismo elenco. Con el trabajo en común se ha formado, por así decirlo, una compañía. "Hay un grupo en el que Pablo, me imagino, confía y que son actores que le gustan", dice Antonia. "Hay un paso ganado en intimidad, en confianza, en falta de pudor para relacionarte. Ya todos entienden mejor qué es lo que él quiere y él entiende mejor qué pedirle a sus actores", asegura.

-¿Qué te ha aportado él como director?

-Trabajar con Pablo es un lujo para mí. Ha sido un espacio tremendo de aprendizaje, porque él tiene una manera de trabajar con los actores que es muy particular, muy personal de él, muy distinta a otros directores.

-¿Cuál es esa manera?

-Es súper interesante porque Pablo cambia absolutamente todo en el momento del set: texto, acciones, todo. Uno tiene que llegar con un nivel de vacío y de capacidad de estar en ese presente, en el set, porque puede cambiar cualquier cosa, el texto hacia cualquier lugar, que es pura concentración, puro presente, y no hacer nada. Trabajando con Pablo se hace menos que en la vida, uno se resta de la realidad, es menos que lo espontáneo. No sirve la espontaneidad para trabajar en el universo actoral que maneja Pablo. Nada se puede traducir en un gesto, nada que explique lo que está pasando. No es contar lo que te pasa, sino que esconderlo, trabajar desde los secretos, no desde lo expuesto. Es lo más difícil que hay, muy desafiante, una escuela de trabajo alucinante.

Por ahora la actriz se prepara para la grabación de la próxima teleserie nocturna "Sangre en el jardín", de Canal 13, inspirada en el caso de los psicópatas de Viña del Mar ocurrido en los 80. La teleserie la mantendrá ocupada hasta octubre, y hasta ahí llegan sus planes, por ahora.
 
Reinventarse vs. envejecer

A sus 40 años, Antonia Zegers siente que aún puede reinventarse, que todo puede cambiar. Que todo puede pasar. Por ejemplo, agarrar las maletas e irse a vivir al campo. "Todavía lo siento posible. Yo creo que el día que lo deje de sentir posible va a ser súper dramático", dice.

-Hay una sobrevaloración de la juventud tremenda. Y de la juventud puesta en lo físico, ni siquiera puesta en que la juventud es un espacio de independencia, de libertad. Yo asocio mi juventud a eso.

Dice que aún no ha sentido la crisis de los 40. Se siente joven.

-Creo que se envejece cuando uno realmente siente que no puede cambiar.

Si esto fuera hereditario, Antonia tiene el gen familiar a su favor. Su abuela, Alicia Salbach -quien siempre ha estado cerca de la actriz, sobre todo cuando su madre se iba de viaje, por largos períodos- a los 89 años sigue estando en todas, y Antonia acude a ella para pedirle consejo. Y su madre, la fotógrafa y viajera empedernida Mónica Oportot, que viene llegando de una travesía sola por la Antártica.

-Veo a mi madre como una mujer que se ha reinventado a sí misma hasta el infinito y más allá. Y también veo que mi papá -el ginecólogo Fernando Zegers- está haciendo un viraje en su trabajo, alucinado con lo que está haciendo. Tengo referentes muy buenos. Pero tengo fe de que envejecer no es sólo un problema de deterioro físico, sino que también va a la par con empezar a entender las cosas de otra manera.

El mayor giro de su vida ha sido tener hijos, Juana de casi cinco años, y Pascual, de dos.

-¿Cómo cambió tu vida la maternidad?

-Mucho, porque yo era súper independiente. Mi tiempo siempre había sido mío, y cambia la vida radicalmente, es un rayo que te parte en dos. A veces tengo nostalgia de la niña independiente, sola, que tenía su vida, porque era un valor, disponer de mi tiempo, tener mi vida. Autonomía es la palabra. Era una vida que me gustaba harto. Yo antes no tenía límites, lo único que me importaba era trabajar. Lo que más me gustaba en el mundo era trabajar y viajar. Hice lo que se me dio la gana hasta los 35 años. Pero es tan potente la experiencia de amor que es imposible pensar que sea de otra manera.

