Reedición Libro póstumo:
Luis Oyarzún: "¿Quién nos devolverá los viejos árboles perdidos?"

La Biblioteca Nacional recupera el importante ensayo "Defensa de la tierra", escrito por el intelectual chileno que vivió entre 1920 y 1972. En su contemplación atenta de la naturaleza establece con ella una identificación amorosa, que tiene, sin duda, un rasgo místico. Publicado después de su muerte, mantiene una sorprendente vigencia a pesar de ciertas apreciaciones subjetivas y apocalípticas.  

Pedro Pablo Guerrero 

Murió en diciembre de 1972, "con el hígado en la mano", como él mismo escribió en una de las últimas anotaciones de su Diario , el 7 de noviembre de ese año. El que había sido decano por tres periodos de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile ocupaba en la Universidad Austral el cargo más humilde de director de Extensión Cultural, que asumía con no menor modestia. Él mismo ayudaba a colgar los cuadros de las exposiciones y encargaba los alimentos de los cócteles de inauguración, según recordó alguna vez el profesor Eugenio Matus Romo, alumno suyo en la juventud -como tantos otros intelectuales y escritores chilenos- de su curso Introducción a la Filosofía, en el antiguo Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, situado en Cumming con Alameda.

Otro ex discípulo de esos tiempos, Enrique Lafourcade, lo visitó en Valdivia. Muchos años después lo recordaría escribiendo para defender la vida de alerces, araucarias y otros árboles aún más escasos. Una de sus últimas cruzadas personales fue salvar un tulipanero o tulipero ( Liriodendron tulipifera ) amenazado por las obras de una construcción. Oyarzún habló con las autoridades municipales, escribió artículos en el diario y llevó su campaña a las radios locales hasta conseguir su objetivo.

"Defensa de la tierra" es un libro póstumo de Luis Oyarzún. Fue publicado por Editorial Universitaria en 1973 con prólogo de su gran amigo Jorge Millas. "La primera muerte, que es para la tierra que lo engendró y cobijó definitiva, no podemos remediarla", escribe el conocido filósofo chileno. "No lo dejemos también desvanecerse y salvémoslo de la segunda muerte [del olvido]". Eran seguramente palabras que había preparado para su discurso funerario, que no alcanzó a leer por culpa del aguacero que se desató en el momento en que depositarton el ataúd de Oyarzún junto al nicho.

Que sea póstumo no significa que "Defensa de la tierra" pertenezca a esa clase de libros dudosos, armados por amigos o parientes del difunto. Su autor lo había escrito, tal como "Diario de Oriente" (1960) y "Mudanzas del tiempo" (1962), a partir del Diario que llevó por 33 años. "Fue preparado por el propio autor con trozos entresacados del Diario , de los que eliminó las fechas para darles una presentación ensayística", escribe el profesor Leonidas Morales en el prólogo del "Diario íntimo" de Luis Oyarzún (1995). Procedimiento habitual en la composición de la mayoría de sus libros, "'Defensa de la tierra' (...) no es sino un montaje a partir de fragmentos cuyo lugar de origen (...) se halla en el Diario , y que en el traslado conservan la forma primitiva o sufren reescrituras", establece Morales.

"La tierra está enferma de nuestra alma"

La reedición que acaba de hacer la Biblioteca Nacional -se presentará en la Universidad Austral de Valdivia el 30 de marzo y en Santiago el 23 de abril- contribuye a salvar a Luis Oyarzún de una segunda muerte. Además de un valioso anexo ("De puño y letra") con poemas inéditos escritos en colaboración con sus amigos Hernán Valdés, Roberto Humeres y Andrés Pizarro, "Defensa de la tierra" tiene un nuevo prólogo, encargado a la filósofa Carla Cordua, Premio Nacional de Humanidades, alumna de Oyarzún en la Universidad de Chile y participante en sus salidas a terreno.

"El impulso que produce el pequeño libro sobre la tierra es el defensivo. Oyarzún defiende los derechos de la tierra. Quiere decir, en primer lugar, que la tierra, esa realidad viva, productiva, acogedora y hermosa, tiene derechos que no están siendo debidamente respetados", escribe la autora del prólogo a la edición de 2015.

A la manera en que lo haría un abogado, Luis Oyarzún esgrime pruebas en su vehemente alegato. La mayor parte, sobre todo en los primeros capítulos del libro, se basa en su experiencia personal: lo que él ha visto en sus excursiones, solo o junto a sus amigos, a localidades tan diversas como Huara, Caleu, Icalma y la Quebrada del Tigre, en Zapallar. Una segunda serie de argumentos proviene de sus lecturas de prensa y libros divulgativos de la entonces naciente ecología.

Oyarzún parte de una premisa inquietante: "Esta piel del planeta, que nos fue dada para administrarla con amor, está esterilizándose. La avidez, la ignorancia, la incuria, todos los males del alma empobrecen la tierra y la destruyen. La tierra está enferma de nuestra alma.

