Veneno

El pequeño mundo o inframundo de la literatura chilena constituye una de las bestias negras contra las que Roberto Brodsky arremete en su novela.  

 

Suele resultar extraña -excitante muchas veces, desconcertante otras- la experiencia de reconocer en una novela personajes, hechos, circunstancias que nos son familiares. Así me ha ocurrido con Veneno (Mondadori, 2012), la última novela de Roberto Brodsky, de la que había leído meses atrás una versión manuscrita, y que he vuelto a leer en días pasados, esta vez en su forma definitiva.

Reconozco en esta novela a las personas reales que sin duda han inspirado a algunos de sus personajes; reconozco hechos y circunstancias de los que sido testigo directo o tengo conocimiento de primera mano. Así, por ejemplo, la segunda visita de Roberto Bolaño a Santiago de Chile, a finales de 1999, luego de asistir en Caracas a la entrega del Premio Rómulo Gallegos, otorgado a Los detectives salvajes . La crónica que se hace en Veneno de aquellos días tan amargos para Bolaño constituye un valioso documento de un episodio importante para calibrar las difíciles y ambivalentes relaciones de Bolaño con Chile, entre Chile y Bolaño. Así también la visita que, custodiado por el poeta Bruno Montané, hizo Leopoldo María Panero a Santiago en 2004, para asistir al III Encuentro Internacional de Fronteras, organizado por el propio Brodsky.

Bolaño y Panero aparecen en Veneno bajo sus propios nombres. No así otros personajes, presentados bajo nombres ficticios que justifican, llegado el caso, las distorsiones sufridas respecto a sus presuntos modelos reales. No soy capaz de identificar a todos, y puede que algunos sean construcciones armadas a partir de varias personalidades. Pero ha vuelto a producirme estupor, muy en particular, el dibujo de uno de ellos, basado supuestamente en uno de mis más admirados y queridos amigos en Chile, y en el que me resulta imposible reconocer los rasgos que Brodsky le atribuye, convirtiéndolo en una especie de mefistofélico manipulador de los hilos que manejarían el reducido círculo del mundillo literario chileno.

El pequeño mundo o inframundo de la literatura chilena constituye una de las bestias negras contra las que Brodsky arremete en su novela, con una violencia que cabe emparentar, en sus motivaciones tanto como en su saña a menudo obcecada, como la que empleó ocasionalmente Bolaño, también él, como ahora Brodsky, alejado de su país; también él, terriblemente suspicaz -y susceptible- respecto a las intenciones que atribuía a las palabras y a las conductas de unos y otros; también él -Bolaño- resuelto, desde mucho antes y más radicalmente aún que Brodsky, a quemar las naves y romper los vínculos que lo ataban a su Chile natal, al que se sentía, pese a todo, fatalmente entrañado.

Brodsky postula para su novela la etiqueta de "ficción documental", casi tan espuria como la de "relato real" empleada por Cercas para su célebre Soldados de Salamina (novela en la que, vaya por dónde, también Bolaño cobraba un importante protagonismo). Se trata de una etiqueta destinada a amparar su libro bajo un estatuto ambiguo, limítrofe, que autoriza y cuestiona a la vez la tentación de contrastar sus contenidos con el criterio de veracidad que opera en los relatos netamente autobiográficos.

En la reseña de Veneno que publicó este suplemento (9-XII-2012), Pedro Gandolfo escribía: "El narrador impone al lector el estatuto, la clave lectiva, y lo coloca en la posición de estar permanentemente examinando y cotejando el carácter autobiográfico del texto con la realidad expuesta. En esta mixtura de ficción y realidad, ¿qué dimensión cubre una debilidad de la otra y viceversa? El autor rehúye narrar una historia ajena y, a su vez, el narrador rehúye hacerse cargo de la historia del autor".

Gandolfo parecía impacientado por este contradictorio ardid, que, sin embargo, Brodsky emplea de manera bastante consecuente, extremando la vía ya ensayada en su novela anterior, Bosque quemado (2008), que sirve de explícito referente de esta.

Se trata aquí, en definitiva, mucho antes que de un texto confesional, de un penoso ajuste de cuentas consigo mismo y con sus circunstancias, que tiene por objetivo prioritario desanudar las propias ataduras y posibilitar, a través de la escritura, la refundación del propio mito, esa construcción social de nuestra propia identidad en la que nosotros mismos hemos participado y que, llegada cierta hora, puede llegar a pesar como una losa sobre nuestras aspiraciones a vivir distintamente.

El empeño de Brodsky es profundamente solipsista: su escritura no trata tanto de representar como de conjurar la realidad a la que se enfrenta y que él se permite distorsionar a su antojo, no tanto para estilizarla o denigrarla, como para dirimir con trazos a veces sutiles, a veces muy gruesos, su polémica relación con ella.

Esa realidad coincide en no escasa medida con la idea que él tiene de Chile, de su historia reciente, de su sociedad, de su cultura. De ahí que, por mucho que el impulso principal de esta escritura sea de naturaleza suicida (la novela es la plataforma que Brodsky emplea para inmolarse a sí mismo y dar cabida al nuevo hombre que aspira a ser: en este sentido se trata de una novela del conflicto de la edad madura), no pueda desatenderse la voluntad interpeladora, a menudo provocadora que anima Veneno , y que, sumada a su parcial condición de crónica hiriente, debería ser objeto de una contestación -airada o conciliadora, desmentidora o incluso burlesca, lo mismo da-, o al menos de un acuse de recibo, por parte de los agentes culturales.

Bosque quemado era una novela excepcional, y a mi juicio logradísima. Veneno eleva la apuesta y transita, con difíciles equilibrios, por acantilados en los que más de una vez se abisma, lo cual no desmerece la radicalidad de su atrevimiento, ni menos aún la calidad de algunos episodios sencillamente espléndidos, de una prosa que, en medio de su frondosidad y de su a ratos agobiante espesura, alberga pasajes memorables.

 


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