sábado 28 de septiembre de 2013  
 
El cielo de Gaspar Galaz
 
Es el astrónomo más prominente de su generación, pero ha tenido que asumir otro rol: la vocería de los científicos chilenos. Acá propone un cambio radical en el sistema educativo, crítica la actitud de sus pares y cuenta cómo le cambió la vida después de "morir tres veces".  

POR Rodrigo Fluxá / retrato Sergio López I. 

Un astrónomo camina entre aviones buscando uno en particular. Ese astrónomo, Gaspar Galaz, cree que no hay dos cosas que sean más diferentes que mirar las estrellas y volar en el cielo; entre la abstracción de una y la materialidad de la otra. Se acerca a un Piper Tomahawk blanco, toca un antiguo modelo de guerra. Entra en un hangar. Es mediodía en el Aeródromo Tobalaba y el sol está brillando afuera. Adentro, bajo techo, le cuesta adecuar la vista sombra. De pronto aparece: alas azules y amarillas. Y el astrónomo Galaz, dice:

-Este es.
 
Es justo decir que Gaspar Galaz, 46 años, profesor de la Universidad Católica, el astrónomo más promisorio de su generación, lleva toda su vida adulta tratando de resolver dos preguntas: ¿cómo se forman las galaxias y por qué algunas galaxias dejan de producir estrellas? Las posibilidades de responderlas hace 22 años, cuando comenzó a observar el cielo, pasando horas mirando por un telescopio, eran mínimas. Hoy, cuando ya no tiene ni siquiera que ir a terreno, solo recibir un DVD con datos digitales desde los modernos centros instalados en el norte de Chile, sus chances mejoran.

-Cuando se instalaron los primeros telescopios grandes, que lograban ver hasta 9 mil millones de años atrás, creíamos que lograríamos ver el nacimiento de las galaxias, pero ya estaban formadas. Hoy estamos ya viendo hasta 11 mil millones, pero aún no llegamos. Es un poquito más atrás.

-¿Cosa de tiempo? ¿De hacer un poco más potentes los telescopios?

-Sí. Pero puede ser mucho tiempo: el tiempo y la distancia en el Universo no es parejo, no es lineal. Antes el espacio era más chico.

-Puedes estar toda la vida dedicado y nunca llegar a encontrarlo.

-Por supuesto, es muy bonito. El avance de la ciencia está marcada por los fracasos. Es de las empresas menos eficientes que hay. Si no pregúntale a la gente que investiga sobre el cáncer; ¿cuál es un porcentaje de productividad de ellos? Y eso que ha habido avances, porque tienen gran financiamiento y es una enfermedad terrible, pero no han sido eficientes: llevan 40 años en lo mismo. Y no es culpa de ellos, es que es muy difícil. En esta tipo de sociedades inmadura, hay gente capaz de decirles inútiles a ellos. La astronomía es lo mismo; ver estas galaxias es muy complicado, la gente le hace el quite, porque trabajamos al límite de las capacidades, son galaxias que están muy lejos, emiten luz muy débil que cuesta observar. Es muy apasionante. E incierto".

-¿Por qué?

-El gran paradigma, la gran idea loca que todos toman por verdad porque no se ha podido encontrar nada mejor, es la existencia de la materia oscura. La materia oscura es el gran edificio de la cosmología hoy en día, sin embargo nadie la ha visto; se sabe que existe algo, pero nadie puede decir con certeza qué es la materia oscura.  Si se demuestra finalmente que no existe, que es otra cosa, hay que reinventar todo lo que se sabe, todo se cae. Me parece excelente, fantástico.

-Pero tu trabajo de, no sé, sesenta años, no serviría de nada.

-Otros perdieron cien años.

-¿Y si encuentras cómo se forman las galaxias? ¿Qué cambiaría?

-Sabríamos algo más, algo importante sobre nosotros. Pero si me preguntas de qué serviría: de nada. Completamente inútil.

-¿Y no te molesta trabajar en algo inútil?

