Entrevista Actriz, guionista, narradora y dramaturga
Nona Fernández regresa al teatro y a la novela

La autora de libros como Mapocho y Space Invaders vuelve a escena con la novela Chilean Electric y la obra de teatro "Liceo de Niñas", donde representa el papel de una estudiante muda.  

Pedro Pablo Guerrero 

"Iluminar con la letra la temible oscuridad", reflexiona la narradora de Chilean Electric . Ese es tal vez el encargo que le dejó su abuela, quien le transmitió el recuerdo -punto de partida de la novela- de una sobrecogedora ceremonia nocturna: la llegada de la luz eléctrica a Santiago, en marzo de 1883, instalada en la Plaza de Armas de Santiago por una compañía alemana. La inauguración del alumbrado público, observa la protagonista, ocurre el mismo año en que terminó la Guerra del Pacífico y se consolidaron las grandes fortunas del salitre.

La Plaza de Armas, el escenario central de la novela, tiene una fuerte carga simbólica: antiguo lugar de ejecuciones públicas, adquirió un plácido aspecto europeo en el siglo XIX que conservó hasta los años 80 del XX, cuando todavía era común llevar a los niños a fotografiarse con traje de huaso sobre caballitos de palo. Tan común como verla convertida en campo de batalla entre manifestantes y carabineros durante las jornadas de protestas contra el régimen militar. O verla hoy en día llena de inmigrantes peruanos.

"Santiago es y ha sido una obsesión en mi escritura. Creo que esta ciudad nos determina, nos marca, en gran medida estamos hechos de ella, somos un poco ella también", afirma Nona Fernández (Santiago, 1971).

Desde su primera novela, Mapocho (2002), la autora ha venido iluminando los rincones oscuros de la ciudad y de su historia. No solo con su narrativa. También mediante su labor de dramaturga. Si en su primera obra, "El Taller", estrenada en 2012, recreaba en clave de humor negro las reuniones literarias en casa de Mariana Callejas, "Liceo de Niñas" es una comedia fantástica acerca de un abrumado profesor de ciencias que descubre en el laboratorio de su establecimiento a tres alumnas que se mantienen ocultas desde una toma realizada en 1985. Una de ellas es representada por Nona Fernández, quien escogió el papel de una adolescente muda. "Lo asumí no porque le tuviera un gusto personal, sino por una cosa práctica. 'Qué fome presentarle a cualquier actriz un personaje que no habla. Qué poco desafiante', pensé bien pelotudamente, porque en realidad no dimensioné lo tremendo que era", dice.

Actriz, guionista, narradora y dramaturga, Nona Fernández estudió teatro en la Universidad Católica, donde conoció al escritor Marcelo Leonart, su pareja, quien dirige "Liceo de Niñas", en cartelera desde hace cuatro semanas en el Teatro UC. "Siempre hemos trabajado juntos y en términos literarios somos los primeros lectores el uno del otro", comenta la autora.

Paralelamente, ha desarrollado desde fines de los 90 una destacada carrera como guionista de televisión, participando en producciones como "Iorana", "Los archivos del cardenal" y "Secretos en el jardín", serie nocturna de canal 13 que vivió la paradoja de una excelente crítica y baja sintonía. Su proyecto dramático siguiente fue cancelado antes de grabarse, lo que la hizo disgustarse con la pantalla chica. "Pero ya se me pasó el enojo. La televisión siempre ha sido para mí un espacio de trabajo muy gozoso. Me gusta, aunque es mucho trabajo, pero lo paso bien. Con el tiempo había logrado hacerme un espacio para trabajar proyectos que me parecían interesantes, pero ahora no sé si quiero estar en ese lugar. Hubo una gran movida de piso en la televisión y una crisis para la ficción chilena", declara.

Los textos de la novela Chilean Electric y la obra dramática "Liceo de Niñas" son contemporáneos. "Los escribí en los mismos tiempos, pero eran carpetas muy distintas de mi computador -advierte -. 'Liceo de Niñas' claramente es un eco de mis novelas Space Invaders , Avenida 10 de julio Huamachuco y todos esos materiales que se quedaron en mí y querían encarnarse en un escenario".

-En todos esos textos reaparece el tema de niños que deben ser salvados.

-Sí. Tiendo a pensar que ese niño es un pedazo de uno mismo que está instalado en el pasado, pero también en el futuro. "Liceo de Niñas" responde a eso. Generacionalmente nos tocó un momento extraño, no lo digo victimizándonos en absoluto, pero fue un tiempo de mierda. Luego vino la transición en los 90, peor todavía, porque ahora venimos a caer en cuenta de que perdimos el tiempo. Casi toda mi generación fue muy respetuosa de la democracia. Otros no, incluso se fueron a la clandestinidad y terminaron como terminaron. Pero mucha gente se metió en el modelo. Yo lo hice, incómodamente, pero, bueno, había que atinar. No molestemos, decíamos. Y ahora tengo una gran sensación de rabia. Qué ganas de ir al pasado para rescatar a esa niña que fui y decirle: "¡No le creas a estos huevones! Reclama, sigue en lo mismo, porque no estás tan perdida, tienes 16 años, pero no estás tan perdida". Me provoca mucho desasosiego esa situación.

-¿Cuál fue el punto de partida de "Chilean Electric"?

