¿Es deseable la igualdad?

Axel Kaiser Director ejecutivo Fundación para el Progreso 

Una de las confusiones más comunes en la discusión en torno a la igualdad es aquella según la cual los liberales son contrarios a ella. Nada puede ser más alejado de la realidad. Los liberales no son ni contrarios, ni partidarios de la igualdad. Lo que promueven es, siguiendo a Lord Acton, la libertad. En la visión liberal, lo que hay que hacer para determinar si una distribución del ingreso determinada es justa o no, es examinar el proceso que le da origen primero.

No se puede decir en forma a priori que la desigualdad es injusta solo porque existe. Ni siquiera Marx pensó eso. Según Marx, la desigualdad bajo el capitalismo era inmoral porque respondía a un sistema de explotación donde unos se beneficiaban a expensas de otros y no por el hecho de existir.

Para la visión liberal, una sociedad justa es aquella en que se respeta el derecho que cada uno tiene a perseguir sus propios fines con los medios de que dispone. Si de ahí se siguen resultados iguales, no hay objeción moral que formular. Lo mismo ocurre si los resultados son desiguales.

Ahora bien, se podría argumentar que desde un punto de vista sociológico no da lo mismo que haya desigualdad, porque esta hace más difícil la convivencia social e, incluso, incide en el poder específico que cada uno tiene de afectar asuntos públicos. Ahí entramos en una discusión que no es tanto de principios sino más bien de economía política. Pues aún si fuera cierto que debemos perseguir una mayor igualdad por razones de utilidad social, esto no significa que la forma de hacerlo sea incrementando el tamaño del Estado y aumentando impuestos. Y es que perfectamente podría ser el caso, como prueba en parte la evidencia, que aumentar impuestos e incrementar el gasto público no solo destruya las oportunidades de surgir de los menos aventajados, sino que incluso profundice la desigualdad por la captura que grupos de interés hacen de los beneficios que distribuye el poder político. Este, como sabemos, no opera en un vacío sino en un contexto plagado de presiones, lobby e intereses.

La igualdad podría ser entonces deseable por razones de utilidad social, pero imposible de obtener por la vía estatal sin pagar un costo aún más elevado que el que genera lo que se pretende remediar. Cuando Milton Friedman dijo que una sociedad que se empeña en perseguir la igualdad por sobre la libertad termina sin ninguna de las dos, estaba aludiendo a esta porfiada realidad. Y apuntaba a algo que la evidencia confirma: que una sociedad libre, en que las personas pueden interactuar y crear valor en el proceso dinámico de emprendimiento, es un camino mucho más efectivo para conseguir no solo bienestar para todos, sino mayores niveles de igualdad tanto de ingresos como de oportunidades.

Pero digamos por un momento que el Estado puede garantizar efectivamente mayor igualdad. La pregunta entonces es: ¿vale la pena que todos estemos más igual aunque estemos peor? La pregunta es pertinente porque no existe la varita mágica que permite redistribuir riqueza sin generar ningún efecto sobre su creación. Al menos eso es algo que los partidarios serios de la igualdad deberían reconocer. Y ello los obliga a reflexionar en torno a la pregunta no solo de cuánta libertad están dispuestos a sacrificar para conseguir igualdad, sino de cuánto del bienestar y oportunidades de los menos aventajados, cuyo progreso depende de que haya creación dinámica de riqueza, están dispuestos a destruir para igualar.

En suma, los igualitaristas deben contestar al menos tres preguntas fundamentales:

1) ¿Por qué debemos considerar injustas desigualdades que se siguen de un proceso en que se respetan las decisiones de personas que reconocemos libres y que excluye, precisamente por dañar la libertad, cosas como el fraude, el robo, etc.?

2) Si, como muestra la evidencia, son altas las probabilidades de que la redistribución estatal, en lugar de disminuir, aumente la desigualdad, ¿por qué insistir en esa fórmula contraproducente?

3) Asumiendo que sea posible incrementar la igualdad por la vía de la redistribución estatal, ¿vale la pena forzar la igualdad si eso implica, como también muestra la evidencia, deteriorar las posibilidades de surgir de los más desaventajados?

 


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