-Es que es inútil. Y la gracia es esa: que quizás pueda servir para mucho, pero en la práctica es inútil y es bueno que sea así. Defiendo esa inutilidad. Por lo demás, está lleno de cosas inútiles que aparentemente son útiles. El fútbol: hay gente que vive de eso, a mucha gente le importa, pero si desapareciera, no importaría. Por otro lado, la mecánica cuántica, en su momento, era inútil: un montón de gente volada y descabellada tratando de imaginar lo que le pasaba a un electrón cuando viaja por el espacio. Y sin embargo hoy los celulares serían impensables sin esa gente, sin esos inútiles. Hoy, ante cualquier proyecto científico la pregunta es: ¿y para qué sirve esto? Pensando en un plazo, de no sé, tres años. Yo no pienso así; en 50 años puede que no ocurra nada con lo que hago y eso está bien. La única manera de hacer ciencia, es la libertad absoluta. Cuando los científicos empezamos a pensar en las patentes que podemos lograr con lo que hemos trabajado, no me gusta. Mezclar la ciencia y la tecnología, como un tutti fruti, no es bueno. Cuando los científicos empezamos a pensar en las patentes que podamos conseguir, no me gusta. La ciencia cuando ha progresado en la humanidad es cuando no ha habido ningún fin técnico inmediato".

-¿Eso pasa en Chile?

-Acá todos los fondos de investigación vienen con un apellido; fondo de la investigación para grandes computadores,  fondo para aplicaciones tecnológicas y así. No investigación porque sí. Pero el problema acá es mucho más profundo, ni siquiera llegamos a ese estado. Si lo miras, es increíble: Codelco, empresa gigantesca, miles de millones de dólares y no tiene un centro tecnológico del cobre. No estoy hablando de tres científicos encerrados en una oficina; digo, ¿dónde está el edificio de 30 pisos, dónde científicos se dediquen todo el día a hacer aplicaciones y desarrollo científico del cobre en su más amplia expresión? No existe. Te habla mucho del país: si toda nuestra economía depende del cobre. Basta que alguien, en otra parte del mundo, invente una aplicación con las mismas propiedad de nobleza en la conducción eléctrica y chaolín: se acabó el cobre. Lo mismo con la industria salmonera; mira cómo están y por las razones en qué están como están".

-¿Te sorprende lo alejado que están estos temas del debate?

-No. Yo creo que es marginal también, porque la ciencia en el desarrollo de Chile ha sido marginal. Los científicos hemos sido marginales; no somos buenos para mostrar lo que hacemos, no hay política de puertas abiertas. Yo trato de aportar, porque la astronomía es muy importante como vehículo para traspasar la aventura científica a los jóvenes. Pero es muy poco: en Francia existe la "Noche de las Estrellas", en el que un canal dedicaba 24 horas a la astronomía. En Chile es impensable, ¿quién está dispuesto a entregar ese espacio y dejar de ganar plata? ¿Qué industria estaría dispuesta a avisar algo así? Pero, no sé, uno mira la historia y entiende: hace cuarenta años la prioridad del país era darle medio litro de leche a los niños, por la desnutrición. Hoy superamos esa etapa y la prioridad es que todos tengan una tele. No está la carencia de alimento, pero hay otras carencias, que no sabemos bien en qué van a desembocar: la gente está muy sola, carente de afecto. Toda la gente tiene los pies en la tierra y eso no es bueno.

El abuelo homónimo de Gaspar Galaz era el dueño de una fábrica de muebles que estuvo varias veces cerca de ser expropiada durante la UP. Era un conservador a la antigua, posterior pinochetista y un comerciante competente, pero tenía una pasión oculta: las matemáticas. Pasó veinte años, sin decirle a nadie, tratando de desarrollar en sus tiempos libres un método algebraico que pudiese partir un ángulo en tres partes iguales. Ya mayor, lo desempolvó de una caja de detergente y se lo mostró a su nieto. Fue a probarlo a la Facultad de Matemáticas de la Universidad Católica: funcionaba tan bien como un problema sin solución precisa podía funcionar. Solo un puñado de personas en la historia, Newton incluido, lo habían podido resolver.

El padre homónimo de Gaspar Galaz es uno de los escultores más destacados de Chile y figura clave en la recopilación de historia del arte del país.

-¿Te ayudó crecer con esa figura paterna para trabajar en lo que hiciste después?

-En realidad, no. Tengo buenos recuerdos de mi infancia, pero ninguno con mi papá. Él jamás estuvo presente cuando yo crecía. Se iba temprano, llegaba muy tarde, no tuve muchas actividades con él. Además, se separaron cuando yo tenía diez años, fue todo un sisma. Más grande, cuando tenía ya 17 años, empecé a conocerlo.

-¿De dónde vino lo de la astronomía?

