Novedad Llegan a Chile dos libros de la Premio Nobel de Literatura:
Svetlana Alexiévich, cronista del dolor

A través de los crudos testimonios de sus protagonistas, la periodista bielorrusa reconstruye dos dolorosos episodios del siglo XX: las olvidadas mujeres rusas que combatieron en la Segunda Guerra y el desastre de Chernóbil.  

Camila Ortiz M. 

"Tan solo en casa, después de verter algunas lágrimas en compañía de sus amigas de armas, las mujeres comienzan a hablar de su guerra, de una guerra que yo desconozco. De una guerra desconocida para todos nosotros", escribió en 1985 Svetlana Alexiévich, ganadora del último Premio Nobel de Literatura.

Francotiradoras, soldados de infantería, conductoras de trenes o pilotos de avión: esos eran algunos de los cargos que ocuparon el más de un millón de mujeres soldados del Ejército Rojo que pelearon en la Segunda Guerra Mundial. Un rol activo, donde las mujeres curaron heridas, condujeron tanques, pasaron hambre y dispararon a matar, para luego regresar a sus casas y olvidar sus experiencias, con nada más que un puñado de polvorientas medallas y conmemoraciones como prueba de su paso por el frente.

Con solo cinco libros publicados a través de su carrera , a un mes del anuncio de Alexiévich como la primera periodista en recibir el máximo galardón literario del mundo por una obra compuesta enteramente de no ficción, dos de sus títulos ya están en Chile editados por Debate: La guerra no tiene rostro de mujer y Voces de Chernóbil (14 mil pesos cada uno).

El primero de ellos le tomó más de siete años, en los que entrevistó a más de doscientas mujeres soldados durante la Segunda Guerra Mundial para construir el libro que le traería reconocimiento internacional. Fueron horas de grabaciones -cuatro a cinco cintas de casete completas tras cada entrevista, según señala la autora- en las que las mujeres se atreven a recordar, años después de los acontecimientos, sus historias como inexpertas y aterrorizadas soldados, en las que fueron testigos de la violencia más brutal: crímenes sexuales, la crueldad del ejército nazi y de las autoridades soviéticas, y su propia deshumanización. "No se imagina lo difícil que es matar a un ser vivo. Es difícil... matar es difícil... Matar es más difícil que morir. Toda mi vida he enseñado historia... Y jamás he sabido cómo contarla. Con qué palabras...", señala una de ellas.

Aunque se imprimieron más de dos millones de ejemplares del libro en sus primeros años, su publicación no fue fácil. Numerosas editoriales soviéticas rechazaron, una tras otra, los manuscritos de Alexiévich. La acusaron de ser muy explícita, de antipatriota, de teñir los recuerdos del heroico Ejército Rojo al presentar una guerra demasiado espantosa. No fue hasta la apertura que trajo la Perestroika que la obra pudo ser publicada, no sin antes sufrir los recortes de la censura -fragmentos que, sin embargo, sí incorpora en las ediciones posteriores-. "Arrestaron a todos los que alguna vez habían caído prisioneros de los alemanes, a los que habían sobrevivido a sus campos de concentración, a los que los alemanes habían utilizado como mano de obra... A cualquiera que había visto Europa. A los que podían contar cómo vivía la gente en otras partes", dice uno de los relatos censurados, describiendo cómo los antiguos héroes eran enviados en masa a campos de trabajos forzados. En otro, una mujer describe cómo una radiooperadora, madre de un niño de apenas un año, es obligada a sacrificar a su hijo en el pantano en el que se escondían de los alemanes. Su llanto de hambre amenazaba con descubrir la posición del pelotón. "El niño dejó de llorar... El silencio... No podíamos levantar la vista. Ni mirar a la madre, ni intercambiar miradas...".

Poseedora de una "obra polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo" -como señaló la Academia Sueca-, los trabajos de Alexiévich destacan por su formato coral, donde, casi sin intervención de la autora, son los propios protagonistas y sus relatos los que construyen la narración. "Historiadora del alma", se autodefine Alexiévich, porque sus relatos no son la historia oficial, de hazañas y heroísmo. "En cada uno de nosotros hay un pedacito de historia", comenta Alexiévich en la introducción del texto, un largo repaso por su experiencia detrás de la escritura del libro. "Busco al pequeño gran hombre. Ultrajado, pisoteado, humillado, aquel que dejó atrás los campos de Stalin y las traiciones, y salió ganador".

La guerra y sus consecuencias en las personas constituye una de las principales temática de Alexiévich. Entre sus otros títulos, Los últimos testigos relata la Segunda Guerra desde la perspectiva de los niños, mientras que Los muchachos de zinc aborda la historia de la invasión soviética a Afganistán.

Pero su libro más popular, Voces de Chernóbil (1997), no es sobre un conflicto bélico, sino que sobre el accidente nuclear más grande de la historia. Usando la estructura característica de Alexiévich, un relato coral donde se suceden testimonios tras testimonios, en Voces de Chernóbil la polifonía documental se convierte en un sinfín de narraciones desoladoras, de viudas que ven desaparecer a sus maridos tras acercarse demasiado a la radiación, hijos deformes, enfermedades misteriosas y lluvia de colores inusuales.

"La historia siempre ha sido un relato de guerras y de caudillos, y la guerra constituía, digamos, la medida del horror. Por eso, la gente confunde los conceptos de guerra y catástrofe. En Chernóbil se diría que están presentes todos los rasgos de la guerra: muchos soldados, evacuación, hogares abandonados (....). Y esta circunstancia dificulta la comprensión de que nos hallamos ante una nueva historia. Ha empezado la historia de las catástrofes...", reflexiona Alexiévich en la autoentrevista que abre el libro.

Lo dice una de las mujeres soldados entrevistadas para su primer título, pero bien podría aplicarse a todas las obras de Alexiévich: "Me dan pena los que leerán este libro, y los que no lo leerán también...".

 


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Pasó mucho tiempo hasta que pude asumir que nuestra victoria tenía dos caras: una es bella y la otra es espantosa, cubierta de cicatrices, escribe la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich (1948).
"Pasó mucho tiempo hasta que pude asumir que nuestra victoria tenía dos caras: una es bella y la otra es espantosa, cubierta de cicatrices", escribe la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich (1948).
Foto:Reuters

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