Entrevista a Jon Lee Anderson Cronista y escritor:
"En la guerra aprendes rápido qué tipo de ser humano eres"

Acaba de publicar "La herencia colonial y otras maldiciones" (Editorial Sexto Piso, 2012), una antología de las crónicas que Anderson escribió para The New Yorker sobre África entre los años 1998 y 2012 que le permitieron volver a la tierra que marcó su juventud. Conversamos con él sobre guerras, dictadores y ese tremendo recorrido que ha dado por el mundo.  

Sara Bertrand 

Sólo una vez ha perdido la paciencia. Sucedió en Sri Lanka hace unos años cuando vio caer muertos a niños y mujeres en un pueblo que el ejército mantenía sitiado. Un espectáculo de terror, dice. Entonces, esa diplomacia de la que hace alarde el periodista y cronista de guerra, Jon Lee Anderson (California, 1957, aunque le guste pensar en lugares más exóticos para su nacimiento) se esfumó y estalló en un grito de reclamo. Es más, al ver que el jefe militar de la zona lo negaba, casi se va de manos. "Era un ambiente tétrico y no pude contener la impotencia", cuenta. Y eso que no es ningún novato, sobre guerras, dictadores y asesinos, Anderson tiene un currículum privilegiado. Quizás sea de los pocos que pueda jactarse de haber estado entrevistando al dictador liberiano, Charles Taylor, y asistir a los últimos días de Moammar Jaddafi para preguntarse: "¿Cómo termina todo? El dictador muere (...) Puede ser juzgado. Es juzgado. No es juzgado. Es arrastrado, ensangrentado y aturdido, a través de las calles, luego ejecutado".

-¿Qué fue lo que te atrajo de los dictadores? ¿Por qué ellos?

-Sentarte frente a un dictador es una oportunidad histórica y lo he hecho con la conciencia de que tiene un valor más allá del momento mismo de la entrevista. Por eso, hago un poco de teatro y juego, diplomáticamente, para caerles con esas preguntas incómodas y, también, en algunos casos, retarlos. Es difícil explicar, pero me interesa la organización de la violencia, los Estados que se establecieron a partir de ella y cómo funcionan para dar legitimidad a esos procesos, escuchar las explicaciones que dan sus líderes y cómo justifican su poder.

Un interés que ha marcado su carrera periodística y lo ha llevado a presenciar la Primavera Árabe y las guerras de liberación africanas, entre otras, para escribirlas. De hecho, su último libro publicado, La herencia colonial y otras maldiciones (Editorial Sexto Piso, 2012), es una recopilación de las crónicas que realizó para The New Yorker en África entre los años 1998 y 2012. Un libro que incluye historias sobre Liberia, Angola, Santo Tomé y Príncipe, Somalia, Guinea, Libia y Sudán. "La lista de países es idiosincrática, más un reflejo de mi interés personal en ellos que de su estatus en el acontecer del mundo contemporáneo", dice. Porque el maestro de la Fundación Gabriel García Márquez es, además de cronista, autor de los títulos de Anagrama Che Guevara. Una vida revolucionaria (2006); El dictador, los demonios y otras crónicas (2009) y La caída de Bagdad (2005), y es un amante de la sabana africana, de esa tierra de sueños que se le pegó en el alma como su propia herencia de infancia. Cuenta: "Tenía 13 años cuando viajé a la casa de unos tíos en Liberia para vivir un año, una experiencia que me marcó y me dejó queriendo volver". Lo hizo muchos años después, como periodista, pero antes se forjó como persona. Un trabajo made by hand , pues sus padres progresistas lo incentivaron a salir de su casa temprano. Así es que tuvo una educación poco formal: no terminó el colegio ni tampoco fue a la universidad; en cambio, trabajó como albañil, jardinero, cortador de tabaco, guardián de cárceles y machetero. "El comportamiento social de mi familia no era el que correspondía a nuestra clase, nunca fui educado como mis pares, porque mi papá insistía en que debíamos trabajar. Así es que mi educación se produjo también gracias a mis trabajos". Y los viajes, habría que agregar, porque Anderson vivió en Asia, conoció la pobreza rural en Taiwán, la indigencia en Indonesia, hizo su práctica profesional en Perú y durante cinco años recorrió Latinoamérica siguiendo los pasos que diera Ernesto Che Guevara para poder escribir su biografía.

Actualmente, vive a las afueras de Londres en una zona rural, la misma en donde vivió cuando tenía 15 años. "Mi relación con Estados Unidos es muy accidentada. Nunca me sentí a gusto viviendo ahí, llegué a los 12 años después de haber estado en 8 países diferentes y, al poco tiempo, volvimos a salir; Inglaterra ha sido mi hogar en 4 oportunidades, y hoy es donde está mi mujer y mis tres hijos".

-Podríamos decir que eres estructuralmente nómade. ¿En qué espacio te sientes cómodo?

-Soy esencialmente alegre en África. Me produce una dicha intensa, casi instintiva. Me siento aplatanado en Latinoamérica. Pero quizás es más apropiado decir que estoy cómodo en medio de sociedades mixtas y culturas mezcladas. Ambientes en donde existe un sincretismo cultural, como en Colombia de la costa o Venezuela de la costa. Claro que cuando fui a Cuba por primera vez sentí que pertenecía ahí, que ese era mi hogar.

-Algunos te llaman sucesor de Kapuscinski, otros hablan de ti como veterano de guerra, ¿cómo te defines tú?

