ELMERCURIO.COM Volver

 
Más peligroso que cruzarse con el Trauco enojado

Domingo 8 de mayo de 2016

Es tragicómico que justo en el gobierno de Michelle Bachelet a la marea roja se le ocurra atacar con una agresividad nunca vista.
 


 

Escribo esta columna sin saber el desenlace del conflicto entre el Gobierno y la isla de Chiloé. Es viernes en la tarde y las últimas informaciones hablan de que el enviado especial de La Moneda al conflicto -el ministro de Economía- regresó a Santiago sin haber conseguido un acuerdo. Las rutas que conectan a la Isla Grande con el continente estaban bloqueadas y se respiraba una tensa calma. Solo las bocanadas de humo negro de las barricadas le daban un poco de movimiento a una postal del terror.

"No saben con la chichita que se están curando", fue la frase que se me vino una y otra vez a la mente cuando veía durante la semana que el Gobierno zozobraba en sus intentos por aplacar la revuelta chilota, que se inició después de semanas de sufrir daño económico por culpa de la marea roja.

Yo me imagino que en La Moneda tendrán claro que Chiloé no es lo mismo que Aysén (cuyo movimiento ciudadano le hizo gran daño a la imagen y estabilidad del gobierno de Piñera) ni Punta Arenas (sus protestas incluso tumbaron un ministro). No, los chilotes son distintos a nosotros, que somos apenas unos pobres continentales.

Acuérdense que los chilotes tomaron partido por los españoles o realistas durante la guerra de independencia, y a la patria joven le tomó años y tres rudas incursiones militares anexar el archipiélago a Chile.

Los chilotes siempre se han sentido diferentes, especiales. Tienen sus propias tradiciones. La cueca para ellos no es igual a la del resto del país. Para ellos es la "cueca chilota", y se baila distinto. También tienen el "vals chilote". Tienen hasta sus propias divinidades y demonios, como el Caleuche, la Pincoya, el Trauco. Y su español también es un poco distinto al que hablamos por estos lares.

Pero este sentido "diferente" de los chilotes no es ese "diferente" que uno usa cuando habla eufemísticamente de que una persona tiene una "belleza diferente" o un "humor diferente", para decir en el fondo que no es ni tan bella ni tan divertida. El "diferente" de los chilotes es un "diferente" bueno, un "diferente mejor", diría yo.

Solo un dato. Cuando los españoles estaban en plena faena de conquista de nuestro territorio, decidieron que el continente sería una Capitanía General, lo que no era gran cosa en sus estándares. Chiloé, en cambio, lo dejaron dependiendo directamente del Virreinato del Perú. Con eso les digo todo.

Ustedes, seres urbanos continentales que están leyendo esta columna, ¿creen acaso que los chilotes no tienen plena conciencia de todo esto que les estoy diciendo? Lo saben perfectamente. Y se cabrearon. Se cansaron de las promesas incumplidas, del puente que lleva 20 años por construirse, de los planes de desarrollo que no llevan nunca el desarrollo, de que les critiquen por feo el mall que les sirve para comprar sin mojarse hasta los huesos e ir al cine, de ser vistos como un exotismo para llevar a pasear a los gringos, de ver cómo nos compramos el chaleco chilote y no lo usamos nunca más porque en Santiago no pega y da calor y hace picar el cuello.

Mala suerte le tocó a Michelle Bachelet. Miren qué paradoja tragicómica es esta que sea justo en su gobierno que a la marea roja se le ocurra aparecer y atacar con una agresividad nunca antes vista. Y que, además, la marea roja las emprenda contra los chilotes, que son los más chúcaros habitantes de nuestro país.

Y uno que se inquietaba por los cabildos del proceso constituyente.

No saben con la chichita que se están curando.