Entrevista | Nuevo libro
Jorge Edwards y el orden de las familias

En La última hermana , el escritor recrea la experiencia de María Edwards, la mujer chilena que ayudó a salvar niños judíos durante la ocupación de París. La novela se presenta este jueves.  

María Teresa Cárdenas 

Lleva tres meses en Chile, y Jorge Edwards (1931) ya se apronta a volver a Madrid, donde vive gran parte del año. Desde ahí intentará cumplir con todas las invitaciones y compromisos que tiene por delante. Como anticipo, este fin de semana viajó a Puerto Rico para asistir al VII Congreso de la Lengua Española. El martes hablará en representación de las academias americanas y luego tomará el avión de vuelta a Santiago para presentar, el jueves 17, su novela La última hermana , recién publicada por la editorial española Acantilado, cuya directora viene a Chile especialmente con este motivo.

"Este departamento sigue funcionando -explica-. Pero no me quiero quedar, porque esto es venir a enterrarme, como los elefantes; estoy muy viejo para venir a Chile a no hacer nada".

Sentado en el comedor de su amplio y luminoso departamento de la calle Santa Lucía, Jorge Edwards derrocha, en cambio, jovialidad y entusiasmo. A su nuevo libro suma otra novela breve que está en etapa de corrección y el firme propósito de escribir, ahora sí, el segundo tomo de sus memorias. Además, le acaban de publicar algunos ensayos ( Prosas infiltradas , Bricklediciones) y los primeros días de abril participará en el lanzamiento, en el Centro Cultural de España, de un número monográfico dedicado a él de la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Después de eso, directo a Madrid.

La transformación de un personaje

"Jorge Edwards está escribiendo una novela sobre una Schindler chilena", dijo la prensa española en 2013. Era la historia de María Edwards Mac Clure, una mujer de la alta sociedad chilena que, pese a la insistencia de la familia para que volviera a su país al comenzar la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a salvar niños judíos desde el hospital Rothschild de París durante la ocupación nazi. Declarada "justa entre las naciones", María tiene un lugar -como María Errázuriz, el apellido de su primer marido- en el Museo Yad Vashem de Israel.

"Esta es una novela inspirada en un personaje real, en la que yo intento que la historia sea auténtica, que el París ocupado sea lo más real posible, pero evidentemente tiene elementos que son de ficción pura", aclara Jorge Edwards, quien, sin desmentir esa realidad, se ha tomado todas las licencias que ofrece la ficción. Por ejemplo, inventar personajes u omitir los nombres de la familia de María, como el de Agustín Edwards Mac Clure, "el hermano mayor" que la financia desde Inglaterra.

-No quise hacer una cosa demasiado histórica, me interesaba más la poesía del asunto que la historia real. Lo esencial de la novela es la transformación profunda de una persona, producida, en último término, por su amor a la vida. Por eso cito "Gracias a la vida". Una persona más o menos ingenua, de sociedad, simpática, aficionada a la poesía y a esas cosas, que por un asunto puramente humano, porque ni siquiera entiende lo que es el antisemitismo nazi, empieza a salvar niños y arriesga la vida, o sea, se convierte en una heroína. Eso es lo que me interesa: la transformación humana del personaje.

Nuevamente, Jorge Edwards recurre a lo que él llama el "narrador conjetural" -que a veces duda de lo que cuenta-, pero a diferencia de otros libros, como El inútil de la familia o El sueño de la historia , esta vez ese narrador no entra en la novela. "Me pareció que la distancia era necesaria", señala. Y aunque María es la gran protagonista, el relato se articula en torno a tres personajes: María, Wilhelm Canaris y René Núñez Schwartz, amigo de María y quien la acompaña en su retorno a Chile. "Este personaje inquieta mucho a los descendientes de María porque dicen ese señor tan raro, bisexual, judío, que sé yo. Sin embargo, encontré un detalle fantástico: fui a la tumba de María, que está en la capilla de la familia de su marido, y al lado está enterrado Núñez Schwartz. Para mí Núñez es un personaje enigmático, pero preferí verlo desde la mirada de María y hacer una novela en la que ella siempre fuera el centro, el elemento unificador. Es una María que llega a una culminación, que es torturada, que después baja, se arruina y se muere aquí en Chile.