-Investigando una vez más en esa obsesión que es Santiago, quería escribir un libro de crónicas. Historias personales vinculadas a la ciudad o historias de la ciudad vinculadas a historias personales. Había fantaseado con algunas ideas y me pareció que la mejor crónica para entrar en ese libro debía ser aquella escena que mi abuela, Blanca Gross Pérez, me contaba con tanta pasión cuando yo era niña. La ceremonia de la luz. La llegada de la luz a la Plaza de Armas, en la que supuestamente su padre había participado. Lo tenía todo: la Plaza, corazón de la ciudad, punto cero del recorrido que pensaba hacer, y además el momento en que todo comenzaba a iluminarse. ¿Qué mejor escena podía elegir para inaugurar el libro? En el recorrido de esa escritura es que fui descubriendo los enigmas de la historia que me habían contado y ahí el libro comenzó a tomar su propio camino. Un camino de luz y de sombras. De lo contado y no contado. De lo escrito y lo inventado. De la mentira y la verdad. De la ficción y del documental.

-¿Cómo entender el anacronismo que comete la abuela: ella no había nacido aún cuando se inauguró el alumbrado público?

-Desgraciadamente no tengo cómo chequearlo. Mi abuela murió hace bastante. A veces creo que esa escena era una escena que a ella le contó su propio padre, el alemán eléctrico. Quizá él sí estuvo ahí y en la posta de luz y relato, de mi bisabuelo pasó a mi abuela y de ella a mí y de mí, en este registro, pasa al futuro. Pero sin duda es un falso recuerdo. Yo creo que ella lo sabía y jugaba con eso. Era una escena que le hubiese gustado vivir, por eso se ponía de protagonista. Es interesante constatarlo, porque yo vivo haciendo ese ejercicio cuando escribo y ahora encontré el germen de ese gesto.

-¿De dónde salió el título?

-La novela intenta repasar, en términos generales y literarios, el camino que ha hecho la luz eléctrica en Santiago. Cómo se instaló, cómo fue financiada, cómo se propagó cual peste y cuáles han sido las consecuencias de su uso. Quiénes quedaron dentro o fuera de esa luz. En ese imaginario entendí que yo estaba haciendo el relato de la luz en mi ciudad, estaba contando la luz, haciendo una "cuenta de luz". En un momento incluso quise que el libro se llamara así: "Cuenta de la luz". También este es un relato sobre el costo que ha traído la luz. Lo que hemos pagado y seguimos pagando en términos pragmáticos, el costo monetario, y en términos metafóricos, por tener la luz que tenemos. Aunque era correcto conceptualmente, el título no funcionaba y empezamos a jugar con mi editor, Guido Arroyo, hasta que me propuso Chilean Electric .

-Después de "Fuenzalida" (2012), publicó una novela breve, más discontinua y fragmentaria, "Space Invaders" (2013), que en su forma se parece a "Chilean Electric". ¿Hay un giro en su narrativa?

-Nunca lo había pensado, pero claramente estas novelas son más fragmentarias y experimentales. Me siento muy cómoda ahí. Creo que uno como autor siempre debe estar extendiendo sus límites, no solo temáticos, sino formales. A mí, en lo personal, la formalidad, la estructura, me parece un lenguaje expresivo importantísimo que debe ir a la par del contenido. Sobre todo en esa línea, siento que he ido abriendo nuevos caminos en mi trabajo, armando estas miniaturas, estos operativos literarios, que son estos dos últimos libros. Estoy jugando felizmente ese juego.

-Tanto en su obra narrativa como dramática se percibe cierta incomodidad frente al realismo: el relato siempre se está fugando hacia lo fantástico. ¿De dónde proviene esta marca de su escritura?

-Creo que tiene que ver con las lecturas que me fascinaron cuando yo era niña. Siempre fui muy apasionada con la literatura de fantasmas. Pienso en Canción de Navidad , de Dickens, que leí bien niña, a los diez u once años. Aluciné con ese libro. El fantasma de Canterville , de Wilde, es el tipo de lecturas que me hicieron exclamar ¡qué entretenido es todo esto! Creo que corresponde a una especie de fuga personal. Siempre me ha desacomodado el realismo, lo que no quiere decir que no me guste leer libros realistas, pero como autora siempre estoy buscando la fuga. Ya más adolescente, el fantástico rioplatense me fascinaba. Fui una lectora muy voraz de todo eso.

-Hay dos referencias explícitas a otros textos: "La Ciudad", de Gonzalo Millán, y una crónica, de Pasolini. ¿De qué manera influyeron estas lecturas en su trabajo?

-Son textos que me han iluminado, no ya en este libro solamente, sino en general. A Millán le debía un epígrafe. La ciudad es un texto maravilloso. Lo leí después de haber escrito Mapocho , mi primera novela, y siempre sentí que de manera extraña, sin saberlo, escribí Mapocho iluminada por ese texto que no conocía. Chilean Electric es un libro urbano, muy emparentado con Mapocho , entonces sentí que era el momento de ajustar cuentas con La ciudad . El escrito sobre las luciérnagas de Pasolini creo que fue clave para idear Chilean Electric . Escribí algo sobre él cuando lancé Space Invaders , emparentando esos viejos marcianitos fosforescentes con las luciérnagas desaparecidas del cielo romano. Pero no quedé tranquila. Esas lucecitas agónicas se me siguieron cruzando. Chilean Electric habla también del progreso, de lo que queda fuera de esa vorágine luminosa en la que vivimos, de lo que no se ilumina, de lo que no vemos, de lo que no ha quedado registrado por nadie, de lo que no está en las pantallas. ¿Dónde fueron a dar esos vestigios de luz?, se pregunta Pasolini, y esa pregunta aún yo misma no logro responderla. El libro hace esa reflexión también e intenta iluminar con la letra. Transformarse en una luciérnaga, en un farolito leve, pero luminoso.

 


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