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Büchi, el síntoma de la derecha

Domingo 8 de mayo de 2016



Carlos Peña 

La decisión de Hernán Büchi -irse de Chile y radicarse en Suiza- despertó la sorpresa y el rechazo de casi todos. ¿Acaso no era esperable de una figura como él un mayor compromiso con el país? ¿No era mejor, si las cosas van mal, luchar desde acá para que no empeoren?

Pero la decisión de Büchi no tiene nada de sorprendente.

Lo que de veras sorprende es la sorpresa que causó.

Hernán Büchi alguna vez fue candidato presidencial -Büchi es el hombre, fue el eslogan-, pero en medio de la campaña renunció, alegando una "contradicción vital". Más tarde retomó la campaña a contrapelo, con obvio desgano, contrariando, sin duda, sus deseos más profundos. ¿Por qué extrañarse entonces que ahora, cuando no es candidato presidencial, decida irse, alegando que la sombra de la incertidumbre principia a cubrirlo? La verdad es que la figura pública de Hernán Büchi -la única, desde luego, que la opinión pública tiene derecho a juzgar- siempre mostró un abierto desapego emocional, un cierto desdén disfrazado de crítica, una distancia, un desasimiento hacia el oficio político en el que, sin embargo, y contra su voluntad, según se sabe ahora, estuvo envuelto durante casi dos décadas.

¿Por qué causa sorpresa que ahora, cuando no tiene funciones públicas, haga lo que hizo cuando era nada menos que candidato presidencial?

El problema a examinar entonces no es Büchi -quien no ha hecho más que ser fiel a sí mismo-, sino la derecha. El problema a dilucidar es por qué, a sabiendas del desapego y la desa- fección que Hernán Büchi exhibió una y otra vez desde aquel día en que declaró su "contradicción vital", la derecha pudo, sin embargo, ver en él una figura inspiradora de ideas y de acciones.

En suma, ¿de qué problema de la derecha es Büchi el síntoma?

Büchi es, cuando se mira el panorama de las últimas tres décadas, casi el epítome de quien ve los asuntos comunes como un asunto de mera racionalidad instrumental, como una cuestión de políticas públicas, como un problema estrictamente técnico. Para Hernán Büchi, tanto por vocación personal como por convencimiento ideológico, el espacio público debe estar vacío de adhesiones emocionales, de entusiasmos sustantivos, de ilusiones colectivas que a su juicio solo empañan la racionalidad e inoculan torpeza a las decisiones. Büchi, cuando se le mira ahora, fue así el tecnócrata por antonomasia del Chile de las últimas décadas. Su figura reflejaba, en los hechos, lo que fue también durante ese tiempo la cultura pública de Chile. Y por eso quien, como la derecha, se plegaba a esa figura, a ese ethos , funcionaba razonablemente bien, era capaz de orientarse y de actuar.

Pero ocurre que el espacio público se modificó.

Y Büchi y la derecha se quedaron sin conducta.

Porque lo que a Büchi, y a la derecha, causa incertidumbre e incomodidad no es la contingencia de las reglas o la supuesta inseguridad jurídica, sino el abandono de la política como simple racionalidad instrumental y su reemplazo por la búsqueda, para bien o para mal, de la política concebida como una deliberación acerca de la vida en común, como un cierto tipo de racionalidad sustantiva que busca discernir los fines que deben orientar a la comunidad. Y ocurre que para la derecha -y para Büchi-, acostumbrada durante casi tres décadas, o más, a que la política era el mero diseño de políticas públicas, esta otra concepción de la política que hoy parece extenderse le resulta incomprensible: le parece simple desorden, extravío, exceso y error.

La desafección de Büchi es, por eso, un síntoma de algo más grave que aqueja a la derecha: su incapacidad de involucrarse en el juego de la política concebida como una disputa acerca de la fisonomía del mundo que los ciudadanos tienen en común. Piñera -quien estuvo junto a Büchi en la época de su "contradicción vital"- tiene aquí la oportunidad de mostrar no que él no hará lo de Büchi, sino que él no concibe la política como Büchi, y que por lo mismo es capaz de entusiasmar a la derecha en la tarea de entreverarse en la lucha política concebida como una disputa por configurar el mundo que los ciudadanos tienen en común. En suma, que Gramsci tenía razón y que él, a diferencia de Büchi, es capaz de comprender que la política, mal que le pese, es también una acción cultural.