La preservación del suelo es un deber sagrado. Ama a la tierra como a ti mismo , debió también decirse. Mas los hombres no acertamos a amarnos a nosotros mismos. La tierra que nos rodea es el espejo del alma humana. Mas el hombre quiere romper su espejo".

En la tala de los bosques, en sus incendios, en la caza de sus animales y hasta en la acción de cierta agricultura, el ensayista ve las pruebas de su tesis. Ver . Esta palabra es fundamental en Oyarzún. "Era un ansia de ver la suya, que se aplicaba por igual a la naturaleza y el hombre, fundiendo en la unidad de un solo espíritu contemplativo al artista, al naturalista y al filósofo", escribe Jorge Millas en el prólogo de 1973.

Han pasado 42 años desde la primera edición de "Defensa de la tierra", pero el libro podría haber sido escrito esta semana. "En lugar de los ritos de celebración terrestre -acusa el autor-, nos entregamos a las grandes ordalías de los bosques en llamas. Desde diciembre sufrimos el calor artificial de unos días sofocantes, de unas noches alumbradas frente a las ciudades y pueblos por la brasa de los cerros ardiendo, unos cerros ahora calvos y amarillos, de donde bajaban en otro tiempo, en la zona central de Chile, mujeres y muchachos que vendían cubos de maqui y cóguiles".

El cóguil o cohuilvoqui es un arbusto trepador, como una liana, ya raro en los tiempos de Oyarzún. En otro pasaje recuerda la extinción del sándalo de Juan Fernández y hace notar la crítica situación del alerce, "en vías de desaparecer, firme y en pie, pero ennegrecido, como un viejo guerrero vencido".

En su evocación de las especies perdidas, el ensayista se apoya en las observaciones de naturalistas extranjeros como Eduardo Poeppig, Claudio Gay, Federico Johow y sobre todo Rodulfo Amando Philippi ("Hojeé mi vieja Botánica de Philippi, compañera inseparable de excursiones"). Precisamente un grabado del "Viage al Desierto de Atacama: hecho de orden del gobierno de Chile en el verano" (1853-54), escrito por el sabio alemán, ilustra la portada de la nueva edición de "Defensa de la tierra", cuyas páginas están decoradas con láminas de "Flora peruviana et chilensis" (1794), de Hipólito Ruiz y José Pavón.

Otro libro de cabecera de Oyarzún es "La sobrevivencia de Chile" (1958), de Rafael Elizalde Mac-Clure, reeditado en 1970 con el auspicio del Ministerio de Agricultura. Oyarzún se basa en él para mostrar el papel de "colonizadores de todas las razas" en la deforestación del paisaje chileno. "Porque ninguna se salva. Ni los actuales mapuches ni los viejos españoles", afirma. Así lo demuestra su viaje a la laguna de Icalma, donde visita la casa de un anciano pehuenche, levantada con madera de araucaria, comprobando que los bosques de esa especie han sido explotados "con torpeza" por los habitantes nativos y "vendidos a vil precio" a especuladores madereros. La misma incuria advierte en una excursión al lago Panguipulli, en la provincia de Valdivia, donde comenta indignado la quema de un bosque. Sin embargo, el indio que lo lleva a caballo le replica: "¡Viera usted la fuerza con que salen después los renovales, patrón!".

En su visita a Huara, antaño glorioso pueblo minero, comprueba los estragos de una sequía que ya se extiende por 20 años. Solo el tamarugo que da nombre a la pampa resiste en pie. "Habría que canonizar a este árbol heroico, que crece sin agua en los arenales, saciando su sed en las napas más profundas y atreviéndose a levantar su fina alzadura entre los terrones removidos del salitre".

De vuelta en la zona central, llama a los peumos, quillayes, lingues, avellanos que crecen en las quebradas "guardianes de las aguas, protectores de hombres, animales y plantas". Se maravilla al contemplar el interior de un tronco de maitén: morado, púrpura y siena. Su muerte, a manos de leñadores, lo hace sufrir, imaginando que la sangre de Cristo circulaba por él. "Algo tendré que hacer para salvarlos, aunque no sea sino cantar su ruina. ¿Quién nos devolverá los viejos árboles perdidos?", pregunta.

Se admira de la resistencia de las palmas chilenas ( Jubaea chilensis o Jubaea spectabilis ), "que Darwin consideró monstruosas, las más feas de las palmas, por la deformidad del tronco. Se llevaban la palma de la fealdad. Un poco parecidas a nosotros los chilenos, a nuestra geografía, a nuestra vida", comenta el autor. Explotadas por su miel y diezmadas por los incendios, se pregunta si morirán también "víctimas de nuestro amor por el desierto". Confía, en cambio, en la perduración de las Alstroemerias , que crecen desde Tarapacá hasta la Tierra del Fuego, en especies conocidas popularmente como añañuca, flor del traro y amancay.