-De los libros. Había biblioteca en mi casa, porque mi mamá es geógrafa y profesora de Historia. Ella era más bien de centro, pero la echaron de la Católica el 75 por pensar distinto. Ahí ella se fue a la Academia de Humanismo Cristiano, una especie de universidad informal al alero del cardenal. Fue un súper ambiente en el que crecer; a los doce, trece años, hacíamos paseos; me acuerdo haber conocido a Ricardo Lagos, a Fernando Paulsen, a Juan Pablo Cárdenas. Muy estimulante. A los 17, mientras todos mis amigos estaban en fiestas, yo me hice socio de una asociación de astrónomos aficionados y me pasaba los sábados en la noche en El Arrayán, en el cerro Pochoco, mirando con el telescopio. A nuestra manera, lo pasábamos bien".

-¿Cuánto influye el tipo de infancia que uno tiene en lo que llega a ser finalmente?

-Mucho. Lo más importante es que mis papás tenían la cualidad, porque yo lo encuentro una cualidad, de darme mucha libertad. Yo tuve ocio, largos tiempos de ir en patota al colegio. Hoy es un acarreo permanente de niños en auto de un lado a otro.  Era un mundo mucho menos protegido y no necesariamente más inseguro: hoy todo es más protegido y la sensación con que crecen es de más inseguridad, una cosa inventada, un imaginario. Veo a los niños de hoy y no les dejan nada al azar; tienen todo planificado, tienen más actividades que los mismos adultos. Yo tenía tiempo  de desarmar una radio si me daban ganas, para ver cómo funcionaba. Tiraba una piedra y trataba de calcular cuánto se demoraba en caer. Miraba las olas en la playa y trataba de entender cómo se formaban. Ahora, si alguien me miraba de afuera, podría pensar que estaba perdiendo el tiempo.

-Eso tiene que ver con lo que decías entre ciencia y tecnología. Difícilmente un niño ve un celular y quiere desarmarlo para ver cómo funciona.

-Pareciera que no. La gente está más automatizada en el uso. Por eso es importante que haya gente en los colegios que muestre lo natural. Que los científicos pongan en énfasis en lo que realmente vale la pena.

-¿Qué vale la pena?

-Las ideas. Que los niños vayan a un cerro y descubran qué hay debajo de las plantas. En mi casa no hay cable; hay tele, pero ve media hora de monitos y sería. Lo mando al patio. No quiero que nadie le arme la cabeza distinto. La otra vez plantamos un poquito de pasto en el jardín y llegaron tres tórtolas a comerse las semillas; él estaba muy preocupado. Al otro día las tórtolas no se vieron más y justo en ese lugar crecieron tres flores. Y él nos dijo, sin saber contar, que era obvio que las tórtolas habían comido muchas semillas y se habían convertido en flores. Una abstracción total. Es lo que digo: no creo que a los niños de hoy haya que meterles conocimiento. Sé que hay jardines donde les enseñan el sistema solar. O sea, qué sentido tiene eso, es ridículo. Que lo descubran solos.  Los niños necesitan sinapsis en su cabeza, en sus neuronas, y eso lo hacen jugando, teniendo momentos de ocio. Mi hijo llega cansado del jardín y se tira en la cama a ver por la ventana hacia afuera; pensando quizás qué. Y después dice; ya descansé. ¡Eso no es perder el tiempo!

-¿Cómo te gustaría que le enseñaran a tu hijo en el colegio?

-En el colegio, en general, rebajaría la mitad de los contenidos. Enseñan demasiadas cosas. En sexto básico, les pasan el funcionamiento detallado de la célula. Ridículo. A los niños no les enseñan a hacer preguntas. Al revés: les hacen preguntas y tienen que responder en base a una receta. Les enseñaría a observar, a que salgan y hagan hoyos. Un niño me preguntaba la otra vez en una charla; si sigo haciendo un hoyo, más allá de la tierra ¿que hay? ¿Tú sabes qué hay?

-....

-Es porque es una buena pregunta. Y tienen que aprender a preguntarse las cosas. En el mundo hoy, el acceso más fácil que hay es a las respuestas. Es cosa de googlear, el conocimiento está al alcance de la mano; las preguntas no, no van a estar a la venta. Sería interesante que a los niños les enseñaran cómo se midió la masa de la tierra, cómo se calculó. Y cuál es la diferencia entre medir y calcular. No el sistema solar de memoria.  El drama es que la educación en Chile está desfasada de los avances: seguimos basándola en conocimientos. Y hasta la universidad; compiten por quién le mete más cosas en la cabeza a los alumnos. Están desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde, sentados, encerrados, qué cosa más horrorosa. Yo les digo a mis alumnos: me voy un poco antes, ya está bueno ya. Estas ideas les quería transmitir y lo hice en 55 minutos, listo, se acabó la clase.

