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Medio Oriente Más allá de los velos
"No en mi nombre": ¿Tiene algo de islámico el terrorismo islámico?

Domingo 22 de noviembre de 2015

Tres musulmanes indios, en Nueva Delhi; uno de ellos sostiene un cartel en el que se lee "condenamos el ataque a París". Kamal Cumsille afirma a propósito de EI y Al Qaeda: "Los marginales en la historia intelectual del islam son ellos, absolutamente. No tienen escritores".Foto:AFP

Tal vez la pregunta es injusta, pero guste o no, el Estado Islámico reivindica para sí la verdad musulmana y en nombre de ella ha asesinado a decenas de miles en Medio Oriente y Europa. Por eso conversamos con tres especialistas en historia, cultura y pensamiento árabe que, para decirlo en simple, explican que el islam "no es una religión política" y que los terroristas son una minoría marginal, "pero que tiene poder".
 


Juan Rodríguez M. 

Esta semana, un inserto en la prensa británica decía: "Terrorismo en París. Con una sola voz, los musulmanes británicos condenamos sin reservas los ataques a París". Tal vez la frase que resume de mejor manera dicha actitud sea la que cientos de musulmanes han escrito en carteles, convertido en hashtag y compartido en redes sociales: "No en mi nombre". Complementadas por una cita del Corán: "Si alguien mata a una persona inocente, es como si hubiera matado a toda la humanidad; y si alguien salva una vida humana, es como si hubiera salvado la vida de toda la humanidad".

Entonces -se trate de Al Qaeda y Osama bin Laden, o del Estado Islámico y el autoproclamado "califa" Abu Bakr al-Baghdadi-, ¿la culpa es de Dios? O, si se prefiere: ¿cuánto hay de islámico en el terrorismo islámico?

El islam político

Ricardo Marzuca -especialista en historia y pensamiento árabe clásico y profesor del Centro de Estudios Árabes (CEA) de la Universidad de Chile- cree que, a partir de un discurso "orientalista", se supone que "allí donde hay una sociedad islámica la forma de gobierno que se va a expresar es una teocracia, que el islam no separa la religión de la política, el poder temporal del poder espiritual". Eso "indudablemente no es así", porque "en las fuentes islámicas originales (el Corán y la Sunnah, que recoge los hechos y dichos de Mahoma) no hay expresiones que privilegien determinadas formas de gobierno o que se refieran a lo político propiamente tal".

¿Y el califato? El califato, explica, surge en el siglo VII, luego de la muerte de Mahoma. "El califa -no estoy hablando de Al-Baghdadi, por supuesto- es el sucesor de Mahoma, asumió como jefe espiritual de la comunidad, que es una comunidad religiosa, pero no una entidad política". Sin embargo, al producirse la expansión territorial del islam, "los musulmanes tomaron el modelo de los grandes imperios que hay en la región, el bizantino y el persa sasánida, y el califa -además de jefe espiritual- se convirtió en jefe de un gobierno. Dicho en simple, el elemento político es histórico, no islámico. Y recién en el siglo XX, agrega, emergió el fenómeno del "islamismo" o "islam político", es decir, aquel en el que se politiza la religión.

En la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX surgieron en el espacio árabe-musulmán reformistas que -a diferencia de los modernistas que miraban hacia Europa y sus instituciones- pusieron sus ojos en el islam para salir del atraso que reconocían respecto de Europa. "Frente a un islam anquilosado, apelaron a un concepto que es el Iytihad [cuyo antecedente está en el siglo VIII], entendido como el esfuerzo de releer racionalmente las fuentes islámicas, es decir, a la luz del contexto histórico". Hay quienes ven allí el antecedente del islam político; pero, Marzuca aclara que no hay una línea directa entre esos reformistas y movimientos como Al Qaeda y Estado Islámico (EI): "Lo que quieren [los primeros] es reformar la sociedad, basados en el islam, pero no hacer una lectura literalista, anquilosada".

En plena Primera Guerra Mundial, el 16 de mayo de 1916, Francia y Gran Bretaña firmaron un pacto secreto (Acuerdos Sykes-Picot) en el que en vistas del proceso de desmembramiento del Imperio Otomano, se repartieron los territorios ("zonas de influencia") del Medio Oriente. Es en este contexto, y hasta la Segunda Guerra Mundial, que "surgió la primera etapa del islam político", una "suerte de respuesta identitaria, cultural, simbólica" frente a la irrupción del colonialismo y la modernidad europea.

La segunda etapa coincide con las independencias o el período de descolonización, cuando irrumpieron los nacionalismos árabes -el panarabismo-, que primero lucharon junto a los islamistas contra las potencias europeas, y que luego los persiguieron, pues se oponían a su ideario de inspiración occidental. Fue entonces cuando los movimientos islamistas extremaron sus discursos y estrategias, pero en ese contexto de gobiernos autoritarios, Estados de partido único y luchas internas.

Al Qaeda y Estado Islámico pertenecen a una tercera etapa, posterior a los noventa. Tal vez su principal singularidad, y lo que los aleja no solo del islam como religión, sino también de las otras manifestaciones políticas, es la reivindicación del concepto de Takfiri , según el cual nadie, salvo ellos, es un verdadero musulmán; lo que supone acabar con los 'infieles'. Eso incluye, claro, a los judíos, cristianos y ateos, pero primero y sobre todo a los propios musulmanes: por ejemplo, a los chiitas. Marzuca explica: "En la cosmovisión islámica, yihad significa esfuerzo, y la gran yihad , el gran esfuerzo es el que hacemos tú, yo y el que hacen todas las personas por superarse a sí mismas para llegar a Dios. La única noción, dentro del islam, que autoriza una yihad entendida como lucha, tiene que ver con una respuesta defensiva frente a una agresión; pero está concebida como una lucha entre ejércitos convencionales, de modo que no puedes atacar a la población civil, de ahí esa idea de que matar a un inocente es como matar a toda la humanidad". Sin embargo, agrega, dentro del islamismo lo que sí podría estar cerca del takfirismo es el wahhabismo, la versión del islam que rige en Arabia Saudita, "que hace una lectura tremendamente literalista y conservadora de las fuentes islámicas".

Ellos son los marginales

Kamal Cumsille, también docente del CEA, es filósofo, especialista en pensamiento y política árabe, y cree que es un error partir preguntando por el islam si lo que se quiere es comprender por qué ocurrieron los ataques de París: "Es como preguntarse qué tiene de católico el IRA". "A EI hay que analizarlo dentro de la dinámica particular y singular a la que responde: es un grupo espurio que entra en el conflicto sirio".

¿Hay alguna raíz teórica a la que se puedan remitir? "Después de los atentados a las torres gemelas, se mencionaba a una serie de autores que constituirían las fuentes teóricas del islamismo radicalizado", responde Cumsille. "Se partía con Ibn Taymiyyah -que es un jurista del islam clásico- y se terminaba con Sayd Qutb [un intelectual de la Hermandad Musulmana]. Entre medio incluso había autores del renacimiento árabe como Yamal Eddine al-Afgani [un reformista islámico], que es un tipo que se abocó a pensar la relación entre islam y ciencia moderna, y que además era masón y estudió en París".

Esa remisión, dice Cumsille, no tiene ningún fundamento. Los grupos takfiristas, "a partir de la idea de un retorno a las fuentes que ellos consideran puras -fuentes que, obvio, no existen, son imaginadas-, desechan toda la tradición intelectual islámica". "Los marginales en la historia intelectual del islam son ellos, absolutamente", afirma. "Nunca han existido, no tienen escritores, no tienen intelectuales".

Pasado esplendor

Al mundo del islam le debemos el redescubrimiento de Aristóteles, Platón y Plotino; desarrollos en oftalmología y medicina en general (como el alcohol destilado); en física, química y matemáticas (el número cero, por ejemplo); en arquitectura, arte y literatura... "La pregunta es -dice Eugenio Chahuán, especialista en historia y pensamiento árabe e islámico contemporáneo del CEA- por qué los musulmanes del medioevo cristiano fueron capaces de llegar a niveles tan altos de desarrollo cultural y hoy día no. La explicación no es que sean musulmanes, porque antes lo eran tanto como ahora".

La explicación sería el descubrimiento de América, pues el mundo árabe-islámico dejó de ser el eje de comunicación de todas las vías comerciales mundiales, y empezó a empobrecerse. "Y cuando las sociedades se empobrecen, bueno, lo primero que se pierde es la cultura". Luego de eso, explica, con la invasión napoleónica a Egipto se "inicia una crisis histórica, que llega hasta el día de hoy, y que tiene que ver con el embate de la modernidad europea".

"Cuando uno dice islam en nuestro espacio, dice extranjeridad absoluta, es el otro". Una "fractura imaginaria" tan antigua como las cruzadas, y luego la Ilustración, que en el siglo XX y el XXI da un "salto cualitativo" debido a la Revolución de Irán, y a los atentados a la torres gemelas. Detrás de eso, dice, hay "tesis culturalistas que me preocupan, porque cuando uno trata de adscribir comportamientos a una religión o a un grupo étnico, bueno, en la historia eso ha terminado en acciones genocidas".

Sí reconoce que a fines de los setenta, cuando fracasa el proyecto nacionalista o panarabista, se produce una reislamización de las sociedades "y algunos sectores piensan que la forma de recuperar la vitalidad es volver, literalmente, a los tiempos del profeta, lo que significa vestirse, comer y actuar como en los tiempos del profeta. La verdad es que eso es un anacronismo complejo". Sin embargo, esa reislamización no es unánime: por ejemplo, después de la llamada Primavera Árabe, asumió el poder en Egipto la Hermandad Musulmana (luego derrocada por un golpe de Estado) y "se empezó a instalar una serie de políticas que querían hacer de lo religioso un asunto público; bueno, salieron 25 millones de egipcios a protestar en las calles, y Egipto es un país musulmán".

Es más, pasando al caso del terrorismo, Chahuán cree que el primer objetivo de grupos como EI son las sociedades islámicas: "Son sectores marginados, pero que tienen poder porque usan la violencia, amedrentan y aterrorizan a las poblaciones. Ahora, donde se han instalado con mucha mayor fuerza es en los países donde se ha provocado un vacío de poder, absoluto, por la intervención extranjera". Chahuán es claro: "Nadie, en su sano juicio, puede avalar lo que se hizo en París. Pero habría que preguntarse por qué suceden estas cosas, por qué jóvenes europeos adhieren al Estado Islámico. La proclamación de este la hizo en junio de 2014 un noruego de origen chileno, en perfecto inglés, porque árabe no hablaba nada".

Dos días antes de asesinar a 130 personas en Francia, EI mató a 44 en el Líbano y, el 31 de octubre, a los 244 pasajeros que volaban en un avión desde Egipto hacia Rusia. Sin contar a las decenas de miles de musulmanes muertos en Siria e Irak y a otros tantos obligados a huir. Entonces, al preguntarse por ese extremismo, tal vez no haya que preguntar qué, sino quiénes. Algo así como lo que dijo Napoleón: "Esencialmente, la gran pregunta permanece: ¿quién se quedará con Constantinopla?".

 Mahoma según Arnold Toynbee

En su obra "Estudio de la historia" (1953) el historiador inglés sitúa al profeta dentro de la categoría de figuras características de las civilizaciones en crecimiento que practican el movimiento 'retiro-regreso', como Solón, San Pablo, San Benito, Confucio, Buda y otros, quienes viven un desasimiento o retiro temporal de su medio social, impulsado por su personalidad creadora, para regresar luego al mismo medio, transformados, con otro carácter y nuevas fuerzas.

"Mahoma nació en el proletariado externo árabe del Imperio Romano (de Oriente) , en una época en que las relaciones entre el imperio y Arabia empezaban a entrar en crisis. En el paso del siglo VI de la era cristiana al VII, había llegado a su punto de saturación la impregnación de Arabia por las influencias culturales del imperio, lograda a través de un continuo y dilatado proceso de irradiación social. Tenía que producirse alguna reacción de Arabia sobre el imperio en forma de contradescarga de energía, y el destino de una y otra parte, en la interacción arabicorromana, dependía íntimamente del problema, aún no resuelto, de la dirección que tomase la inminente réplica árabe y del plano de actividad social que eligiese como principal campo de acción. Fue la carrera de Mahoma (570-632) la que dio a esos problemas su solución histórica. (...) La vida social del Imperio Romano de la época de Mahoma tenía dos rasgos que debían impresionar profundamente el espíritu del cualquier observador árabe, porque en Arabia brillaban por su ausencia. El primero de ellos es el monoteísmo religioso. El segundo era la ley y el orden gubernamental. La obra de Mahoma consistió en la traducción de esos dos elementos y el ensamblamiento del monoteísmo y el imperio arabizados en una única institución magistral -el Islam-. Con ello cambió para siempre la faz del barbarismo tribal arábico".

"Esta obra en la que Mahoma parece haberse embarcado cuando tendría unos cuarenta años (610 d. C.) fue cumplida en dos etapas. En la primera de ellas, Mahoma se atuvo exclusivamente a su misión religiosa; en la segunda, esta fue superada y casi aplastada por la empresa política. La primera fue el resultado de su regreso a la vida provinciana de Arabia después de un retiro parcial a la exótica vida de caravanero entre los oasis de Arabia y los puertos del Imperio Romano en los bordes del desierto siríaco. La segunda etapa político religiosa comenzó con el retiro (Héjira) del profeta desde su oasis nativo a Medina. En esta "héjira" (fecha inaugural de la era islámica), Mahoma abandona La Meca en calidad de fugitivo perseguido, para regresar después de siete años, como amo y señor, no solo de la Meca sino de Arabia. Se ve, pues, que la primera etapa de la carrera de Mahoma puede compararse con la de Solón y la segunda con la carrera de César".

Toynbee se pregunta si Mahoma fue un vulgar impostor que posó como profeta con la mirada puesta desde un principio en un trono. "Esta calumnia queda refutada completamente por los datos de los 13 años de la vida de Mahoma desde el primer anuncio en La Meca de su misión profética hasta su huida a Medina". El anuncio fue hecho en secreto a un círculo íntimo, familiar y de amigos, el cual quedó justificado por los hechos, ya que, cuando la propaganda llegó a conocimiento público, el profeta y sus seguidores se vieron de inmediato expuestos a la vehemencia y la hostilidad de la oligarquía gobernante de La Meca. Mahoma se salvó de la muerte violenta solo porque su tío Abu Talib, quien lo había criado luego de la muerte de sus padres, era jefe de su clan y no hubiese permitido que se lo declarase fuera de la ley. Así y todo, "la dura persecución de que fue objeto lo obligó a huir a Medina y abandonar la carrera puramente profética por la político religiosa".

Toynbee concluye diciendo que Mahoma pudo terminar como un político religioso militar exitoso porque su vida se desarrolló fuera de los márgenes del Imperio Romano, pues si su prédica profética hubiese sido dentro del imperio, probablemente, su suerte hubiese sido parecida a la de Jesús, quien solo pudo practicar la no resistencia frente al César y aun así fue llevado a la muerte por las autoridades romanas.