La sequía golpea al Norte Chico y la zona central en los tiempos en que Oyarzún explora sus rincones. "He pensado varias veces escribir un triste, desolado poema sobre la sequía. Para hombres de mirada vegetal, virgiliana o agrícola, no hay catástrofe peor. ¡Nuestros valles calcinados, nuestras quebradas secas, silenciosas, sin gota de agua surtidora!". Sin explicar cómo, la asocia a la acción de los hombres. Huertos y bosques están amenazados por ricos y pobres, chilenos y extranjeros, derechas e izquierdas. Ni por un momento se le pasa por la mente que tal fenómeno obedezca a ciclos climáticos cuya duración supera la vida de un hombre.

En el capítulo titulado "El smog de Santiago" se queja de la "falta de paisaje" de la ciudad y su "asfixiante plenitud atmosférica y urbana". El cuadro que pinta de ella, por contraste con la naturaleza, no puede sino ser un vivo retrato del infierno: "Todo está mustio, agobiado bajo el peso del polvo humano. Millones de seres humanos se agitan en esta ciudad seca, entenebrecedora, árida, sin río ni mar en que descansen el ánimo y la vista". ¿Y la cordillera? Para Oyarzún es solo una "piedra borrosa". El cerro San Cristóbal -que el cronista recuerda en una visita invernal que hicieron a su cumbre el Presidente Eduardo Frei Montalva y su canciller, Gabriel Valdés- ofrece una vista desoladora del valle, digna del Purgatorio.

Panteísta, orientalista y cristiano

Convencido de que el hombre es "esencialmente depredador", lo culpa de la destrucción de su ambiente y de sí mismo, pero al mismo tiempo ve en su naturaleza dual un impulso conservacionista que se manifiesta en la ecología y en iniciativas como el Día de la Tierra (1970), la Conferencia de Estocolmo (1972) y la aprobación, en Estados Unidos, de leyes que protegen a especies vulnerables. Rebate, por otro lado, las acusaciones que la izquierda realiza a la defensa de la tierra de ser "una nueva máscara del imperialismo para desviar la atención de las masas" de las luchas de liberación nacional y la guerra de Vietnam, entonces en su apogeo.

Las ideas del astrónomo inglés Fred Hoyle sobre la revolución de conciencia que significó para el hombre el hecho de ver imágenes de su planeta desde el espacio, le hacen creer a Oyarzún en la posibilidad de "un nuevo despertar". Adhiere, asimismo, a los planteamientos de la pionera ecologista Rachel Carson y sus denuncias sobre la contaminación del medio ambiente por el uso de pesticidas.

El sustrato religioso de Oyarzún, sin embargo, lo hace plantear este daño en términos cristianos. "¿No será éste, por antonomasia, el pecado original? No hay hierba o pájaro que pudiera contar una historia alegre o benigna de su dominador, el hombre". No es casual su llamado a ser "custodios" y "siervos franciscanos" de la flora nativa, tal como en otro pasaje escribe que "necesitamos invocar a los dioses otra vez. Tener, como los griegos y tantos otros pueblos primitivos y arcaicos, dioses protectores del mar, de los ríos, de los arroyos, de los vientos". En su contemplación atenta de la naturaleza, hasta el punto de establecer con ella una identificación amorosa, hay, sin duda, un rasgo místico. Con razón dirá Jorge Millas que la religiosidad de Luis Oyarzún "funde con originalidad profunda en un solo abrazo de sí mismo y de la naturaleza, la visión panteísta del mundo, la concepción orientalista del nirvana y la vocación cristiana de inmortalidad personal".

"Defensa de la tierra" es el testamento redactado in extremis por uno de nuestros pensadores más lúcidos y apasionados. Su apología tal vez resulte por momentos subjetiva, carente de pruebas científicas y apocalíptica. Como todo evangelista, tiende a creer que los últimos años de su propia vida son también los de toda la humanidad. Correlacionar el empobrecimiento de la tierra con el de la cultura de quienes la habitan es un tópico que tiene una larga tradición en Chile, al menos desde la lectura de Spengler. Sin embargo, las advertencias del ensayista, viajero y filósofo no han perdido actualidad. Tal vez no podamos recuperar "los viejos árboles perdidos", como lamenta Oyarzún, pero todavía hay tiempo de salvar los nuevos.

"Defensa de la tierra" es el testamento redactado in extremis por uno de nuestros pensadores más lúcidos y apasionados.

 


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Palmas ( Jubaea chilensis ) en La Campana. Darwin las consideró monstruosas por la forma del tronco. Gabriela Mistral las llamaba las cuelludas.
Palmas ( Jubaea chilensis ) en La Campana. Darwin las consideró "monstruosas" por la forma del tronco. Gabriela Mistral las llamaba "las cuelludas".

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