-¿Serán cambios reversibles?

-El mundo ha cambiado mucho; veo a la gente más joven; todos pegados al computador, a la tele, al X box, jugando en línea con 40 jóvenes de Indonesia, a control remoto, todos repartidos por el mundo. Es algo muy peligroso; alguien que esté en eso todo el tiempo es incapaz de entender lo que pasa al lado de su casa. Por eso te digo; en los setenta, el problema se resolvía con medio litro de leche. ¿Y este problema? Estoy justo ahora buscando colegio para mi hijo y toda la gente me dice: hay que tener cuidado con el tema de la droga, el tema de la droga. Y francamente, a mí la droga me preocupa bien poco. Me preocupa más encontrarle un colegio donde tenga un patio para jugar, donde los lleven alguna vez a subir un cerro. ¿Qué necesita Chile más hoy? ¿Qué los niños sepan cosas?  No. Necesita que el niño se de cuenta cuando el otro lo está pasando mal. Ese es un enfoque. Necesita que haya valores. Y esas cosas no se enseñan hoy. 

-La comunidad científica no ha participado mucho del debate en educación.

-Yo diría que nada, hay una omisión grave. Y me incluyo. Lo único bueno de todo lo que pasa en educación es que los jóvenes están en las calles; que se tomen la Alameda, que dejan la embarrada y que sea un enojo transversal es una muestra de que, pese a todo, ellos están sanos.

-¿Sanos cómo?

-Que se dan cuenta de la discriminación e injusticias que hay, de la perversidad instalada en el sistema. Y la educación es la punta del iceberg. Espérate que lleguemos a la salud. Es increíble: imagínate que en un país dónde se pagan impuestos haya una persona con una dolencia grave y que si tiene plata, se opera esa misma noche y si no, ¡te operan al mes siguiente! Eso es perverso. Yo estoy seguro de que en cien años más, cuando se vea con distancia, la gente no lo va a poder creer; había gente que se moría porque no la atendían. Lo mirarán igual que cómo nosotros miramos cien años atrás y vemos que en Chile no había derecho a silla, que un trabajador no podía sentarse en su fábrica durante las horas de trabajo. En educación igual: hoy ¿cómo educamos? Desde la competencia, desde que entran a un colegio hasta que salen de la universidad. ¿Para qué educamos? Para que los jóvenes después puedan ganar más plata. Me parece muy mal y a nadie le hace ruido. Si se habla de una revolución educacional, espero que sea de verdad, que se toquen estos temas.

-¿Con la comunidad científica como parte?

-Lo que pienso al respecto es muy impopular. Hay una deuda del mundo de la ciencia, del arte, pero es porque estamos en el mismo sistema que te estoy diciendo, en el engranaje, en la gelatina de la competencia. ¿Qué se espera de un artista? Que trate de ser destacado en su mundo, para eso tiene que pensar en él. ¿De un científico de mi edad? ¿Qué le exigen las universidades, sus colegas? Que produzca po, que publique, que sea destacado. O sea, visión de túnel. Mucha gente va a estar en desacuerdo, pero el gasto de energía está orientado al individualismo.
 
En paralelo a sus investigaciones, Gaspar Galaz ha intentado llenar un vacío en la comunidad científica chilena; la difusión. Ha hecho programas de televisión, organizado visitas a colegios, a comunidades, editado cuatro libros de astronomía con un lenguaje simple, con un quinto, escrito por él, a punto de salir. María Teresa Ruiz, premio nacional de ciencias exactas, también astrónoma, dice: "Él está haciendo ese desgaste, que es fundamental: la mayoría de nuestro trabajo se hace con fondos públicos y el público tiene que saber y entender en qué se gastan sus impuestos. Él ha tenido esa generosidad y sin dejar de lado la investigación y observación. Porque no nos serviría un rostro vacío, no necesitamos a un relacionador público, sino a un científico que lo haga".

La más relevante aparición de Galaz fue la más inesperada. El cineasta Patricio Guzmán entrevistó a varios astrónomos para su documental Nostalgia de la Luz, pero lo terminó usando solo a él: en la película explica la similitud entre explorar el pasado del universo a través de los grandes telescopios del norte de Chile y la búsqueda de los familiares de los detenidos desaparecidos en el desierto, a pocos kilómetros de los centro astronómicos.

-Ahí reflexionas sobre la naturaleza filosófica de tu trabajo: observar cosas que ocurrieron hace millones de años. Más allá del lado romántico, hay otro bastante depresivo: es un recordatorio constante y diario de lo pequeño e irrelevante que eres. ¿No te afecta eso?

