Lecciones de Bruselas

Carlos Peña 

Esta semana ocurrió un hecho sorprendentemente espeluznante: la muerte de tres decenas de personas en Bruselas, como consecuencia de un atentado yihadista.

Lo sorprendente no es tanto el número de muertos y de heridos, sino la conmoción que causó. ¿Acaso no mueren muchos más casi cotidianamente en Siria u otros lugares como consecuencia del ataque de fuerzas occidentales? ¿Por qué entonces estas muertes no causan espanto, pero sí las de Bruselas o antes las de París?

Una explicación del espanto que produce ese fenómeno deriva de que el EI no enmascara ni disfraza su brutalidad, sino que la muestra y la exhibe con desenvoltura. La diferencia entre el EI y cualquier ejército occidental no es la brutalidad, sino la actitud que tiene frente a ella: mientras el primero la muestra sin ambages (como ocurre con las decapitaciones transmitidas en internet), el segundo la oculta como si no ocurriera (un viejo ejemplo son los bombardeos en la Guerra del Golfo, transmitidos con la irrealidad de un juego de Playstation).

Hay algo de eso, sin duda, pero también hay otras explicaciones. Una que es posible encontrar en la literatura se relaciona con la índole de la violencia que se experimentó en Bruselas.

En Occidente se vería a la violencia como un recurso para obtener algo: poder, dinero o lo que fuera. Suele asignársele un sentido instrumental.

La violencia de Bruselas, en cambio, no tiene un sentido instrumental, no parece destinada a alcanzar un fin mediante la amenaza o el miedo. Como es obvio (y también ha de parecerles obvio a quienes la planean), los bombazos en aeropuertos o estaciones de metro no pueden tener por objeto debilitar al Estado o a la democracia liberal. La violencia y el bombazo no son empleados como un recurso para ponerlos de rodillas. Pretender algo así con esos medios sería simplemente tonto. ¿Qué sentido poseen esos actos entonces? Michel Wieviorka, un sociólogo francés especialista en violencia, racismo y multiculturalismo, explica que ese tipo de actos poseen una índole expresiva, constituyen un modo por el que la subjetividad de grupos excluidos de la modernidad occidental tratan, no obstante, de incorporarse en ella.

El terrorismo islámico, como el de Bruselas, no sería entonces la expresión puramente estratégica de una creencia anacrónica y premoderna, un resabio que la técnica y el bienestar podrían espantar, sino una expresión de la misma modernidad, un esfuerzo por apropiarse de un mundo que, convencido de que lo que importa son los medios y no los fines, presume de haber erradicado todo conflicto. De ahí que Wieviorka haya subrayado la paradoja de que la violencia es inversamente proporcional al conflicto: mientras más renuentes sean las sociedades para acoger el conflicto, reconocerlo y negociarlo, y más incapaces sean de permitir el reconocimiento de la alteridad, de las otras subjetividades, más posibilidades tendrán de experimentar la violencia.

Otro autor -Slavoj Zizek- ha mostrado de qué forma todas las sociedades cuentan con un resto que sobra, una parte de sí que no logra ser incluida más que formalmente en el conjunto y que, desde su exclusión, lo amenaza. Ese sería el caso del fundamentalismo frente a la democracia liberal. Esta última incluye a los fundamentalistas musulmanes dentro de la universalidad que proclama (puesto que los yihadistas son titulares de los derechos humanos), pero por otra parte los excluye (puesto que su forma de vida viola esos derechos). Así entonces, continúa Zizek, la democracia liberal proclama una falsa universalidad que, cada cierto tiempo, está obligada a revelarse como intolerancia. Los fundamentalistas serían, frente a la democracia occidental, ese resto imposible de integrar.

Es difícil, y casi siempre erróneo, sacar conclusiones locales de esos hechos; pero es igualmente equivocado pensar que no tienen nada que ver.

La sociedad chilena también cuenta con sectores sociales y con formas de vida que padecen el falso universalismo que denuncia Zizek (un caso paradigmático es el del pueblo mapuche, pero no es el único), quienes quizá hallan en la violencia una forma de acción no solo instrumental, sino significativa (como la que describe Wieviorka).

¿Significa eso que hay que abandonar la democracia liberal? Por supuesto que no; pero tampoco olvidar que no se puede ser crítico del fundamentalismo o de la violencia sin serlo, al mismo tiempo, de la democracia liberal que, inevitablemente, lo acaba de recordar Bruselas, los produce.

 


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