Novedad editorial Libro perdido del autor chileno
Pedro Prado visita la Ciudad de los Césares

El sello de la Biblioteca Nacional y Ediciones Origo publican una novela desconocida que el escritor dedicó a la mítica ciudad perdida en los Andes. El volumen incluye un cuento y un ensayo sobre el mismo tema, además de un anexo de manuscritos y originales del autor que se conservan en esa biblioteca.  

Pedro Pablo Guerrero 

"Deseo hablar de Chile y los chilenos, y para ello nada encuentro mejor que hablar de la Ciudad de los Césares, de los soñadores y descontentos que sin saber la buscaban, de los guerreros que ignorándola la defendían", escribe Pedro Prado en su ensayo "La Ciudad de los Césares", publicado en la Revista Universitaria el año 1939.

Prado afirma en su texto que el chileno no es fatalista, sino descontentadizo, es decir, un "pesimista activo" que "además de sus quejas, no se resigna". A este rasgo de idiosincrasia, dice Prado, le dan forma una epopeya ( La Araucana ) y un mito. Sobre este último afirma: "De todas nuestras ciudades, la de los Césares es la única invisible, y de todos nuestros conciudadanos, los descendientes de los que lucharon por ella son los que mejor informan el acento y el sentido característico del alma de mi país".

Buscada durante siglos por aventureros, la legendaria ciudad escondida en algún valle cordillerano entre Mendoza y la Patagonia tomó su nombre de la expedición que encabezó en 1528 el capitán Francisco César, a las órdenes de Sebastián Caboto, en el oeste de la actual Argentina. Según Ruy Díaz de Guzmán en Anales del descubrimiento, población y conquista del Río de la Plata (1612) -crónica juzgada inexacta y fantasiosa por José Toribio Medina-, César y sus hombres comunicaron la existencia de una comarca en la que abundaban el oro y la plata.

Nunca fue hallada, pero dio origen a una larga tradición literaria enriquecida, durante el siglo XX, por exitosos libros (ver recuadro). Hasta hoy, sin embargo, se ignoraba la existencia de un texto pionero. Pedro Prado se anticipa en trece años a la novela La Ciudad de los Césares de Manuel Rojas y en más de veinte a Pacha Pulai , de Hugo Silva.

Manuscrito hallado en la Universidad Católica

Mientras preparaba la edición de las Obras completas (Origo, 2010), de Pedro Prado Calvo, el editor Pedro Maino revisó el archivo de la Universidad Católica que lleva el nombre del autor y alberga gran cantidad de los papeles donados por su familia hace más de veinte años. Durante su investigación lo sorprendió el descubrimiento de un texto mecanografiado con solo pequeñas correcciones escritas a lápiz. En su portadilla lleva el título Viaje de Antón Páez a la Ciudad de los Césares , escrito con mayúsculas. Está fechado a mano: Santiago, marzo de 1923 . "El manuscrito parecía estar en estado de corrección final, antes de enviar a imprenta", escribe Maino en su introducción al libro que será publicado por Ediciones Biblioteca Nacional en coedición con Origo.

¿Por qué Pedro Prado no publicó su manuscrito terminado? Nada menciona sobre él en el epistolario que sus descendientes también donaron a la Universidad Católica. Tampoco en las memorias que esbozó poco antes de morir, en 1952. Sin embargo, ya en 1918 estaba trabajando en la novela, como lo demuestra la publicación que hizo ese año del relato titulado "De la Ciudad de los Césares", también incluido en el volumen de próxima aparición (al igual que su ensayo de 1939). Más que un cuento, son dos breves episodios en los que se narra un funeral en Chiloé. Ambos capítulos parecen desprenderse de una obra mayor en proceso de escritura.

En fecha tan temprana como 1914, Pedro Prado realizó junto a su amigo Alberto Ried un viaje por los canales del sur hasta la Tierra del Fuego. "En esos días de abismante contemplación, en peregrinaje de juventud, que parecía llevarnos de la mano hacia un El Dorado o a una Isla de los Césares...", anota Ried en su libro de memorias El mar trajo mi sangre (1956).

