Entrevista La vida como padre
Roberto Merino: "No me siento un cronista profesional"

Esta semana aparece su nuevo libro, Padres e hijos , una recopilación de sus textos de prensa, esta vez ligados a la infancia. Acá, Merino habla de las trampas de la escritura, del mito de la bondad de la lectura y de su nueva faceta como rockero.  

Roberto Careaga C 

Recibió los libros sin mucho entusiasmo. Apenas los agradeció. Roberto Merino era un niño cuando su padre, con un dramático entusiasmo, le dio sus empolvados ejemplares de infancia de las novelas Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, y La isla del tesoro , de Robert Louis Stevenson. Imaginó que maravillarían a su hijo. Pero Merino los puso a un lado y siguió de largo. Jamás los leyó. Años después, la dinámica se repitió: enterado de que su hijo disfrutaba con las crónicas de Daniel de la Vega, el padre dudó. "No, tú tienes que leer esto, esto sí que es bueno", le dijo, mientras le entregaba una pila de libros de Joaquín Edwards Bello. Roberto también dudó, pero a los pocos días era un púber de 13 años rendido ante el interminable quejido del autor de El roto .

A la luz del tiempo, esa recomendación se convirtió también en un destino: Merino no solo es el editor del rescate de las crónicas de Edwards Bello impulsado por Ediciones UDP -y que ya lleva cinco tomos-, él mismo se ha convertido en un omnívoro cronista y, tal como el maestro, ha hecho de sus textos de prensa un cuerpo literario que hoy, con 53 años, lo ubican entre los mejores narradores chilenos. Antes que todo eso, claro, el intercambio fue un chispazo de sintonía entre padre e hijo y la posible confirmación de una sospecha que ronda sobre Merino: desde niño se adivinaba al adulto que llevaba dentro, quizás incluso al viejo.

Lector de La Araucana a los 12 años, amigos y cercanos lo recuerdan desde siempre como un hombre cultivado, sensato y culto, que apoyado en su barba tolstoiana aparecía invariablemente como alguien mayor. Pero el poeta, autor de Melancolía artificial , entre otros, jugó a los autitos, organizó guerras con soldaditos en su patio, vio con tristeza como sus volantines se perdían en el cielo y se rió con sus compañeros de colegio de palabras de resbaladiza connotación sexual. Fue un típico niño y aún, cada vez con más fuerza, no olvida la experiencia. De hecho, es el sustrato del que está hecho Padres e hijos , su nuevo libro.

Formado por crónicas publicadas entre 2002 y 2014 en Las Ultimas Noticias, el nuevo libro de Merino se mueve en el nebuloso tránsito de pasar de ser hijo a padre, merodea por las dudas y responsabilidades del nuevo cargo y, sobre todo, ilumina ciertas nociones de la infancia que todos tenemos latentes. Como es usual, Merino recurre a su biografía echando mano de un humor perplejo y un tono descreído, que a veces carga de dramatismo y misterio. El niño que fue, aparece como el explorador de enigmas tan cotidianos como lo desconocido tras el muro del fondo de la casa, o vuelve persistentemente cada marzo en la forma de la angustia que lo invadía los días previos de volver al colegio.

Si hay algún centro posible para Padres e hijos , cuenta Merino, está en la crónica "Espectros circulares", que termina así: "Un padre y su hijo siempre están de algún modo dentro de un círculo, y en momentos específicos sus destinos intersectan hasta volverse indistinguibles. Yo fui el destino de mi padre como mis hijos serán el mío. Veo jugar a mis hijos y me perturba el déjà vu : yo mismo arrodillado en un suelo de ajedrez haciendo andar un autito rojo y mi padre a unos metros mirándome fijo, como si estuviera viendo en mí el fantasma de su infancia".

"Me interesaba acercarme a mi infancia como una forma de acercarme a mis hijos", cuenta Merino, padre de dos: Clemente (16) y Agustín (13). Y agrega: "La infancia es algo muy presente, sobre todo para los que tienen hijos. Uno no olvida, está operando constantemente con ese material. De repente sientes una leve modificación de tu ánimo y lo que te invade súbitamente es una asociación muy brusca que tiene que ver con algo de 40 años atrás. Es un bache del ánimo. Hacia arriba o hacia abajo".

