Adiós, coronel; adiós, carnaval

¿Será una maldición de Stefan Kramer todo esto? ¿Será que basta que a uno lo imite Kramer para iniciar la decadencia?  

 

La renuncia de Pablo Longueira a la UDI se me figura como el fin de una era. Quizás sea este el comienzo de las despedidas para la "Generación de la Transición". El adiós de aquellos que hicieron política con Pinochet, con Guzmán, con Aylwin, con Gabriel Valdés; que negociaron con ellos, que se pelearon con ellos y que también se dieron las manos con ellos.

Digo (o escribo) esto con tono afectado. Es que es fuerte ver partir a Longueira. Era uno de los animales mayores de nuestra fauna política, uno de los que más animaba la jungla.

¿Qué va a hacer The Clinic ahora? ¿Con qué va a llenar sus portadas? ¿De dónde va a sacar otro eslogan como el insuperable "Longueira la tiene corteira"? Piensen un segundo en eso. ¿Cuál puede ser un sustituto parecido para la sátira dentro de los personajes que todavía quedan en la UDI? Yo creo que no hay nadie. ¿"Bellolio se repite más que el repollo"? ¿"Melero se cree el florero"? ¿"Coloma ya ni se asoma"? Fome. Es que no hay. Qué quieren que les diga.

¿Y qué va a hacer Kramer sin Longueira?

Cómo olvidar cuando lo imitó con su "Cheperepecheche che cheche". Si se les olvidó cómo era, búsquenlo en Google o Youtube. Se van a reír y se van a acordar de mí. Yo lo hice. Pero lo terrible fue que, al terminar el video del Longueira/Kramer, había una compilación de otros personajes políticos imitados por el humorista: estaban Zalaquett, ME-O, Arrate, Hinzpeter, Carlos Larraín, Gómez, Orrego, Escalona. Y sí, pensé en lo mismo que están pensando ustedes ahora. Todos ellos están o fuera de la política o en un lugar bien distinto al que aspiraban a estar en política.

¿Será una maldición de Stefan Kramer todo esto? ¿Será que basta que a uno lo imite Kramer para iniciar la decadencia? No me atreví a seguir buscando videos viejos del imitador, del mismo modo en que me da terror ir a que me saquen el tarot. Prefiero no saber lo que me depara el destino, especialmente si es algo malo.

Y ya que estamos en esto, ¿qué voy a hacer yo en mis columnas sin Longueira?

Todavía recuerdo una que escribí cuando se convirtió en ministro. Me lo imaginaba durmiendo apurado la noche antes de asumir en el ministerio, levantándose antes de que amaneciera, como un párvulo ansioso, llegando luego al despacho, abrazándose al escritorio y recorriendo la habitación con los brazos abiertos. Creo que ese debe haber sido uno de los momentos felices de su carrera.

Perder a Longueira es en clave futbolera como perder a Zinedine Zidane, o al propio Maradona, si quieren que llevemos la metáfora al límite. Hablo de estos dos jugadores porque los dos fueron polémicos, rudos, jugaron al límite del reglamento (o a veces incluso acaso se salieron de él), pero tenían un talento innegable y a los que nos gusta el fútbol nos producía placer verlos jugar.

Longueira se me aparece de ese modo en mi catálogo de políticos.

Y ciertamente se le va a extrañar mientras no aparezca un Messi o un Cristiano Ronaldo en nuestra política. Hay dos o tres promesas, pero todavía les falta.

 


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