El MIR en los 60. ¡Pueblo, conciencia, fusil!

Con un seminario que reunió a figuras como el diputado Gabriel Boric y el ex presidenciable Marco Enríquez-Ominami, se recordaron esta semana los 50 años de la fundación de ese movimiento. Aquí Alejandro San Francisco, doctor en historia moderna por la Universidad de Oxford, explica los orígenes del grupo, su opción por la "vía violenta" y sus diferencias con el resto de la izquierda.  

 

El Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, fue uno de los grupos generacionales más interesantes en la década de 1960. En alguna medida llegó a representar los aires contestatarios y rebeldes de toda esa época, pero también fue una manifestación visible de la polarización política que acabaría dramáticamente unos años después. Su fundación se remonta al 15 de agosto de 1965, hace exactamente medio siglo.

Se suele decir que el MIR nació del impacto de la Revolución Cubana, liderada por Fidel Castro y el Che Guevara, que alcanzó una resonante victoria en 1959 y que trajo la Guerra Fría a poca distancia de los Estados Unidos. De paso, el régimen socialista de la isla radicalizó a un sector de la izquierda chilena: el Partido Socialista proclamó la violencia revolucionaria como "inevitable y legítima" para llegar al poder (en su Congreso de Chillán en 1967); numerosas figuras vieron en Cuba un modelo a seguir, aunque con las particularidades de la realidad nacional, y viajaban habitualmente a la isla, entre ellos el propio Salvador Allende; se formaron grupos guerrilleros, de los cuales el MIR fue el más representativo. Sin embargo, sus orígenes intelectuales y políticos son bastante más complejos que eso.

Ideología y praxis política

Recientemente, Eugenia Palieraki ha publicado un interesante y bien documentado libro: "¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años sesenta" (Santiago, LOM, 2014). Uno de sus méritos es que relativiza la "cubanización" del MIR, y busca sus orígenes de una forma más comprensiva. Así, es posible observar dentro de la formación del movimiento influencias plurales, entre las que destacan las trayectorias militantes de ciertas figuras antes de 1965, como el dirigente sindical y presidente de la CUT Clotario Blest, quien en su discurso reivindicaba la politización y la radicalización. Otro grupo relevante son los trotskistas, que siempre tuvieron una relación compleja con las revoluciones comunistas en distintos lugares del mundo, siendo habitualmente perseguidos dentro de la URSS y en los partidos comunistas prosoviéticos, como era el caso del chileno.

Sumado a estas tradiciones, en esos años también cobró importancia la coyuntura política, especialmente después de la elección presidencial de 1964, cuando Eduardo Frei Montalva derrotó a Salvador Allende. Para entonces la revolución socialista daba un paso atrás y se veía muy difícil, si no imposible, llegar al gobierno por la vía electoral. La postura del MIR era clara: las clases reaccionarias jamás entregarían el poder por vías democráticas. A ello se sumaba un antecedente histórico: ninguna revolución socialista había caminado por vías pacíficas o electorales.

Así se llegó a agosto de 1965, cuando se desarrolló el Congreso de Unidad Revolucionaria, en Santiago. Estaban presentes distintas agrupaciones y personalidades de la izquierda, con figuras del sindicalismo, como Blest, el historiador Luis Vitale y los jóvenes de la Universidad de Concepción que tendrían una trayectoria crucial en el MIR: los hermanos Edgardo y Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Bautista von Schouwen, entre otros. La Declaración de Principios, que sería aprobada en septiembre, mostraba clara impronta marxista y leninista: "La finalidad del MIR es el derrocamiento del sistema capitalista y su reemplazo por un gobierno de obreros y campesinos, dirigido por los órganos del poder proletario, cuya tarea será construir el socialismo y extinguir gradualmente el Estado hasta llegar a la sociedad sin clases. La destrucción del capitalismo implica un enfrentamiento revolucionario de las clases antagónicas". Fundamentaba su acción "en el hecho histórico de la lucha de clases", reconocía el carácter internacional del proceso revolucionario y se manifestaba convencido de que el siglo XX sería el de la extinción del capitalismo.

Resulta interesante su planteamiento en relación a los demás partidos de la izquierda. "Las directivas burocráticas de los partidos tradicionales de la izquierda chilena defraudan las esperanzas de los trabajadores; en vez de luchar por el derrocamiento de la burguesía, se limitan a plantear reformas al régimen capitalista, en el terreno de la colaboración de clases, engañan a los trabajadores con una danza electoral permanente, olvidando la acción directa y la tradición revolucionaria del proletariado chileno. Incluso, sostienen que se puede alcanzar el socialismo por la 'vía pacífica y parlamentaria', como si alguna vez en la historia de las clases dominantes hubieran entregado voluntariamente el poder". La razón de su rechazo a la "vía pacífica" es que desarmaba políticamente al proletariado, reafirmando las doctrinas de Marx y Lenin, en el sentido de que "el único camino para derrocar al régimen capitalista es la insurrección armada". Así había sido en el plano teórico, como había planteado el primero en el Manifiesto Comunista, y como refrendaría el líder de la revolución bolchevique en "El Estado y la revolución".

