Dos o tres consejos

por Roberto Merino 

Una noche me llegó al teléfono un mensaje de un remitente desconocido. Decía: ¿cómo se escribe una buena crónica? No contesté en ese momento porque la pregunta me ponía en un escenario que me resultaba indeseable, el del escritor cuya seguridad en sí mismo le alcanza incluso para dar consejos a los demás.

Podría pensar ahora que en ningún momento de mi vida me han servido los consejos literarios. Cada vez que los recibí -más que nada cuando joven- el consejero parecía estar proyectando en mi feble condición de aprendiz sus fantasías, sus deseos, aquellas zonas de su ideal artístico que se encontraban fuera del alcance de la realidad.

Sin embargo, algunas sugerencias han parecido tener sentido. Alguna vez, hacia 1990, ante mis quejas por un bloqueo creativo, Eugenio Dittborn me recomendó tratar de escribir varios textos simultáneos en respectivos pizarrones. La idea de Dittborn era que al desprogramar la disposición habitual de la escritura -la concentración en una dirección única, el carácter más bien íntimo de la página o de la pantalla en blanco- fluirían aquellos materiales inconscientes cuyo cauce se me había extraviado.

Años después, en una situación similar, Neil Davidson me dijo: ¿por qué no escribes en inglés? El sentido de este consejo apuntaba igualmente hacia la desprogramación. De manera implícita suponía que la familiaridad del castellano, de la lengua materna, y las facilidades del oficio, habían desactivado de algún modo mi capacidad de pasar a otra cosa. Estaba, por decirlo así, vencido por las ventajas mismas, pedaleando en banda sobre un mecanismo rodado.

¿Cómo se escribe una buena crónica? Un día después decidí responder la pregunta. Finalmente me pareció que no tenía por qué mezquinar la experiencia adquirida en años de machacar un mismo formato. Y la respuesta fue: no descuides la lógica.

Claro, me he dado cuenta de que cuando un texto no funciona generalmente está presente esa característica: la falta de lógica, que aparece cuando el autor se pone a hacer malabares con lo concreto y con lo abstracto. En este empeño los escritores que fallan suelen incurrir en la ilusión de dar por escrito lo que simplemente han pensado.

Habría que agregar algo más: encontrar una naturalidad propia en el uso del lenguaje. No se trata en este caso de que el lenguaje deba parecer forzosamente natural o reproducir el habla común o el slang de la juventud. Es otra cosa. Cada cual ha formado -en su crianza, en sus lecturas, en sus conversaciones- una figura particular de lenguaje, hecha de palabras prestigiosamente cultas, de garabatos, de giros locales o generacionales, de tecnicismos. Se diría que en el uso de la lengua uno no se puede negar a sí mismo, sobre todo en textos como la crónica, donde la distancia entre el autor y el narrador es mínima y en los cuales uno juega a producir un espejismo autobiográfico.

Se diría que en el uso de la lengua uno no se puede negar a sí mismo, sobre todo en textos como la crónica.

 


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