El trabajo era su pasión, iba a todas, las hacía todas, teleseries, cine, teatro, y el papel que fuera. Hasta que nació su primera hija, Juana, cuando tenía 35 años. La amamantó durante ocho meses y medio, tiempo en que se desvinculó de todo lo demás.

Con su segundo hijo, Pascual, la cosa fue distinta. Aún embarazada, caminó por la alfombra roja de Cannes junto a Pablo Larraín, quien la dirigió en la premiada Post Mortem. Cuando Pascual ya tenía cuatro meses, Antonia empezó los ensayos de la serie "Amar y morir en Chile" -los últimos tiempos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez-, donde ella interpretó a la Comandante Tamara.

-La condición que yo puse era que tenía que amamantar cada tres horas. Porque el personaje era alucinante y me dieron muchas ganas de hacerla -recuerda.

Entonces paraban la grabación cada tres horas, Antonia se sacaba la M16 del hombro, tenía un lugar donde amamantar a Pascual, y luego de vuelta a la M16 y acción. Algo a lo que no se hubiera atrevido con su primera hija.

Hoy su autonomía la recupera en espacios pequeños, como los viajes en bicicleta al teatro, escuchando música, donde -dice- puede estar con ella misma. Y concentrarse en eso. Porque Antonia extraña a ratos estar sola, antes tenía muchos espacios de soledad, de silencio, de intimidad. Ahora sobrevalora esos momentos.

Lo que más acostumbraba hacer sola era viajar. A veces para sacarse algo de encima, escapar de un problema, buscar algo nuevo. Desde San Pedro de Atacama cuando era adolescente, pasando por la selva en Iquitos, Perú, hasta Europa. Antonia y sólo Antonia. "Hija de mi madre también".

Y es que su madre siempre fue una viajera, en varias ocasiones solitaria. A los 21 años tuvo a Antonia y cuando su hija aún era una niña estuvo mucho tiempo fuera, viajando por el Medio Oriente. "Somos personas súper distintas", admite.

-¿Repetirías esa historia?

-Yo creo que no. No por edad, yo podría viajar mucho. Pero yo quiero estar con mis hijos. Para mí es un viaje estar con ellos, criarlos. Lo que más me gusta de viajar es ver, observar el árbol, el café, el señor de la esquina. Mirar de otra manera. Esa actitud, ese estado, es lo que he estado haciendo con mis hijos, mostrarles la vida, el barrio, los árboles. Mostrarle el mundo a alguien es una tremenda responsabilidad. Porque lo primero que ve un niño es a través de tus ojos.

-¿Qué es lo que más te interesa mostrarles?

-Te podría decir que pequeñas cosas, no tengo grandes cosas todavía, porque le tengo miedo a las cosas muy grandes. Es todo mucho más sutil. Hago harto el ejercicio de enseñarles a mirar su entorno, a respetarlo, cuidarlo, tratar bien a la gente.

Con sus hijos nunca deja de aprender. La otra vez su hija Juana le preguntó qué era paciencia. Cómo verbalizarlo, pensó. En vez de consultar el diccionario, le dio su propia definición: "saber que todo tiene su tiempo y ese tiempo no lo decides tú", le dijo.

-Tú puedes decir cualquier cosa, pero si andas a patadas con las cosas, tus hijos van a andar a patadas con las cosas. Los niños aprenden más por repetición, por imitación, más que por lo que uno les dice. Los hijos son un espejo. Entonces yo puedo armar la media teoría del tipo de mamá que quiero ser, pero ellos van a aprender mucho más del tipo de persona que soy. Más relevante que lo que yo digo, es lo que hago.

