PINTURA NACIONAL Las huellas de un precursor:
Mujeres en serie: los retratos femeninos de Monvoisin

El 12 de marzo abre al público, en Casas de Lo Matta, una exhibición con veintiocho pinturas de mujeres realizadas por el artista francés que llegó a Chile para fundar, sin éxito, una Academia de Bellas Artes. Y que terminó plasmando a la alta sociedad chilena de mediados del siglo XIX. Su arte mezcla neoclasicismo y romanticismo, obras por encargo y libertad creativa.  

Juan Rodríguez M. 

Tal vez un país siempre sea un proyecto. Pero, cabe pensar, ese proyecto puede estar más o menos realizado. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX, con solo unas décadas de vida independiente, en Chile debía estar todo por hacer. Y para arribar a una identidad se miraba hacia afuera, a la metrópoli; a Europa, claro. O, mejor: a Francia.

Si era francés, era bueno.

Raymond Quinsac Monvoisin -que llegó a Chile en 1843, que pintó a la élite- era francés.

"Mi obra queda"

La situación de las "bellas artes" en el nuevo país no era nada auspiciosa; o simplemente no era. Según Encina (citado por el crítico Waldo Vila en un texto de 1955), casi todo lo que se hacía era de culto. "El número de artistas que trabajaban para satisfacer las necesidades de elemento laico era corto; sus dotes, medianas; su técnica, casi primitiva y ninguno formó escuela".

En ese escenario, y como uno más uno casi siempre es dos, el pintor francés triunfó en Chile.

Nacido en Burdeos, Francia, en 1790, Monvoisin -que ganó dos veces la Medalla de Oro en el Salón de París y obtuvo el segundo lugar en el Premio Roma- estudió en Burdeos, París y Roma. Aunque se formó en el neoclasicismo, lo hizo en una época en que ya pedía cancha el romanticismo (fue compañero de taller de Delacroix).

En 1826, de regreso en la capital francesa y casado con la también artista Doménica Festa, consolidó una carrera como retratista y pintor de temas históricos en la corte: hizo, por ejemplo, un retrato del rey de Francia, Luis XVIII. Sin embargo, uno de esos encargos históricos provocó su caída.

"Puedo afirmar que en los pocos éxitos que he alcanzado solo he tenido motivos para llorar, por razones incomprensibles, para el común de los mortales", anotó alguna vez en su diario. Incomprensible o no, lo que ocurrió fue que se enemistó con el director de museos de Francia -de apellido Cailleux-, es decir, con el responsable de hacer los encargos a los artistas relacionados con la corte: el vaso se rebasó cuando Monvoisin recibió el encargo de pintar "La batalla de Denin".

El funcionario quería ver la obra mientras se realizaba, el pintor se negó y mostró la pintura solo cuando estuvo lista, en 1836. Cailleux no quedó satisfecho y le exigió hacer modificaciones. Monvoisin no quiso y el director de museos le dijo que era su obligación, pues, para efectos prácticos, sus órdenes eran órdenes del rey: "El rey muere, mi obra queda", retrucó el artista.

No hubo vuelta atrás y los encargos fueron cada vez menos. Se separó de su mujer y decidió, entonces, renacer lejos de Francia: consideró Rusia, pero su salud lo impedía. Eligió el fin del mundo.

La construcción de una clase

"Las mujeres de Monvoisin" se llama la exposición que desde el 12 de marzo y hasta el 3 de mayo reunirá en Casas de Lo Matta (avenida Kennedy 9350, Vitacura) 28 retratos femeninos realizados por quien - según dice Antonio R. Romera en su "Historia de la pintura chilena"- fue uno de los precursores de la pintura en Chile.

Ignacia Vargas, directora de Casas de Lo Matta -de la Corporación Cultural de Vitacura-, y Mario Velasco, curador de la exposición (junto a Paula Swinburn), coinciden en que tras "décadas" desde la última muestra dedicada al artista francés, era tiempo de otra.

¿Por qué retratos femeninos?

"Va en la línea de lo que estamos viendo en muestras de afuera", dice Vargas. "Además, el tema de la mujer nos parecía relevante, por resaltar aspectos de la femineidad que son transversales a toda época, como las telas que vemos en los retratos de Monvoisin. Él usa muchos velos y terciopelos, que son tan propios del mundo femenino, así como las flores".

Era la moda europea.

Esa iconografía -también una columna dórica y el uso de rojos, azules y verdes- se ve, por ejemplo, en el retrato de "Doña Bárbara Molina de Herrera" y en el de su hija, "Doña Mercedes Herrera Molina".

Las mujeres eran clave para el trabajo de Monvoisin en Chile. "Nuestra hipótesis es que a través de ellas llegaba a los hombres", explica Velasco. Pagaban más, pues sus retratos son más grandes y de cuerpo entero; mientras que los de sus esposas e hijas en general llegan hasta la rodilla o la cintura.

Pero -moda y negocios aparte- lo más importante es darse cuenta cómo, en estas pinturas, "se ve reflejada la construcción de la élite de la época, que intenta parecerse un poco a la europea", explica Vargas. Y Velasco complementa: "Tenías una clase, por así decirlo, de empresarios, de emprendedores, que no estaba retratada y que no tenían cómo mirarse, cómo saberse". Lo dijo el historiador Guillermo Feliú Cruz: "Si pudiera exponerse en una vasta galería los trescientos o cuatrocientos o quinientos retratos debidos al pincel de Monvoisin, tendríamos reconstruida en un momento la iconografía de los personajes de la sociedad chilena de los promedios del siglo XIX".

Para el crítico Waldemar Sommer, en cuanto retratista "Monvoisin sería la réplica en tierras sudamericanas, hecha por un francés, de los famosos retratistas ingleses del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX. Son retratos competentes, logran el parecido, son elegantes y dejan contentos a los que los encargan. Pero no son geniales. La exposición es interesante, sobre todo históricamente", dice.

El montaje, explica Vargas, se pensó como un diálogo. Por ejemplo, una de las tres partes que la compondrán estará montada de manera circular, para dar la idea de que los retratos, de que las personas retratadas, conversan entre sí.

Las obras provienen del Museo Histórico Nacional, la Pinacoteca de Concepción, el Museo de Bellas Artes de Viña del Mar, el Museo O'Higginiano de Talca y el Museo del Carmen de Maipú y de colecciones privadas.

Largo viaje al sur

"Ha venido a Chile con la intención de crear una escuela de pintura", dijo el embajador francés de entonces, cuando Monvoisin llegó en 1843.

El pintor se había relacionado con varios chilenos en París. Retrató y se hizo amigo de Mariano Egaña y de otros diplomáticos, entre ellos Francisco Javier Rosales, quien lo animó a venir para formar una Academia de Bellas Artes.

Se embarcó en 1842, y en enero de 1843 -apenas instalado- el embajador francés lo presentó a las autoridades chilenas, partiendo por el Presidente Manuel Bulnes. Las tres prioridades del artista eran: fundar la academia, organizar una exposición con los cuadros que traía y empezar a retratar a la élite local.

El proyecto de la academia se estancó por falta de presupuesto, y devino más bien en la escuela "privada" del pintor. (Algunos de sus alumnos fueron Francisco Mandiola y Gregorio Mira.)

Con la exposición le fue mejor. La inauguró en marzo, expuso nueves pinturas de las alrededor de veinte que traía y, cómo no, fue un suceso: vendió y, más importante, se le abrieron las puertas para retratar a la élite; a intelectuales como Andrés Bello, políticos como Bulnes y José Miguel Infante, y familias como la de Dámaso Zañartu.

Un poco de romanticismo

En el volumen dedicado a Monvoisin en la serie "Pintura chilena del siglo XIX" (Origo) se lee que en 1844 alcanzó el apogeo de su carrera como retratista en Chile. Ese año "sus obras muestran una excelencia que después fue decayendo a medida que el artista empezaba a preocuparse por hacer una mayor cantidad de retratos en menos tiempo para ganar más dinero". Para eso tenía varios ayudantes y, se dice, el artista se limitaba "a pintar las cabezas y delinear o bosquejar los cuerpos de sus retratados, y su alumna francesa Clara Filleul, pieza fundamental de su taller, pintaba lo que faltaba". (Era su amante). Y, para ganar tiempo, estampaba los encajes en vez de pintarlos directamente.

Según Diego Barros Arana el taller de Monvoisin adquirió "caracteres de fábrica, tal era la rapidez y manera en que ejecutaba los trabajos". Cobraba seis onzas de oro por "medio cuerpo", si incluía una mano, siete, y con las dos, ocho onzas.

"La mayoría de estos retratos son gélidos, de técnica académica", escribe Vila. Mas, si los retratados o temas le llamaban la atención, como Andrés Bello, se esmeraba. "Tenía inquietudes de otro tipo", dice Velasco, "y aunque las desarrollaba en tiempos más reducidos, muestran a un hombre con una afición por temas más universales". (Vicuña Mackenna dijo: "Sabía ser grande, mediocre o malo, según su capricho, su ganancia o su gloria".) Pintó, por ejemplo, "La captura de Caupolicán", "La abdicación de O'Higgins" (perdida) y "La cena de los girondinos". O un Cristo que está en la catedral de Concepción.

Ahí Monvoisin se liberaba, no más floreros, columnas, terciopelos ni encajes. Asomaba el romanticismo. "En Monvoisin la palabra neoclásico explica un aspecto parcial de su obra, pues hay en ella a la par, atisbos de subjetividad. Algunas de sus telas reflejan los ideales románticos. Su Autorretrato , de 1839, respira un lirismo cercano a Delacroix. El claroscuro es acusado y violento", escribe Romera, quien concluye: "Su pintura -o, mejor, una parte de ella- está regida despóticamente por la razón, derivada hacia la abstracción estilística".

"Es muy superior Rugendas", opina Sommer, "tiene más vuelo. Monvoisin es un buen pintor, correcto".

En la exposición, ese lado más libre, siempre anclado en lo neoclásico, se ve en las obras que no fueron encargos, como "Naufragio del Joven Daniel" y "Elisa Bravo Jaramillo de Bañados, mujer del cacique", que -a partir de un caso real, el naufragio del barco en el que viajaba la joven Elisa- ilustran dos temas típicos de la colonia y de las primeras décadas de las repúblicas americanas: el cautiverio de una mujer blanca a manos de los indígenas y el mestizaje. Otro cuadro destacado, según Velasco y Vargas, es "Dama de Perú". ¿Por qué? Por el nivel de detalle en las telas y porque -raro en Monvoisin- la mujer está pintada de cuerpo completo.

En 1845 Monvoisin viajó a Perú acompañado de Clara Filleul. Instaló un taller, retrató a la aristocracia y en 1847 partió a Río de Janeiro, donde pintó al emperador Pedro II. Ese mismo año regresó a Chile y compró la hacienda Los Molles, cerca de Valparaíso, pues quería radicarse definitivamente. Incluso intentó recuperar a su esposa (viajó a Francia) e incursionó en el negocio minero; pero fracasó en los dos proyectos.

De vuelta del intento de recuperar a su mujer, viajó mucho por el país para preparar, por ejemplo, sus cuadros sobre la joven Elisa. Tiempo después llegó a vivir con él un sobrino, que se hizo cargo de la explotación de la hacienda.

Pura tranquilidad.

Demasiada.

Tal vez por eso se incomodó y empezó a imaginar un regreso glorioso a Francia: dejó Chile en septiembre de 1857 y llegó a su patria en Navidad. "Tuve la debilidad de confiar todavía en mis conciudadanos. Error. Error -escribió-. No encontré más que olvido e indiferencia y mi nombre casi borrado".

En su etapa final, la nostalgia por Chile y América se reflejó en los temas de su obra; por ejemplo: "Caupolicán, jefe de los araucanos, prisionero de los españoles" y "América del Sur".

Murió en 1870, debido a una neumonía. En Francia no fue noticia, sí en Chile. El país sobre el que había dicho, antes de llegar, en una carta a Rosales: "Su patria vendrá a ser la mía. Consciente de la reputación que he adquirido en Europa espero que mi nombre será citado, un día, con orgullo en Chile y que más adelante sus compatriotas podrán pronunciarlo con agradecimiento".

LAS MUJERES DE MONVOISIN
12 de marzo al 3 de mayo.
Casas de Lo Matta.
Av. Kennedy 9350, Vitacura.
Entrada liberada.

 


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Doña Mercedes Herrera Molina.
"Doña Mercedes Herrera Molina".

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