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Ya no asusta a nadie

Domingo 22 de noviembre de 2015

Irene Pierre Lemaitre Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2015, 393 páginas, $15.000. Novela

Los problemas más serios de "Irene" residen en el refocilamiento en la bestialidad humana, la morbosidad sin paliativos, la búsqueda irrestricta de escenas que causen náuseas, repugnancia, revulsión.
 


CAmilo Marks 

Irene es la segunda novela policial de Pierre Lemaitre y precede en varios años a su obra más "seria", Nos vemos allá arriba , que le valió el Premio Goncourt de 2013. Es el inicio de la serie protagonizada por el inspector Camille Verhoeven, un enano de 1,45 metros, casado con la hermosa dama que da título a esta obra y cuya relación con ella evoca, claro que en estos turbios años tan distintos a la década de 1930, el tan celebrado matrimonio entre Louise Leonard y Jules Maigret, el héroe de las novelas de Georges Simenon. El equipo de Camille corresponde al típico grupo de personas que ahora participan en una pesquisa criminal conducida en una metrópolis desarrollada. El que le sigue bajo la jerarquía se llama Maleval, es inseguro, torpe y si no fuera por Camille, ya habría sido despedido del cuerpo de la policía uniformada. Armand, en cambio, es guapo hasta decir basta, un donjuán empedernido que sale a la caza de mujeres menores que él y con innata tendencia a la corrupción, mientras Louis, un aristócrata que viste ropa de Armani y es meticuloso hasta la exasperación, además de ser atractivo en forma delicada, parece inteligente en grado sumo y seguramente será el sucesor de Camille. También están el comisario Le Guen, un burócrata incapaz, el inspector de la rama científica Bergeret y otros u otras que ocupan de pronto el primer plano o bien se esfuman si es que Camille o su creador pierden interés en ellos. En este sentido, Lemaitre cumple a cabalidad con el requisito de cierta narrativa negra actual, vale decir, conformar a un conjunto de figuras creíbles, maniáticas, cada una con sus respectivas singularidades y tics, quienes seguramente nos seguirán proporcionando aventuras cada vez más escalofriantes, cada vez más tiradas de las mechas.

Lo anterior dista mucho de constituir siquiera una observación oblicua a los horripilantes, truculentos, desmedidos sucesos que, con un verdadero exhibicionismo por lo macabro y lo espantoso, se van sucediendo en Irene . Ya en las primeras páginas se descubren los cadáveres de dos jóvenes prostitutas atrozmente mutiladas, seccionadas, abusadas, torturadas y asesinadas con una minuciosidad pavorosa por alguien que, obviamente, resulta ser un asesino en serie, al cual la prensa, con trillada "originalidad", denomina "El novelista". A poco andar, el psicólogo forense Crest describe la personalidad del demente: es rico, tal vez muy culto o cultivado, no logra satisfacerse sexualmente ni tampoco siente que la sociedad le reconoce los méritos que cree detentar, es solitario y soltero, y se descubre que antes de la masacre en Courbevoie, en los arrabales de la capital francesa, había perpetrado otro atentado de similares o peores características, también dirigido en contra de una desvalida muchacha que ejercía la profesión más antigua del mundo. El equipo de Camille llega entonces a una conclusión irrebatible: el sujeto continuará su triunfal carrera en las portadas de los noticiarios, seguirá siendo un quebradero de cabeza para los investigadores y tendrá al público galo en vilo.

Lemaitre no oculta su admiración hacia la novelística policíaca escandinava del presente y sin pudor alguno, sin mayores compunciones, la plagia a discreción, sabiendo, seguramente, que sus letradas observaciones le otorgarán un rasgo eminentemente chic y parisino a estas ficciones. De modo extraño, tampoco se cansa de celebrar a James Ellroy, con la diferencia de que solo se limita a eso, a aplaudirlo como si fuera la octava maravilla literaria del mundo.

Sin embargo, los problemas más serios de Irene no residen ni en la imitación desvergonzada ni en el servilismo hacia quienes considera sus maestros, sino en algo peor: el refocilamiento en la bestialidad humana, la morbosidad sin paliativos, la búsqueda irrestricta de escenas que causen náuseas, repugnancia, revulsión. Sería injusto decir que Lemaitre escribe mal, pues posee un estilo notable; sería falso afirmar que construye malas tramas, ya que sabe armarlas casi a la perfección; en suma, sería fácil descalificarlo, pero eso constituiría un despropósito absoluto, porque se ha empapado en el género y le saca harto partido. Por desgracia y por más increíble que parezca, no se da cuenta o no quiere darse cuenta de que, hoy por hoy, sus tremebundas intrigas y sus mortuorios argumentos ya no asustan a nadie, salvo, claro, a la crítica europea y americana, que se ha puesto a sus pies como si estuviera ante el nuevo Chandler, la nueva Rendell, el nuevo Mankell. Y todavía le falta muchísimo para eso.