Las descripciones de la geografía austral, de las costumbres chilotas y de los aparejos marinos que hace Prado en Viaje de Antón Páez a la Ciudad de los Césares dan cuenta, en efecto, de un conocimiento minucioso, nacido de un viaje de varias semanas por la zona. Su prólogo revela, asimismo, una detenida observación de las iglesias de Chiloé, que su formación de arquitecto le permitió apreciar en todo su valor:

"Hace varios años, de regreso de Magallanes, me detuve en Achao. Primero en una piragua, luego en hombros de un chilote -no hay allí muelle- bajé a la playa. Visité el pueblo y la iglesia parroquial, de más de dos siglos. Toda ella es de madera, pintada de azul, sin que en las ensambladuras se encuentre un clavo. Gruesos látigos atan por todas partes aquella extraña construcción. La iglesia tiene, si mal no recuerdo, tres naves; la bóveda de la nave central es trilobulada, y con maderas multicolores en recorte.

Los altares y muchos detalles ocultos encierran un curso de arquitectura lleno de gracia e ingenuidad. Tengo a la iglesia de Achao por la más interesante y la más llena de simpatía de todo Chile".

No es casualidad que precisamente en su archivo parroquial, Prado declare haber encontrado el manuscrito de Antón Páez que se propone dar a la luz pública. "El hombre moderno, acostumbrado a la arquitectura hueca y fastuosa del día, y al libro contemporáneo, complicado de pretensión y vaciedad, tendrá un gesto de desvío para la iglesia de Achao y para la sencilla narración que sigue", escribe.

Es, en efecto, un libro de apariencia modesta, pero su estructura de relato enmarcado (dentro de otro) lo vincula estrechamente con su primera novela, La reina de Rapa Nui (1914), tal como anota Pedro Maino, quien advierte en ambas novelas el juego de las atribuciones que Prado lleva a su extremo en Karez I Roshan (1921), un supuesto poeta afgano del siglo XIX. Si el protagonista de La reina de Rapa Nui era un periodista que llega a Isla de Pascua a fines de esa misma centuria, el de Viaje de Antón Páez a la Ciudad de los Césares es un sobrino de Francisco Benazar y Olavide, párroco de Achao, pueblo de la isla de Quinchao. Acogido por su pobreza, Antón vive en la casa parroquial, al igual que una tía y una prima, María, de la que se enamora.

El relato, escrito como diario de viaje, se inicia el 30 de enero de 1817, "día de Santa Martina, virgen y mártir, y de San Lesmes, abad, patrón de Burgos, tierra de mis mayores". En esa fecha se resuelve la expedición en busca de la ciudad legendaria. El grupo lo integran Antón Páez y Olavide; su tío sacerdote; un amigo de este, Fermín Esteve, habitante de la vecina isla de Lemuy; su cuñado, Nolasco Morató; el sacristán Vicente Azcona; Lope de Cañizares, viejo soldado del Rey; los "indios" Queño y Pinaicún y otros cinco remeros. Los trece hombres se embarcan en dos sencillas balandras (embarcaciones de un solo palo).

Atentaría contra el suspenso de la novela, que apenas supera las 50 páginas, entregar más detalles. Puede adelantarse, sin embargo, que en el relato y las descripciones prima el realismo, pero el anhelo de lo desconocido tiñe incluso la naturaleza. "Se diría que las islas sueñan. Es una tarde bellísima; porque las cosas llevan a pensar, no en lo que son, sino en lo que quisiésemos que fueran", escribe Antón Páez.

Cuesta aceptar que un joven chilote de origen modesto, a inicios del siglo XIX, se exprese con este lenguaje, pero en la narrativa de Pedro Prado estas incongruencias no son raras. Conocida es la pulla de su amigo Jenaro Prieto a propósito de Alsino (1920): "Mira, oye, no me tincan las historias de rotos voladores". Torres Rioseco y Enrique Espinoza también expresaron duras críticas al verosímil de ese libro, a pesar de la favorable recepción que le dieron varias generaciones de lectores.

El idealismo también forma parte sustancial de la novela perdida. El autor toma distancia de los hechos no solo a través de un narrador enmarcado y el recurso del manuscrito encontrado por casualidad, sino también situando la acción en un pasado lejano y entregando momentos cruciales de la historia al punto de vista de personajes secundarios.

"-¿Qué ves? ¿Qué miras? -le grité.

