Instrucciones para jóvenes escritores

Escribir es hacer todos los gestos y todos los actos posibles, sin acometer casi ninguno.  

Rafael Gumucio 

Escribir no es natural. Eso lo debes saber ante todo y sobre todo. Escribir es contra natura, todo el placer y el dolor que sacas de ahí proviene de ese hecho. Por eso cuando te sientas y sale todo de una vez, te resulta como un milagro, por eso te sientes entonces como dios sacando de la nada la vía láctea y todos sus estrellas y agujeros negros. Por eso también no hallas la hora de dejar de hacerlo cuando no sale nada, por eso tú, que odias que te manden a comprar el pan, serías capaz de ir a comprar el pan a la panadería más lejana del barrio, viajar a Nueva Zelandia a pie, tatuarte la Mona Lisa en la nuca y tomarte todo el alcohol del botiquín con tal de no escribir lo que ya no te acuerdas quién te manda a escribir. Por eso cuando lo haces, cuando logras sentarte, o cuando algo más fuerte que tú te sienta, te parece que el mundo entero debería detenerse a leerte, por eso te resulta imposible que no lloren con lágrimas vivas con lo que sacaste de algo que es tu cuerpo, tu vida, todo tú en pocos párrafos, páginas, capítulos.

Los niños golpean tarros y hacen ruidos que tarde o temprano se convierten en música. Hasta los gallos, los pavos reales y las anguilas bailan. En las cavernas prehistóricas hay huellas de manos y toros y cazadores. Los pueblos que apenas se visten esculpen con facilidad ídolos de madera, tierra cocida o piedras. No hay letras en esas cavernas. Cuando las empezó a haber empezó eso que se llama historia, o sea decadencia. Mirar dibujos que no significan nada, trazar garabatos sin sentido que juntos significan algo que solo el que aprendió los signos puede descifrar es algo que como el Twitter, la televisión digital o la bolsa de Shanghái, es imposible de explicar a un no iniciado. Y, sin embargo, millones de personas todos los días leen lluvias de letras, y muchos más se agachan sobre teclados y papeles que ennegrecen de manchas que pueden significar todo, ocupando horas que podrían usar en pescar, cazar, cosechar o reproducirse.

Escribir no es ni difícil ni fácil, es imposible. Imposible y necesario como las ciudades o las cartas del tarot. Es decir, nada se parece más a leer el tarot que escribir, o sea lanzar signos sobre la mesa e interpretar un sentido. La literatura consiste en gran parte en convertir en natural, en físico, en inevitable, ese juego que solo juegan los niños cuando han agotado todos los demás juegos. Ser escritor consiste a grandes rasgos en convertir eso que no se parece en nada a golpear tambores o moldear Venus de arcilla, en algo que se parezca a comer y dormir y defecar. Correr sin correr, caminar sin moverse de ahí, volver sin haberse ido a ninguna parte, gritar sin subir la voz. Escribir es hacer todos los gestos y todos los actos posibles, sin acometer casi ninguno, porque no puede haber algo menos aeróbico que teclear o dibujar letras en el papel.

Escribir no es natural, pero pensar es lo más natural del mundo. Sin saberlo, a veces sin quererlo, vivimos rumiando, como las vacas rumian pasto, ideas. O ni siquiera ideas: nombres de calles y de niños, cosas que hacer y no hacer, peligros que evitar, pedazos de canciones. Nuestros gestos más íntimos y más rutinarios vienen acompañados de comentarios, de advertencias, de órdenes que les damos a nuestras manos, piernas, y pechos. En la mayor parte de los seres humanos esos pensamientos de paso desaparecen en la nada. Nos solemos alegrar de que desaparezcan, porque sabemos también que la primera señal de demencia es justamente la permanencia más allá del límite natural de esas canciones, nombres, chistes, de esas órdenes que le damos al cuerpo, que ese diálogo en que somos y no somos los dos conversan.

Escribir es una forma controlada de esa demencia. Un escritor tiene que ser doblemente cuerdo porque coquetea con esa locura: hacer que permanezca en el papel lo que nació para perderse en la nada. Nuestro trabajo no consiste en otra cosa que hacer visible a ese hombre invisible que habla cuando nos quedamos callados, que piensa cuando no piensa en nada, que camina un paso delante de nosotros y se queda parado un paso atrás a veces también, atrapado por el detalle de un cuadro o una esquina.

Las fotos de los escritores que coleccionaba cuando empecé a escribir los mostraban casi siempre con un cigarrillo en la mano. Ahora entiendo que esos cigarrillos al borde de sus dedos en blanco y negro simbolizaban el verdadero trabajo del escritor, el de hacer visible mediante el humo que cubre sus movimientos al hombre invisible. Si el humo es demasiado colorido y denso, solo encubrirá al hombre invisible, si es demasiado ligero, si te pones a hacer redondelas con él, se escapará también seguro. Escribir consiste en adivinar lo que el humo no alcanza a mostrar y en caso de necesidad también usar el olfato y los dedos para tocar el cuerpo, convencerlo de sentarse al lado y hablar.

Siento decirte que eso que ya nadie se atreve a llamar inspiración, existe. Aunque también se podría llamar expiración. La sensación de que otro te dicta lo que estás escribiendo no es ni falsa ni del todo verdadera. Eso de Rimbaud de que "yo es otro" es, para cualquiera que escribe, una verdad de recibo. Querido joven o viejo que escribe, tengo una buena y una mala noticia: a nadie le interesan tus opiniones e ideas, tu vida, tu infancia en dictadura o democracia, tu familia funcional o disfuncional y, sin embargo, nada es más interesante que todo eso. Lo que digas sobre ti mismo es generalmente mentira o muy poco importante, lo que diga ese otro, ese delator infame que es tú sin ser tú, esa fuente cercana a, de ti es siempre urgente, necesario, único, inevitable.

 


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Foto:RODRIGO VÁLDES

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