Entrevista Publica su quinta novela
Gonzalo Contreras: "Cada día me repele más la idea del escritor profesional"

A nueve años de la publicación de La ley natural, sus protagonistas reaparecen en Mecánica celeste, la quinta novela del narrador chileno. Los personajes y el autor tenían una nueva batalla que dar.  

María Teresa Cárdenas 

Gonzalo Contreras (Santiago, 1958) se toma su tiempo. Nueve años tuvieron que pasar para que publicara un nuevo libro. Más de dos horas duró la entrevista. Escribe, borra, escribe, corrige. Habla, explica, se retracta, puntualiza, insiste. La búsqueda de la frase adecuada y de una coherencia interna excede el límite de la página escrita y se instala en la conversación con un propósito nada inocente de controlarlo todo. No teme parecer soberbio o arrogante, asume sus costos, pero por ningún motivo está dispuesto a dramatizar su intimidad, a que se cuente lo que pasó en estos últimos años, cuando una crisis alcohólica lo tuvo al borde del abismo. No. Gonzalo Contreras parece ir de hombre duro por la vida. Y si hablar de su hija, Magdalena, le hace brillar los ojos, rápidamente advierte: "No pongai esa h...".

Un postre, dos cafés y varios cigarrillos acompañan la conversación. Ni un trago. Lo dejó hace tres años, el mismo tiempo que le tomó escribir Mecánica celeste (Planeta). ¿Un sobreviviente? "No pongai esa h...". Lo cierto es que está radiante con este retorno a las pistas. "Nueve años es mucho, ¿no? Podría haber un vacío en medio, pero no lo hay, retomo mi línea de tiempo", dice.

Tal como en sus novelas anteriores - La ciudad anterior , El nadador , El gran mal , La ley natural -, el punto de partida de Mecánica celeste (Planeta) fue una imagen: un arquitecto perplejo ante una casa blanca en un día soleado de primavera. "No tenía más punto de partida que ese. Todavía no sabía qué tipo de casa", recuerda. Pero había algo más: la plena conciencia de que los personajes de la Ley natural no habían agotado sus historias. Así, en una decisión inédita para este escritor, el arquitecto Francisco Bertrán; su ex mujer, Diana; su sobrina, Bárbara; Rudy, el vecino allegado, y sobre todo Muriel, la ex mujer de su hermano muerto por sobredosis de morfina, fueron convocados nuevamente a la ficción. O más bien, ellos buscaron a su autor.

"Esa historia había quedado inconclusa -explica-. Tenía un final feliz, y por lo tanto el final era abierto. Yo nunca escribo bajo un dictado ni un programa, pero sentí y se me fue imponiendo que esos personajes todavía tenían mucho que decir. En La ley natural habían dado la primera batalla; en la segunda obra tenían otra batalla que dar".

-¿Te costó retomar a los personajes?

-El personaje no es una entelequia. Es un ser de carne y hueso al que yo veo. Yo trabajo con una imagen visual de ese personaje, entonces no me cuesta mucho seguirlo en sus propios derroteros. Los cambios que se pueden haber producido no han sido planeados ni deseados ni planificados.

-¿Te preocupaba no publicar en tantos años?

-Si alguna vez en los noventa me planteé la idea del escritor profesional, esa idea cada día me repele más. Ese escritor que saca una novela cada dos años, así tenga o no algo que decir en ella; una novela de la cual te puedas arrepentir. Es algo que no quisiera nunca para mí.

-¿No te has arrepentido de ninguno de tus libros, entonces?

-Yo te diría que de muy pocas páginas. No he escrito ningún Cuaderno de don Rigoberto ni ninguna Marquesita de Loria... Y de hecho se reeditan ahora en Planeta La ciudad anterior y El nadador .

-¿Influyó en tu decisión de continuar esta historia el hecho de que "La ley natural" tuviera una crítica dividida?

-No, para nada, no escribiría una novela entera para reivindicar un texto anterior.

-¿Cómo se sumaron los nuevos personajes, el padre de Muriel, su ex novio...?