Con esto el MIR expresaba una radicalidad que no estaba presente en toda la izquierda, que por años había ido consolidando el proceso de construcción de la "vía chilena al socialismo", como ha mostrado el valioso estudio de Marcelo Casals, "El alba de una revolución" (Santiago, LOM, 2010). Por el contrario, el nuevo movimiento mantendría distancias ideológicas y prácticas con los partidos tradicionales, el Socialista y el Comunista, que alcanzarían una clara y consistente presencia electoral. El MIR, como explica Palieraki, seguiría más bien la vía de las armas sobre la vía de las urnas, y pasaría a las acciones directas entre 1967 y 1970: asaltos, ocupaciones de campos y fábricas, secuestros. Por lo mismo, serían calificados de terroristas y el gobierno de la DC perseguiría a los líderes del MIR y los pondría fuera de la ley, lo cual no impidió que durante este periodo los jóvenes rebeldes tuvieran sus primeras victorias, incluso en el plano electoral, precisamente en la Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción. Los miristas denunciarían las torturas en sus detenciones.

Un momento crucial donde se mostrarían los caminos divergentes de la izquierda chilena se produjo con ocasión de la elección presidencial de 1970, cuando Salvador Allende encabezó nuevamente la coalición, ahora llamada Unidad Popular. El MIR, por el contrario, planteó su postura en un documento cuyo título es elocuente: "Elección, no; lucha armada, único camino". La tradicional muñeca política de Allende llevó a una colaboración impensada: les pidió no seguir con acciones violentas durante la campaña; a cambio de eso los financiaría. Por otra parte, algunos militantes del MIR serían miembros del GAP, la protección personal de quien asumiría como Presidente de la República.

La figura de Miguel Enríquez

Una característica del MIR fue su juventud, y siempre se le asocia al liderazgo de Miguel Enríquez, aunque este solo encabezó al movimiento en una segunda etapa, desde 1967. El joven estudió en la Universidad de Concepción, en la misma zona donde había desarrollado su infancia y juventud.

Cuando emergió a la política, mostró rápidamente su personalidad, como se aprecia en una anécdota con Robert Kennedy, quien visitó varias naciones de Sudamérica hacia 1965: "Los Kennedy tienen las manos manchadas de sangre", afirmó con decisión, y luego lo encaró, acusando al imperialismo norteamericano de generar la pobreza que sufría Chile por esos años. Podemos imaginar el ambiente que se respiraba.

El episodio aparece narrado en la biografía reciente de Mario Amorós, "Miguel Enríquez. Un nombre en las estrellas" (Santiago, Ediciones B, 2014), publicada con ocasión de los cuarenta años de su muerte. Tiene un tono ciertamente hagiográfico y acrítico, pero es una obra bien informada desde la perspectiva del pensamiento del movimiento y de su acción pública bajo los gobiernos de Frei, Allende y Pinochet, aunque carece de revisión de fuentes más distantes o condenatorias del movimiento y su líder. No hubo momentos de pausa en esos años, tiempo breve pero vertiginoso, con muchos jóvenes fascinados con el ideal revolucionario, dispuestos a asumir la vía armada para llegar al poder, y recelosos de las propuestas de cambios cosméticos y avances precarios.

Quizá por eso era el propio Enríquez quien reclamaba hacia finales de la Unidad Popular sobre la necesidad de dejar de lado las "ilusiones reformistas", convencido de que no era posible hacer una revolución a medias con la "democracia burguesa". Volvería a hacer el mismo análisis después del 11 de septiembre, precisando que el fracaso de la UP se debía a "la ilusión reformista de modificar estructuras socioeconómicas y hacer revoluciones con la pasividad y el consentimiento de los afectados, las clases dominantes", en un tema que requiere una revisión, como la desarrollada por Julio Pinto en "¿Y la historia les dio la razón? El MIR en dictadura, 1973-1981".

El problema es que los jóvenes rebeldes de Concepción -que habían tenido un crecimiento importante aunque insuficiente a fines de la década de 1960- formaban un grupo bastante homogéneo, pero lejos de las corrientes principales de la izquierda chilena de entonces. El propio Miguel Enríquez, como se desprende de muchos de sus textos recopilados y publicados, tenía una propuesta doctrinaria muy clara, inflexible y decidida, aun en las circunstancias más adversas y dentro de una posición autónoma al interior de la propia izquierda, lejos de la coexistencia pacífica promovida por los comunistas, distanciados vitalmente del PS y sin formar parte de la Unidad Popular.

Muchas veces se exagera la importancia del MIR en la descomposición de la democracia chilena, señalándose que su opción por la violencia habría desatado un camino sin retorno. Sin embargo, el tema es mucho más complejo, y estudiar al MIR no significa sobrevalorarlo, así como su opción revolucionaria no fue exclusiva ni tampoco la más relevante. Sí, en cambio, un análisis adecuado del tema permite darnos cuenta de que la democracia, "burguesa" le llamaron muchos, se fue quedando progresivamente con menos defensores, con promesas de revoluciones líricas o violentas que no llegaron, en una historia mucho más corta y dramática de lo que habían esperado sus miembros y simpatizantes. Todo esto sigue requiriendo de un análisis histórico, con ampliación de fuentes y una mayor profundidad en la reflexión.

 


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Alejandro San Francisco
Alejandro San Francisco


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