-No me gustan las etiquetas y, en general, prefiero que las personas me conozcan y resuelvan quién soy, porque parece flojo adoptar etiquetas sobre otros sin cuestionarlas. Ahora, Kapuscinski hizo lo suyo y yo lo mío, somos diferentes. Y bueno, soy veterano en cierto sentido, pero ya ves que sigo en mi búsqueda.

-De reportero pasaste a cronista de guerra, ¿has sentido alguna vez adicción al conflicto?

-Conozco el perfil de reportero adicto a la adrenalina, pero no es mi caso. Más bien hay procesos que sigo de cerca porque tengo una empatía especial y me interesa cubrir. Por ejemplo, Cuba me interesa siempre y estoy atento a su desarrollo político. Cubrí la invasión de Estados Unidos a Irak porque estaba ahí antes de que sucediera. Entonces, diría más bien que no tuve una educación formal, que fui bastante autodidacta y que desde pequeño elaboré una lista de cosas que sentía necesidad de conocer para completar mi educación, y la guerra fue una de ellas. Porque uno puede entender la lógica de la política, de las sociedades, de las relaciones internacionales, pero la guerra es diferente, uno debe adentrarse en ella para entenderla. Y en la guerra aprendes rápido qué tipo de ser humano eres, tu valentía, tus límites, lo que estás dispuesto a transar y lo que no. Y te das cuenta que funciona sobre la base de pervertir lo valioso que hay en el hombre, porque estamos hablando de un mundo en donde la regla de matar funciona. Y no es que le atribuya virtudes a la lógica de matar, pero cuando tu lógica política pierde, entonces, matas. Y matando logras imponerte. La guerra entonces se produce porque es una lógica que funciona. Y te das cuenta que hay una lógica perversa, porque si la república no se defiende matando igual, es asesinada. Una vez entrado en la lógica de la muerte, no puedes dejar de matar. Así es que podría decir que he llegado a entender su organización y problemática.

-¿Cómo manejas la relación afectiva que se produce con tus personajes políticos?

-Uno aprende a sobrellevar la emoción. Ahora, la mayoría de los hombres que he entrevistado no son mis connacionales, por lo tanto, mi relación afectiva con ellos es más distante y puedo ponerme en perspectiva de ese poder y sus consecuencias. Me imagino que me sería difícil entrevistar a Bush sin sofocarme porque la carga emotiva sería mayor.

-¿Qué características comunes tienen los dictadores?

-Por lo que me ha tocado conocer, diría que en general son hombres que llegan a pensar en sí mismos como depositarios de su país, convirtiéndose en la representación única e indispensable. Se sienten salvadores de su patria. Los políticos elegidos democráticamente participan de ese poder y pueden llegar a formarse una imagen sobrevalorada de sí mismos, pero los que han adquirido el poder por medio de la sangre, tienen la obligación de hacerlo, después de todo, deben defenderse de sí mismos, de lo que hicieron. Ellos son su propio peligro, pues ¿quién les asegura que no vendrá otro que los asesinará para quedarse en el poder? Así es que tienen que reafirmar la creencia de que el país no sobrevivirá sin ellos. Y cuando salen a pasear, aunque lo hagan poco y en comitivas altamente resguardadas, reafirman su sensación de superioridad, aunque sea un montaje preparado antes de su visita y su popularidad tenga un lado sombrío, porque saben que para mantener su adhesión deben matar a quienes se les oponen.

Otra característica es su paternalismo, ven a la población como corderos, niños tontos que necesitan disciplina y se comportan como padres severos, disciplinarios y castigadores.

También participan de una brutalidad desmedida, pues tienen conciencia de que el tiempo les dará la razón, porque, históricamente, las sociedades terminan legitimándolos incluso internacionalmente.

-¿Cómo logras esta relación entre la crónica periodística y una prosa con resabios literarios?

-La historia misma impone su tono, porque hay momentos en que no puedo pensar en la exquisitez del lenguaje, porque la necesidad periodística es más fuerte, pero, por ejemplo, sobre el bombardeo de Bagdad tuve cuidado al escribir. Quería ir más allá de los hechos mismos, se trataba de la caída de un dictador, de un esperado cambio político. Son momentos delicados políticamente y no se trata solo de hechos, sino que hay una interpretación, de la necesidad de una narración sobre una coyuntura histórica. Por eso depende mucho de las circunstancias, pues hay momentos en que ser demasiado precioso y exquisito con el lenguaje no parece adecuado. En cambio, hay historias en las que es necesario incorporar la primera persona, lo que sentí, lo que vi. Aunque en general soy bastante parco y me remito a contar usando algunos elementos narrativos principalmente para atraer al lector.

-Hablemos sobre el Che, porque ese libro marcó un antes y un después de lo que se había escrito sobre él.

-Solo he hecho una biografía en mi carrera profesional y demoré cinco años en la investigación. Me impuse una máxima alta y fue retratar la verdad de su vida, a como diera lugar, más allá de mis gustos y disgustos, contar su propia búsqueda. Fue un viaje de descubrimiento, de qué lo motivó. Porque su vida estaba llena de hechos inverosímiles, habiéndose criado con cuchara de plata, escogió el destino de un guerrillero. Esa fue mi búsqueda, la búsqueda de su conciencia social, de su lucha. Y lo sentí afín. Me sentí cerca de su propia búsqueda, aunque no de sus decisiones.

No terminó el colegio; en cambio, trabajó como albañil, jardinero, cortador de tabaco y guardián  de cárceles.
"Soy esencialmente alegre en África. Me produce una dicha intensa, casi instintiva. Me siento aplatanado en Latinoamérica".

 


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Foto:ALFREDO CÁCERES


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