-Los personajes siempre aparecen de modo inesperado. Yo escribo sin plan previo. Y me preocupo de cumplir ese no plan. Cada personaje tiene sus propios apetitos, sus propios sentimientos y según eso actúa. Su propia situación en el mundo. Lo que pasa es que yo construyo personajes, otros no saben lo que es eso. Yo nunca he pensado que tengo una buena historia para contar, la historia surge desde dentro de la novela. Y justamente del cruce de destinos. En ese sentido es ficción pura, pero los lazos que crean los personajes no son ficticios.

-En estos años tú también has cambiado. ¿Enfrentaste de manera distinta la escritura?

-Si bien la ficción funciona por su propio mecanismo, no hay otra perspectiva del mundo que la del autor. En nueve años he cambiado, tendría que ser un idiota para no hacerlo. Pero uno sigue siendo el mismo. Lo único que te puedo decir al respecto es que tal vez en esta novela hay más luz que en las otras. Donde sí tuve un cierto propósito fue en reproducir los cielos azules de mi infancia, del Santiago de los años sesenta. No me preguntes por qué. Hay una nostalgia por volver a esos cielos azules. Yo quería que la novela estuviera dominada por esa luz. Es una cuestión de orden estético y sentimental.

-¿También ético? ¿Personajes más luminosos?

-No, no iría tan lejos. Es solo una luz ambiental. No dispongo de focos especiales para poner sobre uno u otro personaje. Estos quedan a su libre albedrío, mi responsabilidad sobre ellos es limitada.

-En toda la novela hay una crítica a la pérdida del escenario arquitectónico, a la transformación de Santiago. ¿También es la nostalgia?

-Los problemas que plantea esta novela, en el sentido del tipo de relaciones, el tipo de ciudad, el tipo de convivencia, creo que no existían en los sesenta. Hay una discusión acerca de cuál ha sido el resultado de ese Santiago contemporáneo, si el resultado ha sido feliz. Yo uso la arquitectura en este caso como una especie de metáfora de la sociedad. Pero además me he hecho cargo de Santiago como escenario.

-Y su transformación es un tema recurrente en tus novelas.

-Por alguna razón la discusión arquitectónica me interesa más que la discusión literaria. Es más honesta, y se hace desde la buena fe. Un personaje en la novela dice "culpamos a Santiago de no ser bella, de no tener ningún valor patrimonial, que todo se podía echar abajo, porque no éramos Buenos Aires ni éramos París, que era carne de demolición". Hoy eso no es tan evidente, sobre todo porque buena parte de la arquitectura que ha reemplazado lo que se ha echado abajo es mediocre, hecha con parámetros meramente comerciales, económicos. Salvo la arquitectura de élite. Tal vez ahora que tengo 55 estoy viendo imágenes de mi infancia con más recurrencia que antes. Hay barrios de los que no queda nada de nada. Donde iba a fiestas, pololeos, en fin. Y ya más recientemente, El Parrón, el café de El Patio, son parte de mi biografía. Hace poco veía una hermosa casa en Pedro de Valdivia con la máquina comiéndosela ¿para levantar qué?, una subsede de una universidad que ya está quebrada, una garita de vidrio y aluminio. Dime tú si eso no es horror.

-Aquí el protagonista además es arquitecto y se ve enfrentado a este tipo de sociedad.

-Mi personaje está haciendo una construcción conflictiva en términos de estética. Villa Badoer es una especie de artefacto de belleza plantado en cualquier lugar. Me interesaba esa idea como del absurdo, como si la belleza pudiera ser absurda. Porque Villa Badoer es un artefacto de belleza, es Palladio, nadie puede decir que Palladio es feo.

-¿Quieres decir que la belleza necesita un contexto?

-Bueno, esa es una pregunta que plantea el libro, probablemente.

-Tal como la arquitectura, parece que también las relaciones de pareja están destinadas a la destrucción y transformación.

-Claro, es un reemplazo. Y esos reemplazos no necesariamente son felices. El título se debe a eso, al comportamiento de los cuerpos celestes según su campo gravitacional, a su capacidad de atraerse y de repelerse, como nosotros, los seres humanos. Me encontré con el título hojeando la enciclopedia británica, sin ningún afán, en Kindle. Ahí estaban Laplace y la mecánica celeste, y dije: ¡Tate!

-¿Hay más bondad en Francisco en esta novela, donde no solo establece una relación paternal con Bárbara sino que acoge a otros?