 
"Quiero un presidente como Pepe Mujica"

Antonia no habla de su intimidad. Ni de sus años de pololeo con el actor Ricardo Fernández, ni de su actual relación con su marido y su familia política Larraín Matte (UDI). Dice que es reservada en su vida en general, que no le cuenta sus cosas a tanta gente, que le incomoda y no le interesa hablar de eso.

-Provienes de un sector con ideas más de izquierda, ¿cómo fue entrar a la familia de tu marido Pablo Larraín?

-Es la constatación de lo que yo he creído siempre: en la diversidad. Creo que nunca he querido vivir en un lugar donde la gente piense igual. Ahora, entendamos que Chile es un país que está divido casi mitad y mitad, eso hace que matemáticamente, estadísticamente, las familias enteras estén mezcladas. La mía también, en mi familia paterna hay mucha gente que es de derecha, otra de izquierda. Mi familia es diversa y no sé qué familia no lo es.

Incluso sus abuelos: El día del golpe militar, mientras su abuela lloraba, su abuelo celebraba. Y agrega:

-La realidad no es homogénea, es diversa, compleja, y yo creo que entrar en esa diversidad, complejidad, como un espacio de convivencia, es lejos el ejercicio más sano, saludable y democrático que uno pueda hacer. Y me ha tocado enfrentarlo por cosas de la vida, y en ese sentido me siento afortunada porque me hace poner en práctica algo que yo creo, que es que todos tenemos derecho a pensar distinto, y no por eso yo voy a marginarme ni aislarme, sino que puedo sentarme en una mesa y relacionarme afectivamente y querer a alguien, a pesar de que somos profundamente distintos.

A Antonia le interesa la política. Dice que admira al Presidente de Uruguay, José "Pepe" Mujica, de pasado guerrillero, y político de izquierda.

-Yo ahora quiero un presidente como Mujica. Es posible, hay uno -dice-. Que él exista permite que eso que uno quiere ya no sea de locos. Por qué tengo que seguir avalando un sistema que no me gusta, si es posible que haya otro. Es impresionante, no hay una separación entre lo que él dice, lo que hace como presidente, y lo que hace con su vida personal. No sólo lo dice, sino que además lo hace. Es una triada perfecta, profundamente ética y correcta. Ojalá que cuando mis hijos sean grandes haya más de un Mujica. Que la ciudadanía haya sido lo suficientemente exigente para levantar a otro Mujica.

Antonia tenía 16 años en el momento del plebiscito. Desde entonces era activista, estaba muy involucrada en la campaña. Días previos al referéndum, participó en la protesta de la Panamericana Sur junto a sus amigas y miles de personas más, la misma protesta a la que asistió Verónica, su personaje en la película.

Pero Verónica no es Antonia.

-Ella es muy distinta a mí, es más brava, porque es de esa gente que camina por una línea, un carril, y lo defiende a muerte. Lo que es súper heroico por un lado, pero no me identifico con esa manera de pasar por la vida. En la flexibilidad también está ir descubriendo matices dentro de las cosas que uno cree.

En los últimos años, también ha participado en campañas políticas de la Concertación y del pacto Juntos Podemos Más, pero actualmente no está segura si volverá a hacerlo.

Sobre la política de hoy, dice:

-Es súper heavy el momento en el que estamos. El descontento social, nos estafan en todos los ámbitos de la vida, en la farmacia, las isapres, el sistema de educación. Encuentro obsceno que no haya ninguna regulación de protección a los pequeños mercados, de los negocios de barrio. Encuentro obsceno cómo está repartida la torta en este país y que no importe, y que la contribución que hacen los más ricos a este país no sea proporcional. El sistema es el enemigo, en ningún caso te ayuda. Y la política es súper responsable de eso, porque es la que norma. El Estado debe proteger a los ciudadanos, y si no lo hace, viene el descontento ciudadano. Estamos en la dictadura de la plata. Si tienes plata es súper bonito el término libertad, pero si no, no eres libre.

 

Por Tania Araya. Fotografías: Simón Pais. Producción: Carolina Piña. Maquillaje y pelo: Carolina lazo..

   
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