-Canaris la salva de morir en manos de los nazis. ¿Fue difícil construir ese personaje?

-Claro, Canaris es un personaje esencialmente misterioso, porque es un espía, un agente doble, pero se ha escrito mucho sobre él y yo creo que leí todo. Es muy contradictorio: hay unos que dicen que era hitleriano, que era disimuladamente un gran aliado de Hitler, y otros dicen que era un conspirador. Y Hitler lo manda a ahorcar porque el tipo conoce la conspiración de Von Stauffenberg y otros oficiales y no la aprueba, pero no los delata. Para Hitler es un aliado de sus enemigos, un cómplice. Hay muchas cosas que se pueden suponer de Canaris.

Aunque en sí misma la historia de María salvando niños judíos en plena ocupación nazi es tensionante, Edwards incorpora el suspenso para que cada capítulo invite a la lectura del siguiente, como en un thriller .

-Si uno cuenta una historia sólida, se produce una curiosidad natural por conocer el desarrollo y el final de esa historia -afirma-. Se podría decir que el tema ayudó, pero un tema no es nada si un escritor no sabe organizarlo, graduarlo, usar elementos de sorpresa. Después de haber escrito y leído mucho, trabajé fuerte en darle una forma literaria coherente, armoniosa, y pude tomarme la libertad de entrar en los terrenos del thriller . Entrar y salir, se entiende. Los amaneceres en la Motte-Picquet, con la Cúpula de los Inválidos al fondo, me ayudaron. No puedo negar eso. Las madrugadas de París me permitieron soñar e inventar, como en mis años lejanos de El peso de la noche y de los cuentos de Las máscaras . Y siempre con el cable a tierra que parte de la memoria.

Se refiere a la novela y al libro de cuentos escritos en los años sesenta, durante su primera etapa como diplomático en París. Fue entonces cuando el embajador Carlos Morla y otras personas le hablaron de María Edwards, que había vuelto a Chile en 1960. "Era una persona que tenía un prestigio entre social e intelectual", recuerda. Cincuenta años después y mientras se desempeñaba como embajador en la misma ciudad, la historia de María volvió con tal fuerza que la convirtió en novela.

-En esta ida a París, sobre todo a través de María Angélica Puga, que es bisnieta y que estuvo allá investigando -para escribir también un libro, Buscando a María -, me metí a fondo en el tema; tanto me metí que llegué a algunos de los niños salvados por María, que hoy tienen 70 años. Estuvieron conmigo en la embajada, incluso uno de ellos me regaló un manuscrito inédito de un diario personal de un médico que habla mucho de María. Después de eso leí todo lo que pude sobre la época, sobre el almirante Canaris. Y después recorrí los lugares: estuve en el hospital Rothschild, que está restaurado, pero la parte antigua es la administración hoy día, ahí está la sala que era maternidad, y está la salida antigua por donde ella pasaba con los niños escondidos debajo de la capa.

Parte de su investigación la hizo en la biblioteca de Agustín Edwards Eastman, sobrino nieto de María. Ahí encontró lo que para él era más valioso: "Una novela de Colette, dedicada a María en una forma muy cariñosa, muy personal; después la bibliotecaria me encontró otro libro dedicado por Colette a ella", cuenta.

-En el diario que me regaló uno de los niños dice que María se enfermó y que todo el mundo literario de París desfiló por su casa. Puede no ser verdad, pero los indicios de que ella tenía una relación con el mundo literario francés existen. Y yo creo que eso es algo que la diferencia del resto de la familia. A partir de ahí he ficcionalizado una relación con Colette y con (Ernst) Jünger (en París en esos años) que es más arriesgada. Yo conozco mucho la literatura de Jünger y me releí todo para esta novela. Y se sabe, por un diario de él, que fue amigo de Salvador Reyes; ella también era amiga de Salvador Reyes, entonces es muy probable que existiera esa relación, pero no la puedo demostrar. Yo invento conociendo atmósferas y tratando de ser fiel a esa atmósfera, pero no a los detalles.