-No sé si es tan bondadoso. Pero él no le cierra la puerta a nadie. Son todos náufragos. La idea de una familia experimental no me es extraña.

-Con la memoria de Pascal, en cambio, es más duro.

-No hay juicio con el hermano, porque él siempre fue el más quedado de los dos. Yo diría que hay una cierta envidia de que alguien pueda tenerlo todo y desperdiciarlo todo. Tal como lo he hecho yo. Porque yo soy los dos, soy Francisco y soy Pascal.

-¿Entre la adicción y la salvación?

-Tú quieres que hable del trago... Yo no voy de sobreviviente de nada en particular. O soy sobreviviente de todo; soy sobreviviente del hecho de ser escritor, de la contemporaneidad. Y de haberme dedicado a esto desde el día uno, y nunca haber hecho otra cosa que esto. Me gusta la idea de un continuo; aunque nos pese, seguimos siendo los mismos. Uno está obligado a cambiar, pero lo que no quiero es decir que antes fui otro del que me he despedido.

-¿Qué te obligó a cambiar?

-El haber llegado a ciertos límites. De ahí no se podía pasar. Era la destrucción total.

-¿Qué fue lo que te detuvo ?

-Yo llegué al borde del acantilado, vi hacia abajo. Al lado mío estaba mi hija.

-¿Por eso le dedicas el libro a ella?

-Reencontrarme con la escritura era parte de reencontrarme conmigo mismo... Lo que menos quiero es dramatizar este asunto. Yo sí me asomé al acantilado y desde el punto de casi no retorno hice un pacto.

-¿Ya habías empezado a escribir esta novela?

-No, parte después. A mediados de 2010 me pongo a escribir. Fueron tres años, pero siempre bajo el método de la novela como un acto de averiguación más que de información. Había un desafío que va más allá de cualquier circunstancia, que es cómo escribir, de qué escribir después de los 50. Una incógnita de si algo se había malogrado. Tenía que probar mis propias fuerzas, hay que hacerlo cada vez que uno acomete una novela. Y la misma escritura te ayuda a entender tu entorno, a resituarte, a ocupar un lugar.

-¿Llegaste a algunas conclusiones nuevas?

-Sí, a una culminación que es muy esperanzadora para mí: que para que exista una novela basta con que haya dos, un uno y un otro. Y todo lo demás vendrá por añadidura, todo puede construirse desde ahí. Y eso hace que no tengas que recurrir a temas, ni buscarlos en el almanaque.

-¿Cuánto crees que ha cambiado la literatura chilena bajo el influjo de Bolaño, a diez años de su muerte?

-La obra de Bolaño está determinada por una especie de apocalíptica, y detrás de toda apocalíptica hay un furioso sermón. Y los seguidores de Bolaño están más furiosos todavía. El problema no es que la vida se acabe. Esa es una solución narrativa relativamente fácil, el problema es cómo continúa, cómo continuamos en ella con dignidad y con prestancia. Y en estas literaturas de moral unívoca no hay espacio para la belleza, para los afectos, para la contemplación, para la compasión.

-¿En qué se expresa esa "moral unívoca"?

-Como toda apocalíptica supone que la vida es un horror. Todos son malos. Así, a rajatabla. Y todas esas morales unívocas son moralistas, el mal, el mal. Al final quedas en un ataúd. Eso es todo, se cierra. Y eso nos lleva a un mundo como el de Melville; yo creo que Bolaño en 20 años va a estar en el mismo anaquel del Melville de Moby Dick , digamos, en la literatura juvenil.

-¿Sientes una vitalidad nueva para seguir escribiendo?

-No le tengo miedo al futuro literario. Esta va a ser mi quinta novela más dos libros de cuento. Supongamos que si vivo veinte años más, escribiré otros cuatro libros. Yo creo que ya voy a haber agotado mi stock ; es como la cuota de belleza. Hay un continuo y yo creo que esta novela cierra todo lo que he escrito hasta ahora. Esta novela es mi statement.

La obra de Bolaño está determinada por una especie de apocalíptica, y detrás de toda apocalíptica hay un furioso sermón.

 


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Foto:Francisco Javier Olea

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