Nuevo libro Recuerdos de un editor:
La memoria recobrada de Carlos Barral

Lumen reúne en un volumen los textos biográficos del poeta, editor, marinero y político catalán, figura de la vida cultural de la segunda mitad del siglo XX.  

Antonio Lucas El Mundo/ Derechos exclusivos. 

Cuentan que Carlos Barral pisaba la arena de Calafell al final de su vida como si en cada paseo hubiese algo de último vuelo. Aquel hombre rematado en una gorra marinera, patrón del "Capitán Argüello" (una barca de vela latina, diseñada para ir contra el viento) murió a los 61 años, en 1989, dejando atrás un mar con rumor de luto en ese día muy quieto. Había nacido en 1928.

Fue uno de los ejemplares más codiciados de aquellos escritores que dieron cuerpo al Grupo de Barcelona, junto a Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo, la sección catalana de la Generación poética del 50. Barral, de entre ellos, resultaba el más singular, el más extraño, el más accidentado en ciertos aspectos, el más espectacular también: poeta, editor, marinero, memorialista. Iba, como la vela latina de su "Capitán Argüello" (la última de sus embarcaciones), existiendo contra el viento.

La historia de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX tiene al poeta Barral como uno de sus balandros. Pero más aún al editor. Y principalmente al hombre de estela extravagante, detrás del flequillo de ala y la perilla de nauta, el que trazó una obra memorialística que queda como parte esencial del testimonio íntimo, moral, político, sentimental y discursivo de una promoción de autores (y de un tiempo de España) que ayudaron a contornear este país de todos los demonios.

En 1950 dio forma a una pequeña editorial, Seix Barral, junto a Joan Petit. Era un proyecto de carcasa pequeña y de fondo ancho donde se rodeó de algunos de los mejores, desde el poeta y traductor Gabriel Ferrater al teórico Josep Maria Castellet. Creó distintos sellos: de creación, de traducciones, de recuperación de clásicos. En pocos años situó a Seix en el espacio de las más prestigiosas editoriales de Europa, junto a Einaudi, Gallimard, Rowohlt, Grove Press. Y desde ahí comenzó a apostar por los jóvenes escritores contrarios al franquismo que después serían punta de lanza de su generación (Marsé, Mendoza), junto a otros de muy distintos frentes (Cela, Vargas Llosa.). Barral hizo de su editorial un faro de costa de la literatura española, hispanoamericana y europea. Creó el Premio Formentor y fue uno de los fundadores del Prix International de Littérature. También el Biblioteca Breve, que fue la casilla de salida de otros tantos escritores. Es cierto que rechazó el manuscrito de Cien años de soledad , pero eso no empaña la extraordinaria labor de hurón de originales. Más aún cuando al editor no le interesa la escritura de Gabriel García Márquez. Una vez que salió de Seix Barral fundó Barral Editores, otros seis años forjando sin tregua literatura y biografía.

Barral caminaba por la vida con una potencia contagiosa. Y así escribía. Y así levantó el cuerpo de sus memorias, tres entregas que ahora recupera Lumen en un solo volumen con una amplia selección de imágenes inéditas del protagonista, en edición de Andreu Jaume.

La primera entrega apareció con el título de Años de penitencia (1975). El impulso era fijar una crónica de la vida española en los años 40, pero el sujeto lírico terminó invadiendo el texto y lo que iba a ser un panorama se convirtió en unas memorias. Desde ese mismo espacio surgieron las otras dos series: Los años sin excusa (1978) y Cuando las horas veloces (1988). "Barral ha pagado su condición polifacética de poeta, editor, memorialista y político (llegó a senador por Tarragona en 1982 y parlamentario europeo por el PSC-PSOE). Pero es uno de los mejores escritores de la segunda mitad del siglo XX", sostiene Andreu Jaume. La suya es una escritura con algo de insólito, como lo es su biografía. Es un experimento de la prosa que reproduce el tiempo de la memoria y las cuestiones políticas, ideológicas, sentimentales... Tampoco debemos olvidar su poesía: "Más compleja que la de Gil de Biedma o Ángel González, aunque ha ejercido menos influencia. En sus últimos poemas, desde Diecinueve figuras de mi historia civil en adelante, deja una de las mejores poéticas tardías de su generación, unos textos plenos de conciencia y de certeza del deterioro".

Esta será la versión definitiva del edificio memorialístico de Barral. Nunca antes se había revisado el material para darle una coherencia unitaria, eliminar arbitrariedades y errores de composición, además de aclarar las extrarreferencias a otras obras y vincularla con su propia labor poética. Lo que queda es la voz de un hombre que hace un balance profundo de su actividad de hombre. Está el amor, el placer y el dolor de vivir, sobre todo del haber vivido. Aquí todo cobra grandeza, desde los primeros amores, el deseo y el descubrimiento del sexo hasta las penurias, los daños y las aventuras profesionales.

Más allá de la literatura, el retrato social en Años de penitencia se extiende a todos los miembros de su generación. Es muy revelador el análisis, según Jaume, que hace del estado de confusión o superficialidad ideológica en que vivían todos los de su clase y que probablemente tanto ha determinado las debilidades con que se construyó esta democracia. "Formábamos parte de una generación de abatidos y mangantes. [...] Nadie parecía tener ideas. [...] La represión política, a cargo de unos cuantos falangistas más o menos profesionales, se ejercía no contra las ideas profesadas, sino contra las representadas. [...] De vez en cuando eran los monárquicos los acosados por los provocadores. Pero evidentemente solo había monárquicos por causa de vanidades sociales. El monarquismo, como el polo, es un sport de las buenas familias que no suele implicar ninguna idea".

Estas memorias sin intención de novela resultan novelables durante la lectura. No solo pasa un creador esquivo y de cuerpo entero, sino los alrededores de un mundo (el suyo) que es central, vital, veloz, excitante, también junto a su mujer, Yvonne, que murió el pasado mes de agosto. Hay un pensamiento de fondo que es en verdad la voz de aquellos que han hecho de su experiencia un motivo de autoridad y entidad, de épica grande y pequeña. El poeta de Metropolitano , "esos lentos poemas de hierro", dejó ya en 1957 unos versos que podrían ser entonces el remate justo de sus memorias aún futuras: "Lo sé. Lo reconozco,/ me consuela engañarme/ y me lamento/ de todo cuanto cambia y de lo escaso/ que va siendo este mundo que admiraba".

Barral hizo de su editorial un faro de costa de la literatura española, hispanoamericana y europea.

 


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Rechazó el manuscrito de Cien años de soledad, pero eso no empaña su extraordinaria labor editorial.
Rechazó el manuscrito de "Cien años de soledad", pero eso no empaña su extraordinaria labor editorial.
Foto:latinstock


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