Últimamente, el ánimo de Merino ha estado arriba. Es la música. Desde el año pasado es parte del grupo de rock Ya se Fueron. La banda ya tiene un disco que se puede escuchar en la plataforma de internet Soundcloud. El escritor es el mayor del grupo, y el más joven es su hijo Clemente. Ambos se intercambian bajos y guitarras. A veces, también roles: "Lo pasamos muy bien. Yo hablo cualquier barbaridad y él se mata de la risa. Incluso él adopta el papel de padre y me reta, 'ya po, hay que tocar', me dice", cuenta.

-¿Los hijos le cambiaron su idea de la literatura?

-Creo que sí. Hay muchas cosas a las que uno les da importancia o resuenan en tu cabeza que después estás obligado a bloquear o descartar. Cambia el esquema de prioridades. Uno se transforma en otra persona.

-La idea clásica de la vida del escritor es sin hijos.

-Es totalmente sin hijos. Y yo jamás priorizaría la escritura por sobre la proximidad con los hijos. No tengo una especie de sacerdocio artístico. Me cae mal ese tipo que orienta su vida por amor al arte, dejando una estela de problemas afectivos a su paso.

-Nunca fue así ¿o sí?

-Jamás. En algún momento viví el conflicto de la vida familiar y esta cuestión que yo me había impuesto hacer que era escribir. Ahí había una tensión. Consideraba que la vida familiar me quitaba tiempo y espacio. Pero me daba cuenta de que cuando conseguía tiempo y espacio no escribía nada tampoco. Era un conflicto psicológico. No sé si lo solucioné. Tengo una relación rara con la escritura.

-¿Por qué?

-Tengo proyectos congelados. A veces cuando uno escribe un libro puede entramparse en sus propios laberintos mentales. Pero ya se me quitó la ansiedad por escribir.

-¿Se ha entrampado?

-Me ha pasado. El hecho de tener todo el espacio del mundo para escribir, que nadie me diga que tengo que parar, ahí empiezo a perder las referencias. Es bueno este formato de crónicas: lo que uno tiene que decir, debe hacerlo en poco espacio.

-¿Se siente un cronista?

-No. Hay un tipo de escritura que por circunstancias trato de desarrollar, pero podría estar en otro tipo. No me siento un cronista profesional. Puede sonar un poco arrogante, pero sé que podría variar de género si las circunstancias así lo ameritaran. No suscribiría a un gremio de cronistas. No soy un heredero de Edwards Bello.

-¿Las crónicas las escribe pensando en que llegarán a un libro?

-Las escribo estrictamente para solucionar una cuestión momentánea. Si estuviera pensando en un libro futuro no creo que pudiera escribirlas. Es una pasada rápida. Pero si piensas en la frecuencia, semana a semana, hay una cierta continuidad. Hay un tic metafísico de fondo, de que uno está haciendo un libro desmembrado. Me parece un procedimiento legítimo. Claudio Giaconi comentó una vez de un libro mío, según supe: "Sí, está bien el libro, pero quiero verlo cuando escriba un libro". Ahí Giaconi cayó en el espejismo de sobrevalorar el acto de escribir un libro.

-Uno de los tópicos que se repite en "Padres e hijos" es la desconfianza ante la idea de las bondades de la lectura.

-Ahí se cometen excesos bien asquerosos. Lo más molesto es la cuestión moralista. Este deber ser de la lectura. Que te hace mejor. Yo creo que es falso, hay muchos bellacos que leen mucho. Yo jamás obligaría a mis hijos a leer. El más chico, por ejemplo, se vio entera la serie Modern Family y creo que ahí logró algo que uno logra en la lectura también: siguió una comedia con relaciones más o menos complejas, tuvo que hacer una elaboración, no es que recibiera una cosa precocida. Sus capacidades de atención, siendo criado en la tecnología, no han sido melladas. Además, se habla de la bondad de lectura como si todos los libros fueran deseables y algunas de las latas más grandes que uno se ha pegado en la vida han sido con lecturas obligatorias.

-Si pudiera elegir, ¿se quedaría con la experiencia de la música antes que la escritura?

-Si se pudiera, sí, pero es una respuesta que doy en este momento. Es el entusiasmo más nuevo. Me encantaría. La música tiene la fascinación de la confluencia, de lo colectivo. Que es totalmente lo opuesto a la soledad de la escritura. Uno termina relajado, físicamente muy bien. Y escribir es horrendo. Uno termina tenso, con la espalda hecha mierda. Es totalmente antinatural desde el punto de vista físico.

 


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Foto:Héctor Yáñez

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