Queño inclinó apenas el rostro hacia nosotros y volvió a clavar sus ojos en la lejanía.

-¿Qué divisas? ¡Habla! -ordenó mi tío.

-Sube -me dijo Queño, y me alargó la mano para ayudarme.

-Sube tú también -y entre ambos izamos a mi tío.

-Y bien -dijo este, anhelante.

-Ya lo ves...".

El retorno de Pedro Prado al canon

En estos juegos de perspectivas, Prado se muestra tan diestro en la ambigüedad como Henry James. El suspenso que consigue es innegable. La psicología de los personajes es incluso más decisiva que las aventuras en las que participan, rasgo que diferencia a Prado de los escritores que, sin conocer su libro inédito, tomaron años más tarde la ruta a la Ciudad de los Césares.

Desde un punto de vista simbólico, resulta significativo que sea un aborigen, quizás huilliche, no solo el guía, sino también el vigía que presta sus ojos a los forasteros. En ese rol de privilegio, descubre y a la vez escamotea ladinamente el objeto de su búsqueda, como hicieron los aborígenes con todos los conquistadores.

Alone incluyó a Pedro Prado en su libro Los cuatro grandes de la literatura chilena (1963) junto a Augusto D'Halmar, Pablo Neruda y Gabriela Mistral. Este canon personal dio origen a uno nacional aceptado durante muchos años. Libros como el redescubierto Viaje de Antón Páez a la Ciudad de los Césares tal vez no estén a la misma altura de las novelas y poemarios más conocidos del autor, pero tiene suficientes méritos y sin duda ayudará a resituarlo en un canon que ha crecido con escritores más contemporáneos. Pedro Prado fue además, en varios aspectos, precursor de muchos de ellos; un verdadero adelantado , como el propio Francisco César.

 De Manuel Rojas a Hugo Silva

Las novelas acerca del tema publicadas en Chile suelen clasificarse en la categoría de libros de aventuras. Predomina en ellos la acción por sobre el desarrollo de los personajes.

En La Ciudad de los Césares (1936), de Manuel Rojas, un joven ona es recogido en Tierra del Fuego por hombres blancos. Se cría con ellos y vuelve convertido en buscador de oro. Integra una expedición que descubre una ciudad habitada por descendientes de los conquistadores españoles, cuya enclaustrada sociedad atraviesa un momento crítico.

Menos recordada es En la Ciudad de los Césares (1939), de Luis Enrique Délano. Un empresario inglés nacionalizado chileno organiza en 1916 una expedición científica en busca de la urbe que se esconde en el cuadrilátero formado por los lagos chilenos Ranco y Puyehue, y los argentinos Lácar y Nahuel Huapi. Los exploradores encuentran las ruinas de la ciudad, llena de objetos de oro, al fondo de un abismo. Ya nadie la habita, y la codicia desata una pequeña guerra entre los expedicionarios. El relato está tomado del diario que lleva uno de ellos: el minero Armando Green.

Pacha Pulai (1945), de Hugo Silva, es una innovadora cruza entre el mito de los Césares y la leyenda del teniente Alejandro Bello, extraviado en 1914. El aviador chileno se pierde en la neblina durante su examen de vuelo, llega al desierto de Antofagasta y logra aterrizar en un lago seco rodeado de montañas. Luego de ser golpeado por nativos, pierde la conciencia. Despierta en el reino perdido de Pacha Pulai, donde el oro es tan abundante que vale menos que el cobre. Los lugareños viven aún en la época de la Conquista y están enfrentados en una guerra civil en la que el recién llegado tendrá un rol decisivo. Por su única novela, que han leído varias generaciones de escolares, Hugo Silva fue objeto de un elogioso y erudito discurso pronunciado por Alfonso Calderón cuando en 1981 ocupó su lugar en la Academia Chilena de la Lengua.

Otra fuente del mito de los Césares, además de las crónicas hispanas, es una serie de historias de la tradición mapuche. Fernando Alegría tomó una de ellas para escribir Leyenda de la ciudad perdida (1942), acerca de un matrimonio de la nobleza araucana. Sobre los esposos pesa una maldición que trae la ruina a la próspera localidad donde viven, arrasada finalmente por un terremoto.



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