Hace unos años, Jorge Edwards había escrito sobre otro Edwards -Joaquín-, en El inútil de la familia : "En realidad son dos disidentes de la familia, a su manera. Joaquín, como escritor, y María, de una manera no tan deliberada, pero con una conducta especial. De ahí viene el título: "la última hermana" de una familia larga, fuerte, a veces tiene una visión más libre de las cosas y ella en cierto modo siempre está escapando de la familia. Incluso tiene una hija, pero la deja acá y se vuelve a ir, y eso no está muy racionalizado en ella, es como un deseo de estar lejos, porque salva niños con riesgo de su vida y sin embargo abandona a su propia niña.

-Siempre le atraen esos personajes disidentes...

-Claro. Yo he dicho alguna vez que "el orden de las familias", como se llama uno de mis cuentos, es un título para toda mi obra. Es el orden y el desorden. Y lo que supone el orden de las familias, como represión, como fuerza sobre la mentalidad, rigidez. Y yo siempre he sido un libertario frente a eso, he sido una persona que ha combatido por la libertad de expresión, por la libertad política.

Más allá del peso de la familia, sin embargo, Edwards destaca otra poderosa razón de María para resistirse a volver: "Yo conozco bien al tipo humano, ella es una enamorada de París, además tiene muchos amigos, una vida interesante. En Chile no tiene absolutamente nada que hacer. Chile es la lata, es la represión. Y París... es el amor a París.

-¿A usted también le pesa Chile, que siempre se está yendo?

-Es que yo no tengo nada que hacer acá. Solo cosas mínimas. Tengo que ir a un cóctel. En España no puedo hacer todo lo que me han pedido. Vamos a presentar mi libro en el Instituto Cervantes, después voy a París porque la Biblioteca Nacional de París en conjunto con el Instituto Cervantes hace una conferencia sobre el Quijote en América, que es un tema que yo he estudiado mucho y he dado conferencias en otros lados. Después tengo dos invitaciones y no puedo ir a las dos: los 80 años de Mario Vargas Llosa en Lima y ahora me acaba de invitar Jon Lee Anderson a la Universidad de Nueva York con otros escritores para hablar sobre las novelas de la revolución latinoamericana. Estoy tentado, pero ir a Perú y a Nueva York no puedo. Al final de abril soy invitado especial al Salón del Libro de Ginebra y allá hago un diálogo con Maurizio Serra, que es diplomático y escritor. Así que tengo una cantidad de pega impresionante. Y en octubre estoy invitado a México.

-Ya publicada su novela, ¿qué lugar le da en el contexto de su obra?

-Yo puedo decir que tengo un estilo narrativo de mi última etapa. Eso comienza en El fin de la historia , en El origen del mundo , incluso en El museo de cera . Y es una mezcla. En mis novelas no solo se inventan personajes, situaciones, sino que la invención principal es un narrador, que tiene una manera de ser, que se mete a veces o que se mantiene a distancia, qué sé yo. Y yo creo que esta novela es posiblemente una culminación de esa manera. Aquí hay un narrador mucho más distante, es un narrador que utiliza elementos históricos y elementos reales, pero que vuela un poco también. Yo creo que mi forma final es precisamente un narrador que se toma libertades, que se mete, que se aleja. Un narrador conjetural y bromista, siendo este un tema muy duro, pero justamente, ese narrador está cerca de esa tina siniestra también, mirando todo. Y está usando cosas que le han contado, pero sacando las consecuencias.

"Trabajé fuerte en darle una forma literaria coherente, armoniosa, y pude tomarme la libertad de entrar en los terrenos del thriller".

 


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