Valery Gergiev y la Orquesta Mariinsky:
Clásicos de referencia

Gonzalo Saavedra 

No son gestos que parezcan definitivos. Unos dedos agitándose, una batuta minúscula, algunos sonoros resoplidos entre dientes y sobre todo un eficiente contacto de miradas son los que ponen en movimiento a la Orquesta Mariinsky. El ruso Valery Gergiev, el más importante director que ha pisado suelo chileno en décadas, y el conjunto del que es titular encantaron desde el primer segundo a la audiencia del Teatro del Lago de Frutillar, el sábado, en un concierto magnífico.

Aunque no se tocara nada de él, Mozart fue el centro inspirador de la mayor parte del programa: la Sinfonía Nº1, "Clásica" (1917) de Prokofiev; el Concierto para piano Nº 1 (1797) de Beethoven y la Serenata para cuerdas (1880) de Tchaikovsky, todas esas obras se compusieron con Wolfang como modelo.

Gergiev ha declarado que su compositor favorito es Prokofiev, y abordó su primera sinfonía con toda la transparencia que pide el estilo clásico al que homenajea. De entre una totalidad de aciertos, el Largo , con unas cuerdas líricas pero fino ascetismo; los notorios ritardandi en la segunda parte de la Gavotta ; y el Finale , con unas maderas impecables, muy conscientes de su protagonismo, a una velocidad de vértigo y un resultado exquisito de seguir. Pocos conjuntos tienen la suficiente solidez para satisfacer tales demandas sin que nada deje de escucharse y entenderse, y esta versión es también un clásico de referencia en términos de perfección interpretativa.

Luego se escuchó, con el joven uzbeko Behzod Abduraimov, el Concierto para piano en Do Mayor de Beethoven. La aproximación de Gergiev y el solista resultó novedosa: por el rubato que impuso este en ciertos pasajes y por el buen humor de esta obra cuyo Rondo final tiene una sección juguetona, con un jolgorio cercano al auténtico vacilón. Lo mejor estuvo en el Largo , el movimiento más extenso y desarrollado, con un diálogo precioso entre piano y clarinete. Como encore , la acrobática " La campanella ", de Liszt, que Gergiev escuchó con respetuoso interés de pie a un costado del escenario.

Para el final, una entrega inobjetable de la serenata de Tchaikovsky y el Adagietto de la Sinfonía Nº5 (1902) de Mahler, cuyo romanticismo reflexivo llenó la sala de una calma contenida que debió durar los imprescindibles segundos de silencio al final y que Gergiev indicó bajando los brazos en meditación, pero que fue interrumpido por el aplauso de un melómano impaciente.

Ojalá que se haga algo con la grabación de este concierto, porque, como suele pasar en el Teatro del Lago, lo del sábado fue uno de esos hitos que se quedan incrustados en la memoria, y que merecen que se difundan a más personas que las mil que asistimos al concierto.

 


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir
<p> </p>

 


Foto:JUAN MILLÁN


Servicios El Mercurio
   Suscripciones:
Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.
   InfoMercurio:
Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.
   Club de Lectores:
Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.


Otros Servicios
   Defunciones
   Ediciones anteriores
   Propiedades
   Suscripciones
   Empleos
   PSU@El Mercurio
   Contratar publicidad
   Club de Lectores
   Clase Ejecutiva
   El Mercurio - Aguilar
 


Buscador emol.com Ir al demo interactivo Buscador emol.com
0  
Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales