Las grietas del otro terremoto

Mucho antes del 27-F, el sismo del 3 de marzo de 1985 sacudió las vidas de miles de chilenos. Tres décadas después, las de varios de ellos están marcadas de un modo u otro por las réplicas de un sismo que no se deja olvidar. Ya sea porque nada volvió a ser lo mismo desde ese día o porque este martes cumplirán 30 años sufriendo sus consecuencias.  

MANUEL VALENCIA y SERGIO ESPINOSA 

Edita González acababa de instalar un ventanal en la cocina de su departamento en la Villa Olímpica, en Ñuñoa, la tarde del domingo 3 de marzo de 1985. Cuando el reloj marcaba las 19:48 horas, mientras terminaba de ordenar junto a su nieta de 12 años, sintió que el piso se movía. En segundos, la tierra comenzó a rugir. A través de la ventana, mientras se aferraba a un mueble, observó atónita cómo el Block 72 , ubicado justo al frente, se derrumbaba por uno de sus costados. Su nieta gritaba de espanto.

-¡Abuelita, nos vamos a morir!

-No, no nos vamos a morir.

Pero le costaba creer sus propias palabras.

El matrimonio de Ricardo Aguilera y Lucy Flores tomaba onces con sus dos hijos en su casa de Andes con Brasil, cuando todo comenzó a sacudirse. Al salir corriendo a la calle, Lucy vio con estupor cómo las torres y la virgen que coronaban la iglesia que estaba al frente se venían abajo. Las casas del barrio, mayoritariamente de adobe, comenzaban a fracturarse. Pensó lo peor.

A 120 kilómetros de ahí, en Reñaca, Denisse Núñez, entonces de 35 años, pasaba la tarde en su casa junto a sus padres y su hijo. Su esposo, Patricio García, se encontraba en Aysén. Apenas el temblor comenzó a tomar fuerza, abrió la puerta y subieron los 16 peldaños que los separaban de la calle. A 30 metros de ahí, un edificio se movía hasta quebrarse en el tercer piso. Un ruido que nunca más olvidaría.

-Fue el mismo sonido que cuando se casca una nuez.

Tampoco olvidará que un matrimonio gritaba desde uno de los departamentos. Él llamaba a los niños; ella estaba preocupada por sus zapatos y chequera.

El pescador Hernán Soriano se afanaba en la pesca de la albacora, en la costa de San Antonio, cuando una gran ola sacudió la lancha con violencia. Junto a sus compañeros, sintió que algo había pasado. La pequeña radio a pilas a bordo les confirmaría el presentimiento.

Tierra adentro, en Pomaire, el fin del verano todavía aseguraba una buena venta para los alfareros. Aunque faltaba poco para las 20:00 horas, varios mantenían sus locales abiertos para los afuerinos que seguían pululando por el pueblo en busca de ollas, maceteros, pailas, alcancías y chanchitos de greda.

Ida Rubio, entonces de 27 años, había hecho una excepción. Dejó de vender por un momento y entró a vigilar una olla de greda llena de carbonada caliente. Se acercaba la noche y tenía que alimentar a sus cinco hijos. Estaba lista para servir, cuando todo empezó a moverse.

-Fue tan fuerte, que se me dio vuelta toda la cocina y la olla se hizo pedazos. Quedó todo achurrascado y repartido. Tuvimos que salir rápido.

Nada es igual

El terremoto que trizó a Chile el 3 de marzo de 1985 tuvo una intensidad de 7,8 Richter y su epicentro fue una fosa submarina frente a Algarrobo. 177 personas murieron, miles quedaron heridos y decenas de miles lo perdieron todo.

Cuando el suelo se tranquilizó, Lucy y su familia no podían ver bien a su alrededor. "Quedamos llenos de tierra", recuerda. Entre el polvo suspendido y los gritos, el espectáculo era desolador. Su barrio, mayoritariamente levantado con adobe, se había venido abajo. Mientras gran parte de sus vecinos se daban cuenta de que habían perdido sus casas, la suya era una de las pocas excepciones.

Esa noche la pasaron todos afuera, en la plaza. Las constantes réplicas se encargaron de que no pudieran cerrar un ojo. En los meses siguientes, amigos y conocidos tuvieron que mudarse a otros sectores. Ricardo y Lucy, hoy abuelos, siguen en la misma casa, que también resistió el 27-F. Pero su barrio es otro. Donde antes había casas, hoy se yerguen edificios de departamentos; la iglesia nunca recuperó sus torres y su estatua, y los vecinos tienen nuevos rostros. Con dos terremotos en el cuerpo, Lucy se considera "la última raíz de esta cuadra".

El adobe que había levantado a Pomaire ahora también estaba en el suelo. El pequeño negocio de Ida, como el resto del pueblo, era un desastre. Los pocos platos que se salvaron bailaban en el suelo.

-En los días siguientes salían camiones con ollas, platos... todo quebrado. A los pocos días tuve que hospitalizarme en Santiago y dejar a mis hijos con las monjas.

Su amiga Lupita Salinas participaba en una feria de artesanía en Valparaíso cuando ocurrió el sismo. Allí debió dormir en una colchoneta en plena calle antes de poder llegar a Pomaire, cinco días después, sin saber con qué se encontraría.

Su casa era una de las pocas de madera y resistió el embate; su puesto, no. Recién al mes y medio pudo comenzar a vender de nuevo, cuando volvieron el agua y la luz. Pero el retazo del Chile colonial que era el pueblo estaba reducido a escombros. Asomada desde su casa de hormigón, mira a la calle asfaltada donde hoy transitan autos y microbuses.

-Se perdió como era antes, era todo de adobe, y eso hoy ya no se ve.

En San Antonio, la cosa no pintaba mejor. El pescador Patricio Ramírez estaba comprando un termómetro para sus albacoras en una farmacia que vio su último atardecer ese día, porque, como gran parte de la ciudad, no resistió el zamarreo.

-Toda la calle Centenario se cayó. El muelle viejo se hizo tiras y todo San Antonio estaba caído. Fue muy fuerte.

Mientras la lancha de Soriano y sus compañeros regresaba al puerto, se topó con una espesa neblina que no los dejaba ver nada. Terminaron a la altura de Rapel. Cuando finalmente llegaron a su destino, se encontraron con un escenario de guerra.

El mismo que observaba el comerciante Rolando Ríos, quien tenía 34 años cuando su pescadería quedó hecha trizas. Sin negocio, agua ni electricidad, no había pescado para vender y tampoco dinero para llevar a la casa. En los meses siguientes, con su familia vivió de la ayuda solidaria que repartió el programa "Chile Ayuda a Chile".

La Gobernación Marítima cerró el puerto por unas semanas y los pescadores, impotentes, tampoco tenían de qué vivir. Cuando finalmente se hicieron a la mar, Ramírez recuerda que "estuvo mansita por hartos días, era una taza de leche".

Soriano dice que ya dejó la mar. Que ahora trabaja acarreando pescado en unos carretones. Que ya nada es igual.

-En ese tiempo pescábamos la albacora con arpones, a pulso; estaba en todas partes. Ahora se fue a Juan Fernández o a Isla de Pascua, por culpa de los barcos pesqueros de red que terminaron por sacarla de acá.

Escasa ayuda

Parada frente al refaccionado Block 72 de la Villa Olímpica, la mente de Edita va y viene entre 1985 y 2015. Recuerda que la gente gritaba que nadie fumara, porque había escapes de gas. Su departamento casi no sufrió daños, y hasta el ventanal recién puesto resistió. Pero al edificio que ahora mira le falta un pedazo. Es el que se cayó, y que dejó a una vecina atrapada que, sin embargo, logró salvar con vida, aunque moriría en el hospital horas después.

-Creo que fue el corazón.

A su lado, su vecina Milsa Arancibia rememora los intensos días que vivieron tras el terremoto. Se armaron carpas en las plazas interiores del gigantesco complejo habitacional ñuñoíno y camiones aljibe proporcionaban el agua.

-En las semanas siguientes llegaban a robar desde otras poblaciones y los militares pusieron una guardia permanente.

Además de los blocks 70 y 72, que quedaron parcialmente destruidos, las copas de agua de varios otros se vinieron abajo y las escaleras que comunican a los edificios quedaron agrietadas.

Al final, el Gobierno refaccionó las copas dañadas, instaló soportes de acero para reforzar las pasarelas y demolió las partes más dañadas de los blocks. El resto corrió por cuenta del bolsillo de cada propietario. Por eso, dice Milsa, el terremoto de 2010 profundizó las grietas "maquilladas" por los residentes en 1985 y hoy están peor que antes.

En Reñaca, Patricio García también vive las secuelas del sismo ochentero. Su casa, emplazada en una ladera, se mantuvo firme, pero el edificio "El Faro" al otro lado de la calle, no. La nuez cascada que recuerda su mujer era el sonido del hormigón cediendo a la energía de la tierra, que dejó a la torre peligrosamente inclinada.

Pero lo que su vivienda no soportó fueron las 147 cargas de dinamita que a la semana siguiente demolieron completamente el edificio.

-La casa se hundió 18 centímetros y los 26 vidrios se quebraron por las detonaciones, que fueron muy mal hechas.

Pese a que la levantó con pilotes de madera, dice que hasta hoy permanece inclinada. Las explicaciones de los responsables nunca llegaron. Ayuda económica tampoco. Tuvo que pedir un préstamo al banco.

 


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COLGÓ LAS REDES.- Hernán Soriano no sintió el terremoto, pero cuando una enorme ola casi volcó su bote presintió que algo malo había pasado. Cuando volvió a tierra, encontró a San Antonio en el suelo. Ya no sale a pescar. Ahora acarrea pescados en unos carretones.
COLGÓ LAS REDES.- Hernán Soriano no sintió el terremoto, pero cuando una enorme ola casi volcó su bote presintió que algo malo había pasado. Cuando volvió a tierra, encontró a San Antonio en el suelo. Ya no sale a pescar. Ahora acarrea pescados en unos carretones.
Foto:juan eduardo lópez

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