Pueblo sin compasión

por Camilo Marks 

Claudia Piñeiro - Betibú , Las viudas de los jueves - es la novelista más popular, más exitosa y más regaloneada por los medios en Argentina. Aunque esto último dice poco -los escritores vecinos viven en una permanente sociedad de halagos mutuos-, Piñeiro por lo general escribe bien, sabe construir novelas eficaces, su estilo resulta convincente, es cultivada y en numerosos pasajes de sus obras desliza referencias literarias harto conocidas, que hacen creer a cualquiera que está frente a un artefacto muy artístico, cuando en verdad se encuentra ante un texto extremadamente efectista o tan sentimental que bordea lo folletinesco. La astucia de Piñeiro no consiste en pasarnos gato por liebre, sino en todo lo contrario: jugar con nuestras emociones básicas para hacernos creer que estamos leyendo una obra en tono menor con dimensiones universales. El truco es antiquísimo: se trata de contar situaciones excepcionalísimas, tiradas de las mechas, tratándolas cual circunstancias domésticas, de forma que, sin querer queriendo, terminamos atrapados en intrigas prefabricadas, si bien bastante bien armadas.

Una suerte pequeña , su último libro, confirma todo lo anterior. Si lo abordamos con una perspectiva, digamos, racional, todo se viene abajo a partir de las primeras páginas. Sin embargo, al suspender el juicio crítico, le creemos cualquier cosa que se le ocurra y podemos terminar llorando a grito pelado al cerrar el volumen. Quizá más que en sus títulos anteriores, Piñeiro descansa aquí en las coincidencias, las casualidades, el azar y, huelga decirlo, el aciago y atormentado destino de la protagonista. María Elena Pujol, convertida en Mary Lohan, regresa desde Boston a un suburbio bonaerense donde vivió hace dos décadas, con el aparente propósito de evaluar a un colegio de enseñanza inglesa, en el que tuvo una experiencia espantosa, que le hizo abandonar a su hijo y partir sola a Estados Unidos; durante el trayecto en avión, conoce a Robert, un bondadoso, empático e inteligente ciudadano que al solo verla se hace cargo de ella y es su compañero hasta morir. María o Mary nunca tuvo las cosas fáciles: sus padres fueron disfuncionales bordeando lo patológico; Mariano, su marido, salió un monigote que prosperó gracias a su acaudalada parentela, y Federico, el fruto de la unión, es el motivo oculto tras el viaje de la heroína. Lo que la hizo dejarlo fue un horrendo accidente que causó la muerte de Juan, un niño que viajaba en auto junto a Mary y Federico. El pueblo donde ocurre la tragedia se llama Temperley y es, literalmente, un pueblo sin compasión: nadie perdona a María, nadie muestra un ápice de compasión hacia ella, todos la culpan de modo inmisericorde por la horrible suerte de Juan, en la que le cupo una mínima responsabilidad; su esposo la encierra y la amenaza con los peores males, incluida la pérdida de la tuición, si se atreve a salir sola a la calle; en fin, su existencia y, peor aún, su futuro, se convierten en un círculo vicioso, del que es imposible arrancar. La única escapatoria es el suicidio, aun cuando eso sería cargar a Federico con una culpabilidad insuperable, por lo cual la sola vía que le queda es irse. Gracias a Robert puede terminar sus estudios interrumpidos en Boston, dar clases de español y literatura y armarse del valor suficiente para volver, con el único fin de tratar de contactar a Federico.

Desde luego, nada de esto es creíble: por más provinciana y cerrada que sea la sociedad en la que Mary vivió, por más hipócrita que sea el medio en el que se desenvolvía, o por más ignorantes y necios que fueran los habitantes de Temperley, es inconcebible que no haya habido absolutamente nadie -exceptuado, claro, el señor Maplethorpe, un caballero de ascendencia inglesa- que hiciera un mínimo esfuerzo por ponerse en su lugar o tratar de comprenderla. Y aquí es donde radica el singular talento de Piñeiro, ya que logra convencernos de que lo imposible es plenamente posible, de que el prejuicio reina sin contrapesos y de que las malas lenguas son capaces de llevar a una mujer inteligente, sensible, lúcida, a la locura sin paliativos.

Claro que, para llevar a cabo sus melodramáticas tretas, Piñeiro recurre a una prosa sobrecargada y, a la vez, asaz simple, a episodios reiteradamente patéticos y, ya lo dijimos, a un sentimentalismo desbordante, disfrazado con citas, discursos protofeministas, comparaciones entre la convivencia civilizada y el matadero de la aldea, de modo que si no echamos unos lagrimones al terminar Una suerte... nos sentimos como perros.

Quizá más que en sus títulos anteriores, Piñeiro descansa aquí en las coincidencias, las casualidades, el azar y, huelga decirlo, el aciago y atormentado destino de la protagonista.

 


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Una suerte pequeña Claudia Piñeiro Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2015, 233 páginas, $10.000. Novela
Una suerte pequeña Claudia Piñeiro Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2015, 233 páginas, $10.000. Novela


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