-Puede pasar. Mi papá, por ejemplo, se pone a transpirar. Yo ya lo tengo un poco asumido de antes: no somos solo un granito de arena en el universo, sino que además somos absolutamente frágiles. Mañana podemos morirnos. Como planeta, raza, seres humanos, somos absolutamente vulnerables.

-¿No te deprime?

-No. Yo el 2001 estuve a punto de morirme. Estaba en La Serena, organizando una escuela de verano, tuvieron que meterme en un avión a Santiago. Estuve cuatro meses en la UCI por una pancreatitis, por unos cálculos a la vesícula mal diagnosticados, en un error médico lamentable. Me operaron para sacarme la vesícula y quedó la cagá, quedé pésimo. Sufrí una falla multisistémica; me operaron el corazón y en la punción para sacarme líquido, se equivocaron de nuevo y me perforaron el miocardio. Te digo; me morí tres veces.

-¿Cómo racionalizaste eso? ¿Qué conclusión sacaste?

-Primero aprendí que no todo se puede racionalizar. Lo mismo que mirar al universo: todo es muy vulnerable. No puedo decir que llegué a una conclusión; porque una conclusión es muy poco. La vida es más rica que una conclusión. Sé que hay que hacer lo que a uno le gusta. Y sé que hay cosas que no quiero hacer más. Es muy curioso: dónde yo trabajo, hay estacionamientos y la gente siempre se estaciona en el mismo lugar, pese a que no están asignados. Uno pasa tanto tiempo automatizado y acostumbrado y no viviendo. Segundo, hacerle caso a la intuición. Yo me sentía raro antes de todo eso, sentía que venía una cagada, pero un doctor me dijo que no. Y le hice caso a él y no a mi cuerpo. Hoy día, a veces salgo a volar, hago todas las pruebas y aunque todo esté bien, todo suena bien, pero siento que mejor que no, no vuelo. No es que actúe por instinto. Dejo al instinto actuar. Y si actúa, no me lo pregunto. Le hago caso".

-Dices que te moriste tres veces. ¿Cómo se siente morirse?

-Sabes que estás muy enfermo, lleno de tubos, te empiezas a sentir muy mal y te desmayas y piensas, justo antes: Ok esto es. No ves luces, solo empiezas a soñar cosas muy vívidas; un viaje a la selva de Venezuela, unas jornadas de trabajo en una fábrica de habas en Peñalolén; me encontraba con mi abuelo que ya había muerto. Y después despertaba, de nuevo entubado y recién ahí me daba cuenta de que seguía vivo. Tengo todos eso anotado en libros, 45 páginas. Con el tiempo he entendido qué era lo que necesitaba mi cuerpo para mantenerme vivo. Me dicen que a veces despertaba y me ponía a hablar en francés una hora. Una vez soñé que volaba; no yo, sino que arriba de un avión que yo piloteaba; manejaba todos los aparatos, cuando ni siquiera había hecho el curso aún, cuando ni siquiera era socio del Aeródromo Tobalaba. Y ¿sabes lo más raro de todo?

-¿Qué?

-Que el avión que volaba era el de alas azules y amarillas. Y no lo había visto en mi vida. Te deja pensando.

-Alta Delta Golf. Listo para el despegue.

Gaspar Galaz ya está arriba del avión, un Cessna172, en el aeródromo Tobalaba. E insiste: nada más distinto que mirar el cielo y estar en él. "La astronomía son solo observaciones, nada es tangible, ni los telescopios, nada se puede modificar. O sea, solo a partir de la luz tu tienes que recrear la historia entera de universo. La aviación no puede ser más tangible y concreta. Hay que estar conectado con el aparato, con el clima, con los pasajeros. Cualquier abstracción, cualquier desconexión, puede ser fatal".

-Alta Delta Golf, proceda.

El avión se empieza a mover.

-¿El instinto no te advierte que hoy pueda pasar algo malo? ¿Seguro?

-No, hoy no.

"Aprendí que no todo se puede racionalizar.

LO MISMO QUE MIRAR AL UNIVERSO: TODO ES MUY VULNERABLE. NO PUEDO DECIR QUE LLEGUÉ A UNA CONCLUSIÓN; porque una conclusión es muy poco. la vida es más rica que una conclusión".

 

POR Rodrigo Fluxá / retrato Sergio López I..

   
Términos y Condiciones de la Información
© El Mercurio S.A.P.