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Un avispero en la sacristía

Domingo 22 de marzo de 2015



Joaquín García- Huidobro 

De un día para otro, todos los chilenos saben que hay un obispo que se llama Juan Barros. Diversos eclesiásticos han rechazado su nombramiento en la Diócesis de Osorno, y piden su renuncia. No solo la sacristía está alborotada, varios políticos se han sumado al descontento y el ministro de Defensa llegó hasta el extremo de suspender la última misa de Mons. Barros como obispo castrense, alegando su disconformidad con la designación papal.

Algunos ven en esta rebelión una señal de madurez de los católicos y de genuino compromiso con su fe. Me imagino que esa madurez los llevará a pagar el 1% a la Iglesia y a defender los principios cristianos las 24 horas del día en todo lugar, incluida la arena política. En la discusión hay cosas curiosas: un determinado político, que ahora señala que "como católico" debe expresar su malestar, no tenía problema en afirmar, años atrás, que él no era ningún beato, justificando así su visita al Barrio Rojo de Ámsterdam. Celebro que este caso lo haya ayudado a recuperar su coherencia cristiana.

No conozco al obispo Barros, pero apuesto diez a uno que entre sus prioridades vitales más profundas no se hallaba la de ser obispo de Osorno. Si es así, ¿por qué no renuncia y se evita una úlcera? Resulta audaz hurgar en las psicologías episcopales, pero me atrevo a pensar que, como hombre culto, sabe que los papas llevan muchos siglos luchando por su derecho a nombrar obispos sin intromisión del poder civil o de grupos de presión. No siempre han tenido éxito, pero lo cierto es que si Mons. Barros renuncia sentará un precedente que le causará problemas al Papa no solo en Chile, sino en todo el mundo. Dudo que la Iglesia quiera enfrentar una proliferación de manifestaciones pidiendo "obispos a la carta".

El caso Karadima es terrible para sus víctimas y doloroso para los creyentes. Aunque la fe no debería fundarse en las cualidades personales de los clérigos, lo cierto es que los ejemplos de coherencia son una ayuda para los fieles. Ahora bien, si alguien piensa que el obispo Barros fue cómplice o encubridor de ciertos delitos, debería llevar el caso a la justicia, sea civil o eclesiástica. "Las pruebas, lamentablemente, no son suficientes", se dice. Si es así, comprendo que las víctimas de Karadima lancen tales acusaciones, pero quienes no estamos en esa situación debemos tener cuidado antes de sumarnos a una lapidación pública.

Da la impresión, sin embargo, de que el problema aquí no es de complicidad. Más bien, Juan Barros y otros no creyeron a tiempo denuncias que después se comprobaron verdaderas. Después de la batalla somos todos generales, pero hay que hacer un esfuerzo para ponerse en la situación de tales personas, para quienes el padre Karadima era un inspirador y esas acusaciones aparecían como calumnias malignas, lo que los llevó a tratar mal a los acusadores. Su problema parece haber sido la ingenuidad. ¿Constituye esa deficiencia un obstáculo insuperable para ser obispo? ¿Resulta incompatible con la política de "tolerancia cero" de los abusos? El Papa ha estimado que no.

En el caso de los creyentes, hay otro factor que complica el análisis sereno del asunto. Todos tenemos la tendencia a identificar grupos o personas a los que atribuimos la concentración de la maldad, y en cuya denuncia fundamos nuestra superioridad moral. Es un procedimiento bastante primitivo, pero muy real, denunciado por Cristo en el Evangelio (Lc. 18, 9-14). En este momento, esos "leprosos morales" son las personas que estuvieron cerca de Karadima, mañana quizá serán otros: como si la posibilidad de equivocarse o de cambiar no tuvieran lugar en el cristianismo.

Por una prudencia elemental, es necesario alejar de puestos de responsabilidad en la Iglesia a los autores de abusos, por arrepentidos que estén. Pero eso no significa que deban quedar manchados de por vida quienes hayan estado cerca de los abusadores o creído en su inocencia.

Puede ser que el Papa haya estado mal informado. Cabe que su decisión sea equivocada. Pero también es posible que, al trasladar al obispo Barros a esta nueva responsabilidad, Francisco esté dando una señal a la Iglesia. Quizá esté marcando ciertos límites que indican cuál es el margen de error que inhabilita y cuál, supuesto el reconocimiento de los errores, resulta compatible con el ejercicio de un puesto de autoridad. No hay que olvidar que Francisco es un hombre de gestos.

La polémica en torno al nombramiento va más allá de nuestras fronteras y del momento político actual. Los papas llevan muchos siglos luchando por su derecho a nombrar obispos sin intromisión del poder civil o de grupos de presión.